A metros, una vivienda modesta en desuso. Allí pasaba sus días Harry, un conocedor del área como pocos, que ya con más de 85 abriles pasa sus días en El Calafate, pero de tanto en tanto los guardaparques lo traen para que se reencuentre con su tierra. Ingresar y ver la extrema humildad de las habitaciones, la salamandra, las ollas para calentar agua en un sitio donde en invierno hasta el alma se congela, nos arruga el corazón.
El barco se ilumina en la costa, regresamos a paso lento, como queriéndonos quedar. La cena en el salón Turquesa es un despliegue glamoroso que se abstrae de la latitud. No hay señal de nada, no hay modo de compartir imágenes ni de hablar con los amigos; la noche se estrella en el agua y deviene la sensación de desconexión, de estar allí, sólo con uno mismo.
Amanecer en el lago
El desayuno se sirve de 8 a 9, no hay chances, pero al despertar el enorme ventanal –casi al ras del agua- junto a la cama, regala la inusual belleza patagónica. Acá no vale decir "un ratito más"; será una jornada intensa. Ñires, lengas, cohihues, los caminantes detectan las especies; calafates, más adelante, verdes perennes y arbustos de transición rojizos en franco ascenso, entre rocas erráticas por el Bosque Andino Patagónico.
Caminamos en fila, con cuidado, pisando firme, deleitándonos con la pureza del aire y los relatos del guía. Entre pasajeros argentinos, australianos, canadienses, mexicanos e italianos, las lenguas se mezclan y la camaradería se hace espontánea. Gente de todas las edades a modo de descubridores de los confines, avanzamos, insolentes ante la inmensidad de este rincón del mundo. Y como un espejismo después de los arbustos achaparrados la primera imagen del Spegazzini que con las morenas y el cerro Cuerno de Diablo nos desbaratan la mandíbula, a 15 km desde lo alto de Punta Hilden.
Las fotos se amontonan, hay selfies que subiremos después, pero ya nadie se acuerda del teléfono más que para tomar imágenes. Retornamos como niños, como los 7 enanitos cuando volvían del trabajo, riendo, cantando, contando. Las charlas siguen en el bar con un expresso y sólo los precavidos advirtieron los 10 minutos de señal. Ya fue.
La embarcación retoma su marcha rumbo al frente del glaciar que vimos desde su lado norte. El Spegazzini, con su imponencia, de entre 80 a 130 metros de alto, esto es como un edificio de 30 pisos para darse una idea, se disfruta con un lujoso almuerzo de 5 pasos y vinos mendocinos. Como en una película editada pasamos del trekking de aventura al servicio 5 estrellas, y no es difícil acomodarse.
La tarde será de navegación hacia la próxima posta. El silencio sólo se rompe con el sonido del motor. En la espesura: pumas, zorros grises y colorados, pichis, hurones, ya no hay rastros de huemules, sí de vacas, por doquier. Decenas de variedades de aves y la perca autóctona en las aguas con el pejerrey patagónico y el puyén.Un Calafate sour o un Kirsch Royal pero con licor de Calafate que se elabora en el poblado, es la excusa para seguir de popa a proa capturando las mejores panorámicas a bordo; los desprendimientos gélidos a los lados y las tonalidades de los azules en toda su plenitud dan envidia a cualquier photoshop.
Otra vez por el brazo norte el destino es el Upsala, con un frente sobre el lago de 4 km, paredes de unos 60 metros promedio de altura y una superficie total de casi 900 km2. Y otra vez la piel de gallina, hay tanta belleza que emociona. Gigantescos témpanos de caprichosas formas, los glaciares Bertacci, Cono y adelante el que buscamos, el más grande de los hielos que veremos.
-”Cuidado con las lengas”, advierte el guía y señala una pequeña plantita de apenas 10 cm. “No las pisen; se necesitarán 60 años para que crezcan y sean como los árboles que vimos ayer”, continúa. El descenso en Bahía del Toro nos encuentra cara a cara con el bosque Valdiviano, ése que abunda del lado chileno, ése que es húmedo y fértil. Seguimos hacia la cascada bajando la mirada para no dañar a los jóvenes ejemplares de lengas pues hace 10 años una laguna situada a 900 m.s.n.m. desbordó y arrasó con toda la ladera por la que transitamos. Luego de tamaño alud algunas semillas quedaron, otras las trajo el viento y las aves, y así luchando por sobrevivir salen a la superficie con verdes promesas.
