1 de noviembre de 2014 - 00:00

Evolución de nuestro malbec entre viejos y nuevos viñedos

El autor plantea la discusión sobre la edad de los viñedos en Argentina con la cepa emblema. Estima que el 60% de la superficie actual tiene menos de 12 años de antigüedad.

En la década de los noventa cuando todavía Argentina era un productor de vinos internacionales casi desconocido, cuando todavía no asomaba el “boom” del malbec, cuando recién ocurría la tremenda sequía en el viñedo español, cuando en California se debían arrancar varios miles de hectáreas de viñedo por la filoxera, llegaban los “primeros conquistadores” extranjeros a comprar viñedos en Argentina, en particular en Mendoza.

Los valores casi irrisorios de esos viñedos, comparados con los europeos o californianos de esa época, y aún comparados con el valor en los países emergentes como Australia, Sudáfrica y Chile, dio lugar a una corriente de inversión nunca antes vista en Argentina, que lejos de limitarse a los viñedos existentes comprometió nuevas tierras destinadas a implantar nuevos viñedos, de la mano de la tecnología de riego presurizado.

Desde entonces asistimos a una interesante polémica acerca de las ventajas y desventajas de los “viejos viñedos” respecto a los “nuevos viñedos”, polémica que no se quedó en los papeles sino que se reflejó inmediatamente en el mercado empujando los precios de los “viejos viñedos” tanto como los de tierras incultas destinadas a “nuevos viñedos”.

Cuando a comienzos del 2000 empieza a manifestarse el boom del malbec, la polémica parece inclinarse al triunfo de los “viejos viñedos”, ya que teníamos, como quien dice “a mano”, un poco más de diez mil hectáreas de malbec, en su mayoría viñedos con más de 25 años de implantados, en los valles irrigados por el río Mendoza, el Tunuyán Superior y San Rafael, conducidos en espalderos o viñas bajas, con alta densidad de plantas y poda guyot doble en su mayoría.

Lo que se dice, ¡un plato bien servido! Mientras tanto, los “viñedos jóvenes” habían apuntado hasta ahí a cubrir la demanda insatisfecha de otros cepajes, que aunque tradicionales en Argentina, no tenían volúmenes suficientes como para afrontar la etapa de internacionalización que se venía para nuestra vitivinicultura.

Así, esos fueron los años propicios para implantar nuevos viñedos de cabernet sauvignon, syrah, merlot, entre los cepajes tintos, y chardonnay y sauvignon blanc, entre las blancas, para mencionar sólo los más relevantes.

Pronto se vio que aquel “plato bien servido”, que había quedado como resultado de las sucesivas reconversiones vitícolas desde la década del ‘60 y como residual resistente a nemátodes y filoxera, era insuficiente.

A partir de 2002 comienza un vigoroso crecimiento de “viñedos nuevos” de la variedad malbec que no cesa hasta el presente, alcanzando algo más de 30.000 hectáreas implantadas, o sea que más de 20.000 hectáreas (60%) de nuestro viñedo malbec tienen menos de doce años de antigüedad. Al parecer la polémica se iba apagando en la medida en que se alumbraba la realidad.

Esta fantástica reconversión se realizó en sus comienzos aplicando el paradigma de fin de siglo XX, a tal punto que intentamos reproducir esos “viejos viñedos” aunque sin mucho éxito ya que producir solo 60 u 80 quintales en tierras vírgenes, con riego por gota y plantas saneadas es tarea imposible, salvo que se recurra a raleos de racimos exagerados o estrés hídrico desmedido, de nefastas consecuencias.

Así llegamos a 2011, cuando se alcanzaron los precios interanuales máximos del malbec para la mayoría de las zonas productoras y a la vez se produjo un sistemático incremento de los costos de mano de obra.

Las bodegas y los productores ya comenzaban a sospechar que se encontraban en un punto inestable. Los precios se mantienen y hasta en algunos casos bajan en pesos; los costos, en particular de la mano de obra, siguen subiendo y la ecuación no cierra.

La respuesta clásica frente a esta crisis de rentabilidad ha sido, para muchos, incrementar los rendimientos produciendo más uvas, con más yemas por planta, más agua y más nitrógeno según la fórmula conocida.

Otros abandonan el viñedo ante la imposibilidad de revertir la ecuación y finalmente los menos reconvierten viñedos de bajos rendimientos y para no perderle el paso a la variedad insignia, el malbec, recurren a combinaciones de zona de producción, genética y manejo que permiten alcanzar los 180-200 quintales por hectárea.

Este salto cuantitativo no siempre permite mantener la calidad de aquellas 10.000 hectáreas heredadas, ni la de aquellas 20.000 hectáreas de la década pasada, si no se usa una combinación acertada de los factores básicos de producción. Nuestras próximas 10.000 hectáreas deberán conciliar la calidad y la productividad.

Hoy se imponen viñedos más vigorosos, clones de malbec de alto rendimiento, resultado de peso medio de racimos alrededor de los 150 gramos y alta fertilidad de yemas; portainjertos resistentes a las plagas de suelo y adaptados al riego presurizado. Un elevado status sanitario de las plantas nos asegurará la sustentabilidad del viñedo en el tiempo.

Mantener parámetros de calidad aceptables para los vinos de gama media y los mercados internacionales de mayor desarrollo es tan actual y relevante como recuperar la rentabilidad perdida.

LAS MAS LEIDAS