Durante años, la imagen pública de Darío Giordano fue la del viudo reservado que quedó a cargo de sus hijos tras la muerte de Romina Yan en 2010. Sin embargo, a los 23 años, Valentín Yankelevich rompió el silencio para revelar la violencia física y psicológica que sufrió junto a su hermano Franco en aquel hogar.
El calvario comenzó cuando Valentín tenía entre nueve y diez años. Tras perder a su madre, lo que debía ser un entorno de contención se convirtió en un escenario cotidiano de golpes, gritos y encierros. El joven relató que la escuela era su único refugio, ya que regresar a la vivienda significaba enfrentar un clima constante de maltrato e inseguridad.
La estrategia del rescate y el trasfondo del largo silencio
La razón por la cual este secreto se mantuvo oculto durante años responde a un proceso judicial complejo y a la necesidad de proteger a su hermana menor, Azul. Frente a la falta de respuesta del entorno paterno, el mecanismo que permitió frenar el abuso no surgió por vías convencionales, sino a través de almuerzos semanales e individuales que su abuelo materno, Gustavo Yankelevich, organizaba con sus nietos.
En esos encuentros, el productor advirtió la gravedad de la situación y activó la vía legal. Un viernes, los hermanos asistieron al colegio con una muda de ropa en la mochila, declararon ante las autoridades y no regresaron jamás con Giordano. La Justicia dictó una orden de alejamiento y le otorgó a Yankelevich la tenencia definitiva tras varios años de evaluaciones.
La reconstrucción de la identidad y el legado familiar
Al cumplir los 18 años, el joven decidió cambiar legalmente su apellido de Giordano a Yankelevich para cortar el vínculo afectivo con su padre y honrar a su madre y a su abuelo. Hoy, enfocado en su carrera como piloto de automovilismo, Valentín decidió hacer pública su vivencia para dar contención a otros jóvenes que enfrentan contextos de violencia intrafamiliar.