El frío se siente al finalizar la tarde, pero entre saltos y la estimulación visual, sin dificultad se diluye. 40 minutos después el retorno es por las márgenes opuestas, de playas rocosas y cursos que mueren en el espejo de agua. Pero la función lejos está de concluir. Milthon corre por el arroyo como un loco, va y viene en un tramo de 10 metros. ¿No podríamos tener un guía cuerdo? Grita se empapa y de a uno los viajeros nos acercamos para ver qué diablos hace. Persigue un salmónido, enorme, le da lucha. Sacamos las cámaras y nos acomodamos para ver la ocurrencia que termina con el anfitrión posando con el pez de unos 12 kg en brazos, apenas un minuto y lo devuelve. Milthon hace la gracia para cada grupo y no puede creer la reacción de los extranjeros, la felicidad que les genera. Quizá sea la sencillez del evento, la actitud lúdica, la extraña posibilidad de estar desconectados de todo en la indomable Patagonia jugando a pescar a manos limpias.
El día después
Amaneció lluvioso, muy frío y el despertador sonó sin lograr su cometido. El movimiento de la embarcación hace que dé un salto. Ropa abrigada, gorra, guantes, chaleco salvavidas. Hoy no pruebo ninguna delicia del chef Russó, apuro el café y salto a la lancha. Somos pocos los que le ponemos buena cara al mal tiempo, apenas 12 nos proponemos llegar al Seno Mayo.
“Equecos”, eso parecemos, tapados hasta los dientes, apretados en la embarcación que salta para divertirnos; surgen los chistes de naufragios y otras hierbas. La ansiedad se percibe como el viento helado, pero nada nos detiene. Media hora y una pequeña bahía nos invita a conocerla.
Libres de los chalecos, cámaras preparadas, cruzamos el río primero, uno tras otros, ayudándonos para no sucumbir en las aguas. Ascendemos tomándonos de las rocas, buscando la mejor posición para pies y brazos; nos metemos entre pinchudos arbustos y tierra demasiado húmeda para ir de prisa. En un claro, los témpanos y los rayos de sol nos sorprenden. Ya no llueve, y el brazo hacia el Glaciar Mayo se ve prístino; sus iceberg, espectaculares. Seguimos la marcha con precaución, pero con una alegría que no cabe en las letras. Alguno se resbala, otro se cae sobre el guía y las carcajadas amenizan la subida para la que necesitamos a cada paso la mano del compañero, como en postas, avanzando de a poco.
El Seno Mayo no pudo con nosotros, pero nos dejó atónitos con la imagen del glaciar a sus espaldas. Celebramos la decisión de haber llegado hasta acá.
El descenso no será fácil, no importa, nos hacemos los cancheros. Esta vez, la senda es otra; ingresa tierra adentro entre verdes y amarillos. Tras algunos minutos un refugio de montaña se presenta ante la vista: chocolate caliente, bocados dulces y whisky para templar el cuerpo y despertar nuevas sonrisas. Nada de acomodarse. Aún queda el Perito Moreno, ni más ni menos. Lancha, barco y a continuar con el día en el que no perderemos la cara de feliz cumpleaños.
El más famoso
El canal de los Témpanos resulta irreal ante la vista, el Perito Moreno se divisa a lo lejos y ya nadie se queda en el interior. El más famoso por los desprendimientos y la cercanía a El calafate, se persigue a uno y otro lado del navío. Con 2,5 km en su frente norte sobre el lago y paredes de 60 metros promedio, es la frutilla del postre. El primer desprendimiento registrado data de 1917. Desde aquel entonces, cada 4 años en principio, y verano tras verano en los últimos tiempos, se espera otro quiebre del tapón de hielo, pero para nuestra sorpresa hay leves caídas de bloques a cada instante, pequeños guiños para los viajeros.
El sofisticado almuerzo se sirve en el salón, con los ojos clavados en el glaciar y un brindis final con champagne en proa para eternizar la vivencia. Ya nadie mira el celular, sólo nos detenemos en el instante, en la maravillosa naturaleza que nos envuelve, en los blancos, en los azules, en este paisaje que interpela y nos hace sentir vivos. Media hora más tarde hay señal, y la única reacción posible es ignorar el ringtone de los mensajes, al menos, un poco más.
OTROS DATOS
Alta gastronomía a bordo
El confort del barco, los detalles, la atención del personal y de los anfitriones, son admirables. La gastronomía merece párrafo aparte, no sólo porque grande fue la alegría cuando conocimos al chef mendocino Rodrigo Russó quien trabajó en Sheraton Mendoza hasta hace poco y ahora conquista exquisitos paladares en el crucero. A las pruebas me remito: la primera cena arranca con un Capuchino de trucha: Mousse de trucha, salteado de langostino con espárragos y aire de queso y pimentón. Cocina molecular en el medio de la nada... y sigue: Sopa de maíz: Canasta de queso parmesano y semillas con helado de queso de cabaña; para el principal Merluza negra: Cremoso de papa, salteado de panceta, champignones , portobellos y castaña de cajú, Espárragos , rulos de calamar y jugó de cocción. El paso dulce con una Triple textura de chocolate: Base crocante de chocolate, mousse de chocolate amargo, ganache de chocolate con leche. Finalmente panacota de maracujá. Helado de frutos rojos, dentelle y salsa de calafate. ¿El cierre? Deconstrucción de piña colada: Sorbete de ananá y espuma de ron y coco.
