11 de agosto de 2026 - 13:20

El pequeño pueblo a 1.200 metros donde solo queda un habitante, pero los turistas siguen llegando en busca del famoso restaurante

Val de Poldros se encuentra en las montañas del norte de Portugal y conserva antiguas construcciones de piedra.

En lo alto de la Serra da Peneda, en el norte de Portugal, existe un pequeño pueblo de casas de granito donde la presencia humana permanente se redujo al mínimo. Se llama Val de Poldros y, pese al aislamiento, continúa recibiendo visitantes atraídos por sus paisajes y por el restaurante que ayudó a evitar que el lugar quedara completamente vacío.

Está situado en Riba de Mouro, dentro del municipio de Monção, y distintas referencias turísticas lo ubican en torno a los 1.200 metros de altura, en una zona montañosa próxima al entorno de Peneda-Gerês.

Val de Poldros no nació como un pueblo convencional

Hay un detalle que explica buena parte de su historia: técnicamente, Val de Poldros es una “branda”.

Este nombre identifica a los antiguos asentamientos de montaña del Alto Minho que eran utilizados de manera estacional. Durante los meses más cálidos, familias de agricultores y pastores subían con sus animales hacia las zonas altas, donde encontraban mejores pasturas. Con la llegada del frío, regresaban a sectores más bajos.

Por eso, muchas de sus construcciones nunca fueron concebidas como viviendas permanentes durante todo el año.

Las tradicionales casas de granito, de aspecto compacto y paredes gruesas, quedaron como testimonio de una forma de vida vinculada directamente con la ganadería, las estaciones y los movimientos entre montaña y valle.

Fernando Gonçalves y el restaurante que volvió a llevar gente

Con el paso de los años, el uso tradicional de las brandas fue disminuyendo y Val de Poldros quedó prácticamente deshabitado.

Fernando Gonçalves terminó convirtiéndose en su residente permanente más conocido y abrió allí el Restaurante Val de Poldros, un establecimiento dedicado a comida regional portuguesa. La historia fue recogida durante años por medios especializados en turismo rural.

El establecimiento transformó el aislamiento en parte de la experiencia.

Quienes llegan hasta la montaña encuentran platos asociados a la gastronomía de la región, en un ambiente de piedra y paisaje serrano. Las reseñas recientes continúan mencionando preparaciones como cordero, carnes y productos tradicionales portugueses.

Un destino que conserva una forma de vida casi desaparecida

El restaurante no es el único atractivo. El conjunto permite observar construcciones tradicionales y un paisaje marcado por siglos de actividad pastoril.

Durante determinadas celebraciones, especialmente las vinculadas con Santo António, la tranquilidad habitual también cambia y el área vuelve a recibir más visitantes.

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