En el verano de 2006, con una amiga, Ana Laura, partimos para Uruguay.
En el verano de 2006, con una amiga, Ana Laura, partimos para Uruguay.
Nunca lo olvidaré, primero porque ha sido mi único viaje de mochilera y después por las experiencias que vivimos.
Recuerdo que nos organizamos rápido: mochila, carpa, garrafa, comidas envasadas y pasajes en colectivo a Buenos Aires.
Era enero. Apenas llegamos partimos al puerto para averiguar cómo cruzar el charco y la opción más económica resultó un buque con el simpático nombre de "Cachola", que nos dejó unas horas después en Montevideo.
Lo primero que te llama la atención en ese país es es la gente caminando con el mate y el termo en la misma mano. Esta costumbre atraviesa las clases sociales. Es parte de su cultura.
En la terminal de ómnibus de la capital sacamos dos pasajes en colectivo para Punta del Diablo, que era el primer destino elegido. Es un pueblito de pescadores pequeño y pintoresco ubicado en el departamento de Rocha, uno de los más cercanos a Brasil. Poco y nada habíamos averiguado del lugar, porque queríamos sobre todas las cosas sorprendernos y aprender.
Encontramos allí un hostel bastante rústico y conseguimos convencer a los dueños de que nos dejaran montar las carpas en el jardín, lo que fue muy cómodo para nosotras, en su cocinita del patio hervíamos el arroz. Atardeceres en la playa, cervecitas en los bares costeros y el muy clásico mate en cada jornada.
Unos días después, hicimos dedo hasta Barra de Valizas, otro balneario de Rocha en la ruta de regreso a Montevideo.
Allí alquilamos un rancho que se caía a pedazos lleno de polvo y algo desestabilizado por los vientos. En la supuesta "cabaña" no había electricidad y teníamos que sacar el agua de un pozo para hervirla, sí o sí, si pensábamos beberla.
De allí nos trasladamos a Cabo Polonio, muy cerca. Había dos opciones para llegar: la más fácil por un camino de tierra en colectivo y otra, por la playa de Valizas, cruzando 8 kilómetros de paisaje de dunas que en algunos tramos alcanzaban 30 metros de altura. Nosotras lo intentamos, pero una hora más tarde nos volvimos, era un gran desafío.
Al llegar descubrimos un lugar pequeño y encantador, dominado por la presencia del faro.
Pedimos permiso en una casa de la costa para levantar nuestra carpa en su patio y decidimos disfrutar de la rusticidad del entorno. Uno no tarda en hacerse amigos por allí, ya sean extranjeros o lugareños.
En temporada alta, esa pequeña población, conformada por pescadores, artesanos y personal que administra el faro, es invadida por turistas en búsqueda de tranquilidad extrema. Allí, por la falta de electricidad, las noches son muy afables.
Continuamos el viaje y conocimos La Pedrera. Nos instalamos en un camping con más comodidades. Recién ahí nos dimos cuenta que habíamos pasado varios días sin Internet, sin noticias, sin celulares.
Las playas del país vecino nos resultaron encantadoras. Uruguay es mucho más que Punta del Este y Montevideo. Vale la pena conocerlo.