Caminar por las empinadas calles de Valparaíso es un placer que turistas de todo el mundo disfrutan. Los grafitis en las paredes y ese aire de mar que acompaña, hacen que la visita resulte inolvidable.
Caminar por las empinadas calles de Valparaíso es un placer que turistas de todo el mundo disfrutan. Los grafitis en las paredes y ese aire de mar que acompaña, hacen que la visita resulte inolvidable.
Es entendible, entonces, por qué Gonzalo Etcheto (35) decidió quedarse -el amor de una mujer de por medio- hace nueve años a hacer lo que más le gusta: pintar al óleo la fibra profunda de este paisaje chileno. Además, es el único argentino (mendocino) que realiza ese trabajo en esta ciudad de pescadores que ha sido declarada patrimonio de la humanidad y por ello bien vale la pena dedicarle unas palabras.
Apostado en el Paseo Atkinson, de una vista privilegiada hacia el puerto, Gonzalo expone permanentemente sus obras -una mezcla de distintos períodos, como explica- que retratan los típicos ascensores que trepan a los cerros, el mar omnipresente y el sol, que le doró la piel desde hace ya un buen tiempo.
Sus cuadros no sólo decoran la vista callejera; también han sido presentados en las galerías del hotel Sheraton de Viña del Mar y de Santiago y en los numerosos bares y cafés de la zona.
Un viaje a la bohemia
El artista cuenta que durante su juventud estudió durante cinco años en Junín, Buenos Aires, en la escuela de Xul Solar, dejando atrás varios barrios mendocinos, entre ellos el Cano, que lo vio crecer.
“Salí de Junín -aún le quedaban dos años para terminar sus estudios- y no sabía dónde iba a dormir al otro día. Cuando llegué a Chile sólo tenía dos dibujos y un par de mochilas. Empecé trabajando tres meses de jardinero y después sólo me dediqué a esto”, cuenta el hombre de pantalones salpicados de trabajo y de zapatos con cordones de distinto color.
De vacaciones en aquellos rumbos, conoció y se enamoró de su mujer, Elizabeth Varela, con quien tuvo dos hijas llamadas Challúa y Keyén que en mapuche quiere decir pez y luna, respectivamente. Peces y lunas viajan sin destino por sus cuadros que tienen una firma apenas perceptible porque, como dice, “no me parece que lo más importante sea la firma”.
A su llegada no tenía un lugar donde quedarse a dormir. Luego ocupó un lote en el Cerro Alegre Alto, lejos de la urbe turística y comenzó a construir su casa. “Ahora tiene unos ventanales gigantes con vista al mar, un taller y una puerta grande”, describe Gonzalo, con palabras de fuerte convicción.
Sentirse artista
“Estar acá me da la posibilidad de pintar. Por día pasan muchos turistas y creo que en Mendoza sería difícil vivir de la pintura”, explica Gonzalo. Admite que Valparaíso es una ciudad loca, bohemia, que le da la posibilidad de pintar rincones con una vista diferente buscando siempre crecer como artista.
Con palabras que buscan definir eso que ve en el interior de su cabeza, dice: “Mis cuadros son intimistas en constante búsqueda personal. No están hechos para la venta sino pensados a partir del pulso que siento al momento de pintar. Si yo trato de vender me quedan más apretados”.
Para él, 2012 fue un año pobre en dinero y muy rico en creatividad. De hecho, mientras mira dos barcos que rompen la línea del horizonte cuenta que por primera vez desde que pinta se sintió artista. “Pinté un mural gigante, de 16 metros por 4 metros, con los niños de mi barrio en Cerro Alegre Alto que se llamó ‘Un mural para las campanillas’. Los chicos lo trabajaron con materiales que les di. Me sentí artista, que es una palabra muy grande, cuando compré los pinceles y la brocha, los vasitos plásticos y el jugo para ellos y dejamos la ‘cagada’ (sic). Fue muy lindo y enriquecedor”, describió, aunque evidentemente no son suficientes las palabras que flotan con dejos de aroma a óleo.
Después expuso en el bar Mariela en una muestra colectiva con su instalación “Tesoros y miserias”, un retrato del invierno duro representado con pequeñas bolsas que mostraban información de lo que lo rodeaba.
También tiene una colección de rostros, un producto derivado de una necesidad muy íntima que tiene que ver con su pasado pero también con su presente. “También he pintado rostros borrados, la negación de la persona, la falta de identidad”, explica con voz un poco ronca por el humo que se le escapa de la garganta.
Gonzalo trabaja en el paseo con un permiso municipal que cuesta 10 mil pesos chilenos mensuales y necesita otra suma similar para dejar sus trabajos en una bodega.
Por ahora, no piensa en volver a Mendoza. “En Mendoza tengo amigos espectaculares y me dan ganas de volver. Pero ésta es una ciudad creativa y da para hacer. Es como un mural en movimiento”, finaliza.