Maru Botana decidió hacer una pausa en su rutina urbana e instalarse durante tres días en su casa de campo junto a su esposo, Bernardo Solá, y sus hijos. Tras sus vacaciones en Punta del Este, la cocinera regresó a la chacra que considera su lugar preferido en el mundo para reconectar con la naturaleza.
El interior de la vivienda refleja una estética de madera maciza y líneas sobrias de fines del siglo XIX y principios del XX. En los ambientes destacan pisos de parquet rústico oscuro, aberturas verticales de suelo a techo, paredes en tonos beige o amarillo viejo y un imponente armario que evoca diseños de 1920.
Un refugio rústico y el mecanismo de una convivencia a distancia
La dinámica de este refugio responde a una rutina familiar bien instalada. Solá viaja al campo todas las semanas desde que se conocieron, lo que consolidó una relación con espacios propios donde cada uno respeta las actividades del otro. Así, la chacra funciona durante los veranos como la base de operaciones de la familia para pausar las obligaciones del año.
Lejos de la ostentación urbana, la propiedad promueve un estilo austero. En la chacra, sus hijos visten bombachas de campo, boinas y botas altas mientras participan de cabalgatas matutinas, arreadas de vacas y paseos en bicicleta por las amplias hectáreas del predio.
Una piscina a la medida de un numeroso clan
El área exterior se organiza en torno a una amplia pileta especialmente diseñada para brindar comodidad a los siete hijos de la pastelera. La piscina se encuentra perimetrada por árboles y arbustos que otorgan privacidad al predio, el cual también cuenta con zonas destinadas a fogatas, asados al aire libre y pícnics.
El paisaje natural completa la propuesta de descanso con vistas abiertas hacia los amaneceres y atardeceres. La estadía en el campo le permite a la familia disfrutar de la vida silvestre, la laguna y el contacto directo con el medioambiente antes de retomar la rutina diaria.