De la híper a la convertibilidad, a 30 años del 1 a 1

El expresidente Menem con su ministro Domingo Cavallo. / Archivo.
El expresidente Menem con su ministro Domingo Cavallo. / Archivo.

La convertibilidad eliminaba los males que generaba la inflación en la gente y además les hacía creer a muchos que habíamos entrado en el primer mundo. Así fue como al derrotar la inflación, después de años de índices elevados e incluso de la hiper, la mayoría de la población aprobaba el programa del Gobierno.

Los técnicos indican que el proceso hiperinflacionario arrancó en abril de 1989, más allá del índice que llegó al 33,4%, porque desde ese mes la dinámica de formación de precios se dolarizó y los salarios comenzaron a negociarse ya no sobre la base de la inflación pasada, sino sobre las expectativas de precios corrientes.

Así las cosas, la estrategia de las empresas consistió en recurrir a subas de precios, así como a una importante reducción de la oferta a fin de conservar su stock.

Así llegó mayo y las elecciones presidenciales en las que Menem ganó con el 47% de los votos, a los pocos días se complicaba la situación social con saqueos y Alfonsín decretó el estado de sitio que rigió durante dos meses.

En junio, el IPC llegó al 114,5%, el último día del mes, el 30 de junio, llegó al Congreso la renuncia de Alfonsín y el adelantamiento de la entrega del mando para el 8 de julio, mes en el que la híper golpeó con más fuerza y llegó al 196,6%.

La variación de precios entre marzo del ’89 y marzo del ’90 llegó al 777,8% y el salario real en 1989 cayó 18,9% con relación a 1988.

Una vez en el gobierno Menem intentó dominar la inflación, primero con el ministro Miguel Roig y luego con Nelson Rapanelli, que pertenecían ambos al grupo Bunge y Born.

Más allá de los ajustes, la suba de precios de servicios, de la devaluación y de que no se logró domar la inflación porque en enero del ’90 estaba en 79%, 61% en febrero y 95% en marzo, volviendo otra híper; en esas gestiones se aprobaron dos leyes cuya aplicación sería fundamental más adelante: la Reforma del Estado y la Emergencia Económica.

Estas normas fijaban los ejes estratégicos de la gestión de gobierno, abarcando temas tan amplios como la reforma administrativa del Estado y la autorización para privatizar casi la totalidad de las empresas públicas y vender bienes inmuebles. También autorizaban la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y la liberalización de las inversiones extranjeras, según explica Mario Rapoport en su libro Historia económica, política y social de la Argentina.

En diciembre del ’89 asumió el ministerio de Economía Herman González, quien aplicó 5 planes económicos, entre las medidas liberó precios, controló salarios, lanzó el plan Bonex a través del cual canjeó los títulos de la deuda interna y los plazos fijos por nuevos bonos del Estado denominados en dólares y pagaderos a 10 años. También ajustó las cuentas públicas: restringió las compras y contrataciones, redujo personal y aumentó la presión tributaria. Lanzó las privatizaciones de Aerolíneas y Entel y aumentó las tarifas de los servicios públicos.

Hermán González renunció el 31 de enero de 1991, salpicado por el Swiftgate, escándalo a través del cual se conoció un pedido de coima por parte de funcionarios a la empresa Swift para instalar un emprendimiento, y con pobres resultados debido a que en 1990, la inflación acumulada llegó al 798,3%.

Así llegó el ministro Domingo Cavallo y la sanción de la ley de convertibilidad el 27 de marzo de 1991, la que tenía como objetivo detener la inflación, que en el primer trimestre de 1991 llegaba al 14,9% mensual.

La ley determinó un nuevo régimen cambiario y prohibió la indexación de los contratos.

Se estableció un tipo de cambio fijo de 10.000 australes por dólar y se dispuso que el 100% de los billetes y monedas en circulación, incluyendo los depósitos a la vista, estuvieran respaldados por reservas en divisas del Banco Central.

Al año siguiente, mediante una reforma se eliminaron cuatro ceros del signo monetario y 10.000 australes se transformaron en 1 peso.

Cavallo con su plan logró que la inflación cediera, pasando del 3,8% en el segundo trimestre del ’91, al 1,9% en el tercero y al 0,8% en el cuarto. Para tener una idea del fuerte impacto de la convertibilidad en la gente es importante este dato. Entre 1975 y 1990, todos los años la inflación superó el 100% menos uno (1986) y el PBI estuvo estancado.

Así fue como al derrotar la inflación, después de años de índices elevados y las híper que explicamos, la mayoría aprobaba el programa de Gobierno.

La convertibilidad eliminaba los males que generaba la inflación en la gente y además les hacía creer a muchos que definitivamente habíamos entrado en el primer mundo y que un peso un dólar era sostenible para todo el tiempo.

Llegaban al país desde cadenas de hoteles, comercios internacionales, shoppings y productos que se conseguían en Europa o Estados Unidos.

