10 de noviembre de 2016 - 00:00

Opina la mendocina Marina Walker sobre el triunfo de Trump: la “América” olvidada

Un alto número de los votantes de Trump no la pasa bien. Son los granjeros, empleados con salario mínimo, choferes, desocupados, blancos la mayoría.

Los estadounidenses nos despertamos ayer con una crisis grave de identidad colectiva. Digo “nosotros” porque si bien nací en Mendoza, hace tres años adquirí la ciudadanía de este país. Lo hice, principalmente, para poder votar.

¿Quiénes somos?, nos preguntábamos en el subte, en las oficinas, en el Starbucks. ¿Somos el ideal que las élites intelectuales de las costas de este país nos han hecho creer que somos: progresistas, tolerantes, generosos, inclusivos?  ¿O somos racistas, nacionalistas, desconfiados del otro y misóginos? Las dos Américas nunca se vieron en contraste más crudo y más real que en el mapa electoral de 2016 que catapultó a la presidencia al improbable Donald Trump.

La América que compró el proyecto anti-establishment de Trump no es necesariamente violenta e intolerante en bloque. La cosa es más compleja. Lo que sí tienen en común los millones de votantes de Trump es que un altísimo número de ellos  no la está pasando bien en su país. Son los choferes de camiones, los empleados de cadenas de comidas rápidas, los granjeros. Son blancos en su mayoría y sin título universitario. Muchos reciben el salario mínimo, ése que no ha aumentado en años. Son quienes se quedaron sin trabajo cuando las fábricas de autos cerraron y las de ropa se mudaron a China. Ven con horror el avance inmigratorio desde América Latina y otros países porque temen que los recién llegados les quiten los trabajos a sus hijos, que, como ellos, tampoco podrán ir a la universidad.

Es la América profunda a la que el proyecto de cambio de Obama no le alteró la realidad en casi nada, a pesar de la reducción del desempleo y la salida de la gran recesión. Los obreros que sienten que los sindicatos le vendieron el alma a los políticos de Washington.

Los que se sienten desconectados de Hillary y de los republicanos tradicionales, porque esos políticos ocupan más tiempo en reunirse con ejecutivos de Wall Street que en recorrer los criaderos de pollos de Delaware o las plantaciones de soja de Missouri.

Es la masa descontenta, asustada, empobrecida que nos advirtió Trump que se iba a despertar. Que ya se había despertado. La que llenaba sus actos de campaña. La que le ayudó a ganarle a casi una docena de competidores en las elecciones primarias. Y que está tan decidida a retomar su derecho al ‘sueño americano’ que fue capaz de comerse todos los sapos que producía su candidato sin inmutarse.

Es que en este contexto, un demagogo, un patrón de estancia, viene como anillo al dedo. Y si dice que va a romper con todo, mejor.

Mientras tanto las élites intelectuales de las costas Este y Oeste flotaban en sus burbujas autorreferenciales, habitadas también por periodistas de todos los principales medios.

Era tan cruda, tan violenta y tan caricaturesca la propuesta de Trump, y el personaje mismo, que nos negamos a creer que fuera real.

Justamente por eso de que no queremos reconocernos en esos valores y en esta retórica (Hillary llamó a los seguidores de Trump “deplorables”). Nos enfrascamos en las encuestas que reforzaban nuestras aspiraciones progresistas. Nos regocijamos en la idea de la primera presidenta. Y en el confort del statu quo.

Los periodistas estadounidenses hace rato que dejaron de cubrir la América que eligió a Trump. Fue cuando internet pateó el negocio de los diarios y miles de periodistas perdieron su trabajo.

Por eso los medios “se comieron” la historia de Trump. No podían verla venir porque no tenían a nadie en las metrópolis industriales hoy venidas a menos, en el campo, en los pueblos del Medio Oeste. Ya los reporteros no pasan tiempo con los “red necks”.

Estados Unidos sobrevivirá a Trump de la misma manera que sobrevivió a una gran depresión y una gran recesión, dos guerras mundiales y los ataques del 11 de Setiembre. La pregunta es cuál será el costo material, geopolítico y moral de la presidencia de Trump si de verdad es consecuente con las medidas oscurantistas que prometió en su campaña.

Al empresario que quebró cuatro veces, eludió impuestos colosalmente e hizo de las deudas un estilo de vida le toca arreglar el problema más profundo de la sociedad estadounidense: la inequidad.

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