Hasta hace poco nomás era impensado que obispos y sacerdotes que fueron perseguidos, asesinados y martirizados por las dictaduras militares de América Latina llegaran al honor de los altares y menos que un Papa los propusiera como modelos de santidad para la Iglesia.
Francisco, el pontífice argentino, lo hizo. Apenas inició su pontificado, en marzo de 2013, Jorge Bergoglio dejó clara su intención de destrabar causas de canonización de referentes eclesiásticos de la región que dieron su vida por el evangelio de los pobres y la liberación de los oprimidos.
“La beatificación de monseñor Romero va por el buen camino”, le confió Francisco al premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, dos días después de asumir el ministerio petrino.
Y el Papa cumplió: el arzobispo que predicó contra la violencia, exigió el cese de la represión a los campesinos y fue asesinado por un escuadrón de la muerte en 1980 mientras celebraba misa en El Salvador, es beato desde ayer.
El mismo impulso dio el Papa a las causas de los “Mártires del Chamical”, los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville y el laico Wenceslao Pedernera, y del obispo Enrique Angelelli, quienes encarnaron la lucha por los desprotegidos en La Rioja y fueron víctimas de la última dictadura militar en el país.
El proceso para la santificación de los dos sacerdotes y el laico riojano acaba de cerrar su fase diocesana y la documentación que avala el pedido de canonización va camino a Roma, mientras que el Pontífice dio luz verde recientemente a la apertura de la instancia diocesana en el caso de Angelelli.
Muy pocos conocen que Bergoglio fue el impulsor en 2011 de la causa de los Mártires del Chamical. El entonces primado argentino firmó el inicio del proceso y pidió discreción, para que el expediente no fuera bloqueado por otros obispos.
De ese modo, Bergoglio buscó evitar exacerbar los ánimos de ese grupo minoritario de prelados que todavía hoy se resiste a reconocer las virtudes heroicas de quienes fueron martirizados por su compromiso social.