Marcus comenzó su vida con un trabajo previsto: debía convertirse en perro guía para una persona ciega o con baja visión. Aprendió rápidamente las órdenes básicas, pero tenía un problema difícil de corregir: avanzaba despacio, se distraía y prefería descansar o buscar afecto.
Lejos de quedar sin una función, su temperamento terminó siendo perfecto para otra tarea. Marcus fue reclasificado como perro de terapia y actualmente acompaña a pacientes con cáncer en un centro de atención y rehabilitación de Sídney, Australia.
El labrador negro tenía seis años y pesaba unos 32 kilos cuando su historia fue difundida en 2026. Había nacido en el centro de Guide Dogs NSW y comenzó su socialización a las ocho semanas.
Aprendió rápido, pero nunca tuvo apuro
Durante sus primeras semanas, Marcus incorporó órdenes como sentarse, acostarse, permanecer quieto y acudir al llamado. Su conducta era buena y rara vez ocasionaba problemas dentro de la casa.
Marcus, de cachorro. Foto: Blake Sharp-Wiggins/The Guardian
Sin embargo, era un aprendiz lento para desplazarse. Prefería sentarse en charcos, dormir, recibir caricias, jugar o intentar conseguir comida antes que avanzar con la concentración exigida a un perro guía.
Después de 14 meses fue evaluado. En su informe apareció la expresión “poca disposición para trabajar” y los responsables concluyeron que no era seguro asignarlo a una persona que necesitara desplazarse con rapidez y precisión.
La organización evita hablar de fracaso. Los perros que no cumplen los requisitos son “reclasificados” y evaluados para encontrar una tarea más compatible con su personalidad.
Las cualidades que no servían para guiar sí servían para acompañar
Un perro guía necesita tomar decisiones, ignorar distracciones y mantener un ritmo firme. Un perro de terapia requiere algo diferente: calma, tolerancia al contacto físico y capacidad para permanecer relajado en ambientes cambiantes.
Marcus disfrutaba precisamente de esas situaciones. Se sentía cómodo cerca de sillas de ruedas, equipos médicos, camas y personas que querían acariciarlo.
En 2022 fue asignado a la oncóloga Lina Pugliano, fundadora de Cancer Fit, un centro dedicado a la atención, el ejercicio y la rehabilitación de personas con cáncer. La médica había esperado dos años mientras la organización analizaba su solicitud.
Foto: Blake Sharp-Wiggins/The Guardian
Una rutina diaria dentro del centro oncológico
Marcus vive con Pugliano, su esposo y sus dos hijos. Cada mañana de lunes a viernes viaja con ella hasta la clínica, saluda a los pacientes y recorre los espacios de ejercicio y consulta.
No recibió una orden específica para detectar tristeza. Según su cuidadora, actúa por instinto: cuando encuentra a alguien angustiado, se acerca, apoya la cabeza sobre sus piernas o permanece quieto a su lado.
Foto: Blake Sharp-Wiggins/The Guardian
Durante algunas consultas se instala debajo del escritorio. En otros momentos acompaña a personas que realizan ejercicios o tratamientos, ofreciendo una presencia tranquila sin exigir conversación.
Las golosinas obligaron a establecer nuevas reglas
Los pacientes comenzaron a ofrecerle tantos premios que Marcus aumentó de peso. Después de una recomendación veterinaria, el centro colocó carteles y redujo sus opciones a alimentos como zanahoria, pepino, manzana y partes de frutilla.