No debería creerse que la fractura entre la realidad y el discurso es un arte exclusivo de nuestras orillas. Esa forma bizarra de maquillar lo que sucede al uso de quién maneja el poder es una práctica que no sólo aquí entusiasma a bandos políticos y económicos que en la narrativa aparecen irreconciliables, aunque en la práctica acaben pareciéndose.
El tema, claro, no son las máscaras, sino lo que se esconde detrás de ellas. En el caso del Norte mundial y de algunos países de su periferia, se trata de una reestructuración que es descrita como un avance.
En términos sociales y de desarrollo, implica sin embargo un notable salto hacia atrás. Este juego de confusiones tiene ganadores y perdedores y, como siempre, los primeros suelen ser quienes escriben la historia.
Hace unos pocos días España dio una interesante muestra de las capacidades de ficción. El gobierno enarboló cifras oficiales de la encuesta de población activa que difunde el Instituto Nacional de Estadísticas con datos auspiciosos que marcarían una reversión de la tendencia al abismo que mostraba el empleo.
Así, en el primer trimestre del año hubo 2.300 desocupados menos respecto al último de 2013, lo que supone la primera caída de la desocupación en un período trimestral desde hace 9 años.
Pero esos mismos números mostraron que el desempleo general no bajó sino que subió dos décimas hasta 25,93% debido a la reducción de la población activa. Esa cifra trepa a 56% en el amplio segmento más joven de menos de 30 años.
Bien vistos, estos resultados sociales develan el sentido final de las reformas que se han establecido en ese país. Es decir, no son consecuencia única de la crisis que sufre España, sino parte constitutiva de la opción hacia un modelo de acumulación más empinado.
En España hoy el desafío principal no es la elevada tasa de desocupación, sino el reducido porcentaje de población que trabaja. Hay 16,5 millones de ciudadanos con empleo para una población de casi 46 millones de personas.
Debido a las escasas perspectivas de trabajo y el envejecimiento, la población activa se redujo en casi medio millón en el último año. Cerca de 200 mil fueron este trimestre, “el mayor desplome desde que comienza la nueva serie histórica”, según un reporte del diario El Mundo.
Es interesante que esto se conoció en medio de dos declaraciones que pintan aquel fervor por un relato peleado con la realidad. “La recuperación va sobre ruedas”, marcó la ministra de Empleo, Fátima Báñez, hace unas semanas. “Las cosas van bien y van a ir mejor”, sostuvo luego el presidente Mariano Rajoy.
La verdad es muy diferente. El empleo temporal es el que repunta; los contratos por horas son los que suben y los que caen son los de jornada completa. En España suman más de dos millones los hogares con todos sus miembros desocupados.
Y alcanzan a 800.000 las familias que no tienen ninguna clase de ingreso, indicó un lapidario informe de El País. En este período crítico, que arrancó en 2008, el número de millonarios, sin embargo, ha crecido 13% en España y quienes acumulan en sus cuentas individuales más de US$ 30 millones, aumentaron casi 7%.
Ese rostro que puede muy bien contribuir a adornar el relato tiene una contracara oscura. Cáritas, la organización de asistencia de la Iglesia Católica, detectó que el número de españoles atendidos en sus servicios de beneficencia pasó de 370 mil a 1,3 millón en estos años de la crisis.
El caso español no es aislado sino parte de un esquema donde la concentración y la desigualdad marcan el mapa europeo.
En Italia, según datos oficiales, 7% de los hogares estaban en la pobreza absoluta al iniciarse este año, el doble que los registros de 2005. Es poco sabido que en Gran Bretaña el número de quienes acuden a instituciones de caridad para alimentarse se multiplicó por 20 también desde 2008, indicó la red asistencial Trussell Trust.
Lo que está ocurriendo es que, a caballo de la crisis global, se ha arrasado con el modelo previo de Estado Benefactor que reguló a Europa desde el fin de la Segunda Guerra y que, vale recordar, no fue una creación de una inflamada mente izquierdista.
Esta mutación hace que el empleo se torne a tal punto precario que en España es usual ya que los dos primeros meses no se pague salario a modo de prueba, o que no se respeten los horarios o los días de descanso.
La actual polémica de reducción del gasto en Francia apunta a sumar a ese país, el de mayor presupuesto social en Europa, a la ola de una austeridad que sólo se advierte en la base de la pirámide.
Estos modelos de alta frustración explican las protestas de los indignados, que son reflejo en clave anárquica de la impotencia de los sectores medios.
El punto de retroceso de este presente lo acaba de determinar el economista francés Thomas Piketty, quien, después de un formidable trabajo de revisión de una veintena de países, advirtió que si en 1910 el 1% de la población mundial concentraba 48% de la renta, un siglo después, en 2010, esa porción es casi similar, 50%.
Y ello después de la larga aventura de las guerras del siglo pasado y de un aplanamiento de la pirámide que entre mitad de siglo y 1970, cuando finalizó la era iluminista según la descripción del historiador Erick Hobsbaum, la concentración había caído a 30%. El cálculo comenzó a trepar en las últimas décadas y se afirmó tras el 2008 regresando al punto de partida.
No es ese el único retroceso que producen esas deformaciones. Si se observa el mapa político europeo hay un crecimiento de propuestas autoritarias como las que reinaban en los años 30 en la fragua del nazismo.
Proliferan partidos xenófobos y ultranacionalistas, de los cuales los más notables son el Frente Nacional francés de Marine le Pen, el UKIP de Gran Bretaña o el Freedom Party de Holanda, cuyo líder -Geert Wilder- califica al Corán como un libro fascista y al Islam como una religión totalitaria.
La narrativa de esa gente es sencilla: sus países son poderosos, pero lo que origina la crisis son los inmigrantes, aquellos que piensan diferente o son de razas distintas (los otros, en fin, que prosperan a expensas de los honestos trabajadores). Una y otra vez se confirma la sentencia de Tony Judt tan poco escuchada: “la desigualdad -decía- corrompe a las sociedades desde dentro”.