La naturaleza del menú es internacional con productos argentinos, muchos de Mendoza, que realmente marcan un desafío para el chef por las dificultades de encontrarlos frescos en tiempo y forma para cada salida. La variedad y originalidad de la propuesta en cada almuerzo y cena, encanta a los pasajeros de todas latitudes, porque logra ser contundente y sorprender en cada instancia. Cuida las texturas y la combinación de sabores, y también rompe reglas, se juega y retruca.
MÁS INFORMACIÓN
Cómo llegar: LAN cuenta con 3 frecuencias semanales al Aeropuerto El Calafate situado a 22 km de la ciudad y a 50 del Puerto La Soledad. Vuelos desde $ 2.417, desde Buenos Aires.
Marpatag Cruceros dispone del programa The Spirit of the Glaciers con una duración de 3 días surcando el Lago Argentino entre impactantes témpanos para alcanzar los glaciares más destacados del Parque Nacional Los Glaciares: el Upsala, el Spegazzini, el Mayo y el Perito Moreno. Equipado con grandes ventanales en sus cabinas y salones comunes, el barco Santa Cruz permite contemplar los paisajes únicos que ofrece el espejo de agua.
Programa Incluye: 3 días y dos noches de navegación en el "Lago Argentino" disfrutando del los Glaciares Perito Moreno, Mayo, Upsala y Spegazzini. Alojamiento en cabinas con baño privado y pensión completa. Bebidas no alcohólicas e infusiones durante todo el viaje. Bebidas alcohólicas durante almuerzo y cena. Actividades a bordo con guías bilingües. Traslados desde los hoteles de El Calafate. Entrada al Parque Nacional. IVA (10,5%).
Tarifas
Temporada baja: Desde 15 setiembre al 31 octubre de 2015 y desde 1 de marzo al 15 de abril 2016. Cabina De luxe: Base Doble: U$S 1.430; Cabina Premium: Base Doble: U$S 1.640; Cabina Grand Suite: Base Doble: U$S 2.420.
Temporada Alta Desde 1 de noviembre de 2015 al 28 de febrero de 2016:
Cabina Deluxe: Base Doble: U$S 1.680; Cabina Premium: Base Doble: U$S 1.930; Cabina Grand Suite: Base Doble: U$S 2.840. Transfer desde el Aeropuerto: U$S 35 por persona, por tramo. En Navidad y Año Nuevo habrá un recargo de U$S 340 por persona.
Embarcación
Eslora: 40,50 metros. Manga: 10 metros. Calado: 1,20 metro. Material del casco y superestructura: Aluminio. Planta propulsora: 2 motores Caterpillar de 1.000 HP Velocidad de crucero: 19 nudos. 21 cabinas dobles con baño privado y vista externa. (16 cabinas Deluxe, 4 cabinas Premium, 1 cabina Grand Suite) Capacidad máxima: 42 pasajeros. Biblioteca a bordo. Ambientes climatizados. Cocina equipada de alta tecnología. Cubierta en popa, en proa y cubierta principal (sobre el salón principal). Restaurante a bordo. Living y bar.
Más información: www.crucerosmarpatag.com
Parque Nacional Los Glaciares
Se extiende sobre una superficie de 724.000 hectáreas ubicadas en el sudoeste de la Provincia de Santa Cruz. Creado como área protegida en 1937, sus límites actuales (incluidas las zonificaciones del Parque Nacional y la reserva nacional) se establecieron en 1971. Comprende una gran porción de la Cordillera de los Andes prácticamente cubierta de hielo y nieve al oeste, y un sector de árida estepa patagónica al Este. Debe su nombre a la presencia de numerosos glaciares que se originan en el gran Campo de Hielo Patagónico -el manto de hielo más grande del mundo después de la Antártida-.
El Parque, que forma parte de las eco-regiones de bosque y estepa patagónicos y Altos Andes, cuenta con un clima templado húmedo. La temperatura media anual es de 7,5°C, con una media de 0,6° durante el invierno. En cuanto a los glaciares la superficie aproximada de los hielos es de 2.600 km2, más del 30% del total del parque.