3 de octubre de 2026 - 00:10

Alemania, 36 años de unidad

Hoy, 3 de octubre, se cumplen 36 años de la reunificación alemana. Aquel día terminó una división estatal que había durado más de cuatro décadas. Sin embargo, las fronteras desaparecen con mayor rapidez que las diferencias económicas y las huellas que la historia deja en la vida de las personas. La unidad de Alemania es una historia de libertad y de acuerdos políticos; también, una tarea que continúa.

    Tras la derrota del nazismo en 1945, las potencias vencedoras ocuparon Alemania y dividieron Berlín en cuatro sectores. La cooperación inicial pronto cedió ante el enfrentamiento entre la Unión Soviética y sus antiguos aliados occidentales. En 1949 nacieron dos Estados: la República Federal de Alemania, en el oeste, y la República Democrática Alemana, en el este. La división alemana se convirtió en uno de los símbolos de la Guerra Fría.

    Para los habitantes de la Alemania oriental, aquella frontera afectaba mucho más que los mapas. El régimen de partido único restringía las libertades políticas, vigilaba a la población a través de la Stasi e impedía a muchos ciudadanos abandonar el país. Familias y amistades quedaron separadas. La construcción del Muro de Berlín, en 1961, hizo aún más difícil el contacto entre ambos lados de la ciudad. Sería injusto reducir toda la vida en la RDA a la represión, pero también lo sería olvidar cuánto costaba vivir sin libertad de expresión, de elección y de movimiento.

    A fines de los años ochenta, el sistema comenzó a resquebrajarse. Las reformas de Mijaíl Gorbachov en la Unión Soviética alentaron expectativas de cambio en Europa oriental, mientras la dirigencia de la RDA se resistía a emprenderlas. Muchos alemanes orientales buscaron salir del país; otros permanecieron y se manifestaron para exigir reformas. Aquellas protestas pacíficas fueron decisivas. La caída del Muro no fue un regalo de las grandes potencias: fue, ante todo, una conquista de los ciudadanos.

    El episodio que precipitó la apertura ocurrió el 9 de noviembre de 1989. Günter Schabowski, miembro de la dirección del partido gobernante de la RDA, anunció en una conferencia de prensa nuevas normas para viajar al exterior. Cuando un periodista le preguntó cuándo entrarían en vigor, consultó sus papeles y respondió: «De inmediato, sin demora». Las autoridades no habían preparado la aplicación inmediata de la medida. La noticia se difundió, miles de personas acudieron a los pasos fronterizos y, esa misma noche, los guardias terminaron abriéndolos. Las imágenes de los berlineses cruzando y celebrando junto al Muro dieron la vuelta al mundo.

    Pero abrir la frontera no significaba todavía reunificar Alemania. Helmut Kohl, canciller de la República Federal, comprendió que se había abierto una oportunidad histórica para recuperar una unidad que durante décadas había parecido lejana. Decidió actuar: el 28 de noviembre de 1989, menos de tres semanas después de la caída del Muro, presentó ante el Parlamento un programa de diez puntos para superar la división de Alemania y Europa. Puso así la unidad en la agenda política, aunque nadie podía asegurar todavía cuándo ni cómo se alcanzaría.

    La reunificación exigía, además, resolver cuestiones que excedían a los dos Estados alemanes. Kohl impulsó las negociaciones y su ministro de Relaciones Exteriores, Hans-Dietrich Genscher, desempeñó un papel central en la diplomacia. Gorbachov terminó aceptando que los alemanes decidieran su futuro y que el país unificado permaneciera en la OTAN. El presidente estadounidense George H. W. Bush apoyó esa solución. Margaret Thatcher y François Mitterrand, en cambio, observaron con reservas la rapidez del proceso: una Alemania nuevamente unida y poderosa despertaba inquietudes históricas en Europa.

    Para disipar esos temores fue fundamental confirmar las fronteras existentes, especialmente la de Alemania con Polonia, y acordar la posición internacional del nuevo Estado. Ese fue el propósito de las negociaciones conocidas como «Dos más Cuatro»: los dos Estados alemanes y las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. La unidad no fue obra de un solo dirigente. Nació del encuentro entre la revolución pacífica de los ciudadanos orientales, las decisiones políticas de ambos Estados y un acuerdo internacional.

    Los acontecimientos se sucedieron con una rapidez extraordinaria. En marzo de 1990, los ciudadanos de la RDA eligieron libremente su Parlamento. El 23 de agosto, esa Cámara decidió que el país se incorporaría a la República Federal el 3 de octubre. Ambos Estados firmaron el tratado de unificación el 31 de agosto y el acuerdo «Dos más Cuatro» se suscribió el 12 de septiembre. En la medianoche del 2 al 3 de octubre, entre celebraciones y expectativas, la RDA dejó de existir. Sus cinco estados federados se integraron a una Alemania reunificada.

    Los avances de estas décadas son inmensos. Se reconstruyeron ciudades, redes de transporte e instituciones. Las nuevas generaciones han podido estudiar, trabajar y viajar sin una frontera interior. Sin embargo, la transformación económica fue dolorosa para muchas comunidades orientales. El cierre o la reconversión de empresas trajeron desempleo y emigración; para numerosas personas significaron también la pérdida del mundo laboral y social que conocían.

    Las diferencias se han reducido, pero no han desaparecido. Según la oficina federal de estadística, en 2025 el ingreso bruto anual mediano de quienes trabajaban a tiempo completo fue de 46.013 euros en los estados orientales —sin incluir Berlín—, frente a 55.435 euros en los occidentales. Tampoco el este constituye una realidad uniforme: ciudades como Leipzig y Dresde han crecido, mientras otras localidades perdieron habitantes. Reconocer los logros de la reunificación exige mirar también esas desigualdades persistentes.

    Las recientes elecciones regionales agregan una preocupación política. El 6 de septiembre de 2026, Alternativa para Alemania (AfD) fue la fuerza más votada en Sajonia-Anhalt, con el 43,8 %. Dos semanas después ocupó también el primer lugar en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, con el 38,2 % según los resultados provisionales, por delante del Partido Socialdemócrata, que obtuvo el 35,5 %. Los resultados invitan a prestar atención al descontento que una parte considerable del electorado expresa hacia los partidos tradicionales.

    Sería apresurado explicar esos votos únicamente por la diferencia de ingresos entre este y oeste. Influyen también las posiciones sobre la inmigración, la desconfianza hacia las instituciones y debates que atraviesan a toda Alemania. Pero los salarios más bajos, la pérdida de población en algunas zonas y la sensación de no haber recibido el mismo reconocimiento forman parte del contexto y merecen respuestas.

    El 3 de octubre recuerda una conquista histórica: millones de alemanes recuperaron libertades y pudieron volver a vivir en un mismo país. Celebrar aquel acontecimiento no exige dar por concluida la historia. Treinta y seis años después, construir una comunidad en la que todos se sientan igualmente representados sigue siendo una tarea de la Alemania reunificada.

    * El autor es abogado. Presidente de la Sociedad Goetheana Argentina – Goethe-Zentrum Mendoza.

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