El hermano pequeño de Rahman Wali fue uno de los 10 hombres afganos obligados por el grupo Estado Islámico a arrodillarse sobre bombas enterradas en un fértil valle de la provincia oriental de Nangarhar. Después, los extremistas detonaron las bombas y convirtieron el campo de pastoreo en una escena de terror.
Esas muertes el pasado agosto fueron grabadas y difundidas en medios sociales como otras atrocidades cometidas por el grupo EI en Oriente Medio. El grupo exporta así su particular forma de crueldad mientras trabaja para aumentar su presencia en Afganistán.
Fue a través ese macabro video como Wali, de 44 años, supo lo que había sido de su hermano Rahman Gul, imán en su remoto distrito de Shinwar en la frontera con Paquistán. Gul había sido secuestrado varias semanas antes junto con su esposa y sus seis hijos, que fueron liberados con rapidez.
Tras la muerte de su hermano, Wali y su familia huyeron a la capital provincial de Jalalabad y se refugiaron en un campamento improvisado donde viven
miles de personas huidas de sus hogares en los valles junto a la frontera. Todos tratan de escapar de lo que se está convirtiendo en una guerra atroz por el control de la región entre los talibán y los combatientes de la filial afgana del grupo EI.
Muchos admiten que la rama afgana de EI puede plantear una seria amenaza para la inestable nación.