Las aguas no se aquietan, los días del caos interminable se multiplican. Las noticias que podrían atiborrar un mes llenan una semana. Y, en medio de ese torbellino, se encuentra un presidente golpeado, que no logra hacer pie en medio de las turbulencias. Tal vez estos días singulares de mayo de 2017 decidan cómo se inscribirá el rol de Donald Trump en los libros de historia.
Es llamativo que transcurrió apenas una semana y media desde que el republicano despidió al jefe del FBI, James Comey. No pasaron ni 24 horas desde la más reciente revelación del “New York Times” sobre un presunto pedido de Trump a Comey para que dejara de investigar al ex asesor de Seguridad Nacional Michael Flynn, cuando ya el miércoles por la noche estalló la siguiente noticia en una Washington extremadamente convulsionada.
El Departamento de Justicia dio a conocer el nombramiento de un fiscal especial para investigar las relaciones del equipo de campaña electoral de Trump con Rusia.
El asunto gira alrededor de si los contactos fueron tan lejos como para que personas en el entorno de Trump supieran anticipadamente sobre los presuntos ataques de hackers rusos contra los demócratas y si tal vez incluso trabajaron con Moscú para orquestarlos.
El ex director del FBI Robert Mueller deberá supervisar las investigaciones. El mandato del Departamento de Justicia le confiere el poder de levantar una acusación. También tiene el derecho de tomar en consideración circunstancias que aparecieron en el marco de la pesquisa del Buró Federal de Investigaciones (FBI), lo que también podría abarcar la decisión de Trump de echar a Comey.
De esta manera se incrementó aún más la presión sobre el sucesor de Barack Obama, y esto poco antes de que parta a su primer viaje al exterior.