El terreno que dejó la erupción del monte Santa Helena, en Estados Unidos, parecía incapaz de recuperar su vegetación. La explosión de 1980 cubrió amplias zonas con materiales volcánicos y alteró profundamente la vida del suelo. Sin embargo, un experimento con pequeños roedores permitió observar una transformación que todavía sorprende a los científicos.
La idea fue sencilla: introducir durante un período breve a unos animales que se especializan en excavar túneles y remover la tierra. Los investigadores querían comprobar si ese movimiento podía acercar a la superficie microorganismos capaces de favorecer el crecimiento de las plantas.
Qué hicieron los científicos después de la erupción
En 1983, investigadores encabezados por Michael Allen y James McMahon llevaron tuzas —roedores excavadores conocidos en inglés como gophers— a dos parcelas cubiertas por piedra pómez. Los animales permanecieron en esos sectores apenas 24 horas y luego fueron retirados.
Antes de la intervención, los especialistas habían observado que apenas una docena de plantas lograba sobrevivir en algunas de esas superficies. Las semillas que llegaban transportadas por aves no encontraban buenas condiciones para desarrollarse.
Una ardilla de tierra y una planta, cerca de la valla que las protege (Mike Allen/UCR)
El resultado empezó a verse con el paso de los años. Seis años después del experimento, las parcelas intervenidas albergaban unas 40.000 plantas, mientras que otros terrenos cercanos que no habían recibido roedores seguían prácticamente desnudos. La cifra se refiere a las áreas estudiadas y no a toda la montaña.
Por qué remover el suelo podía cambiarlo todo
La explicación no se limita a la tarea de cavar. Al alterar las capas del terreno, los roedores habrían favorecido la presencia de hongos y bacterias beneficiosos para las raíces. Entre ellos se destacan los hongos micorrícicos, que ayudan a las plantas a obtener nutrientes y agua.
Ese intercambio funciona en ambos sentidos: los hongos facilitan la absorción de recursos y reciben carbono de las plantas. En un suelo volcánico recién alterado, donde escasean las condiciones necesarias para establecerse, esta asociación puede marcar una diferencia importante.
En noviembre de 2024, investigadores vinculados con la Universidad de California en Riverside publicaron un análisis sobre las comunidades microbianas del monte en la revista científica Frontiers in Microbiomes. El trabajo mostró que las diferencias entre las parcelas intervenidas y las de comparación persistían décadas después.
Una segunda observación que cambió la interpretación
El equipo también comparó sectores forestales con historias distintas. En algunas zonas con bosques maduros, los árboles perdieron agujas por los efectos de la ceniza, pero lograron recuperar parte de su actividad gracias a las redes de hongos ya presentes en el suelo.
Foto: CoreyFord/iStock/Getty
En cambio, en un área que había sido talada antes de la erupción, la recuperación resultó mucho más limitada. La comparación reforzó la importancia de las relaciones previas entre raíces, hongos y materia orgánica para la resiliencia del ecosistema.