La fiebre consumista vivió un apogeo y muchos pensaron que Argentina, como no podía ser de otra manera, había derrotado para siempre la inflación.

A esto se sumaba la baja de la pobreza, por efecto directo al descender el IPC. Del 50% de la población que estaba en situación de pobreza en la híper, cayó rondando el 20% a mediados de los ’90, uno de los mejores números sociales desde 1988 hasta el 2020.

El país crecía y se recuperaban los salarios, el consumo y caía el desempleo al 5% después de haber tocado el 10% a finales del 89.

La privatización de las empresas estatales, más allá de la forma, permitieron modernizar la economía y hacer crecer la productividad.

En 1991 el país por primera vez en muchos años tuvo superávit fiscal y se presentó el presupuesto público como lo indica la constitución por primera vez en la historia.

También se había hecho fácil conseguir créditos para comprar casas, electrodomésticos, automóviles, vacaciones o bienes de consumo cotidiano.

El apoyo a la convertibilidad fue tan grande que Menem resultó reelecto en 1995 con el 47% con una tasa de desocupación del 18% inédita para el país, la que había subido 50% pasando del 12,1% en octubre del 94 al 18,4% en mayo del 95.

Quedará para los politólogos analizar si fue el “voto cuota” el que logró hacer ganar a Menem, quien llegó a los comicios, además de la alta tasa de desocupación, luego de haber superado, con altos costos, la crisis del efecto Tequila que generó que cayera la economía 2,6% y comenzara a subir la pobreza, además de casos de corrupción y un manejo autoritario del poder.

“Las bases sociales que le permitieron a Menem volver a imponerse electoralmente en 1995 terminaron de formar un consenso social inédito hasta entonces en el país, en el cual los sectores de ingresos bajos –históricamente identificados con el peronismo- y los sectores altos apoyaron un mismo programa político”, indica Julián Zícari en su libro Camino al colapso. Cómo llegamos los argentinos al 2001.

Pero la convertibilidad tenía sus propios límites, la apreciación cambiara hacía que los bienes industriales locales no tuvieran precio competitivo en el exterior y además no podían competir en el mercado local con los extranjeros, generando así una fuerte desindustrialización, aumentaba el déficit comercial el que debía ser cubierto con deuda la que no paró de crecer desde 1993, a este escenario se sumaba la suba de tasas de la Reserva Federal, la que generaba huida de capitales de países emergentes y pérdida de competitividad.

La mejora económica que empezó a darse sobre la segunda mitad de 1995 se sintió más en el ’96.

El desempleo bajó, se reactivó el mercado interno y la fiesta del consumo, pero a niveles más bajos que los registrados antes del efecto Tequila.

El efecto expansivo duró hasta 1998 cuando comenzó una recesión que terminaría recién con la salida de la convertibilidad en 2002.

A los tres problemas estructurales de la convertibilidad, tipo de cambio atrasado, déficit comercial y endeudamiento sistemático, se le sumó un duro contexto externo que ofrecía alguna crisis todos los años que impactaba en los mercados emergentes (la del Sudeste Asiático en 1997, la de Rusia en 1998, la devaluación de Brasil en 1999 y la de Turquía en 2001).

Esto hacía que el acceso a los mercados para “financiar el modelo” y la deuda fuera cada vez más complicado y sin posibilidad de mantener la deuda, no se podía seguir con la convertibilidad.

Así las cosas los tres factores estructurales de la convertibilidad se agravaron. La apreciación cambiaria se acentuó después de la devaluación de Brasil, el deterioro de los términos de intercambio no colaboró con el déficit comercial y la dependencia de la deuda se volvió mayor.

En 1993 se destinaba el 7% del presupuesto para pagar intereses de la deuda, en el 2001 el porcentaje llegó al 20,32%, así el déficit fiscal que al principio fue bajado con el dinero fresco de las privatizaciones y de los ajustes en el sector público, resultó indomable sobre el final de la convertibilidad y generando la crisis del modelo.

La deuda no paraba de crecer entonces había que optar por endeudarse, ajustar, entrar en default o devaluar. Entre 1990 y 1999 la deuda aumentó 123%, de 65 mil millones pasó a 145 mil, lo que condicionó fuerte al gobierno de la Alianza.

El nuevo gobierno practicó todo tipo de ajustes para evitar el desastre: los impuestazos de Machinea y López Muprhy, el blindaje financiero para pagar la deuda, el megacanje ya con Cavallo de vuelta en economía, el déficit cero, entre otros.

En el medio aparecieron los movimientos piqueteros, el trueque y las cuasimonedas en algunas provincias, las que luego se extenderían a todas.

La recesión se transformó en depresión y con el tiempo llegó el corralito implementado por Cavallo medida que prohibía la extracción de dinero de los bancos mientras los organismos extranjeros se negaban a seguir prestándole dinero al país.

Así explotó la convertibilidad con saqueos y revueltas populares de distinto tipo en diciembre del 2001.

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