La otra pata de la obra es la dupla protagónica. En la historia, Federico D’Elía es Gabriel, el dueño que inventó al presidente. Peretti es Cristian, el actor que acepta el trabajo y lo toma como si fuera la actuación de su vida. Fuera de escena, la relación entre ambos tiene más historia que la de sus personajes. “Con Fede somos como amigotes”, dice Peretti. Compartir escenario después de tantos años, agrega, afianza esa amistad: “Es un gran compañero, un gran actor”. Esa química, que el público de Corrientes ya aprobó con creces, es la que llega ahora a Mendoza. El elenco se completa con Juan Isola, Ariadna Asturzzi, Andrea Lovera y Cristian Jensen.
La producción se presenta como la comedia ganadora del Premio Pinti a la Comedia más convocante del último año. Pero la obra pretende ir más allá del chiste de enredos. Daulte la definió como una comedia inteligente sobre protagonistas que creen pisar suelo firme cuando en realidad están “pedaleando en el aire”. Su tesis es que, en una sociedad donde parece importar más lo que se pretende ser que lo que se es, un jefe inventado puede resultar tan eficaz como uno real, o más. De ahí que la promoción de la obra la emparente con The Office y con las farsas de Pinter y Ionesco.
Peretti llega a Mendoza en un momento de actividad intensa y de contexto incierto para el sector. Hace poco compartió estrenos de cine y plataformas, pero reconoce que “en el arte y la cultura el bajón laboral es evidente”. En la charla con Estilo habla también de política, de convivencia democrática y de la necesidad de políticas de Estado. Después de estas funciones, la obra vuelve a Buenos Aires con una tanda final en el Complejo La Plaza, y el actor ya mira hacia Ricardo III, de Shakespeare, otra vez con Daulte.
— ¿Cómo es El jefe del jefe?
—Es una obra que hace 2 años estamos dando acá en CABA, en la calle Corrientes, con mucha gente, de probado éxito. Muy contentos, con Fede D’Elía, dirigida por Javier Daulte y un elenco de 4 personajes, además de Fede y yo. Se origina en una película del director danés Lars von Trier, que hizo esta comedia en cine. Ricardo Hornos y Kompel la adaptaron para teatro, se hizo en España y bueno, nosotros hace 2 años que la estamos haciendo y realmente es un exitazo.
— ¿Cómo fue que la eligieron?
—La adaptación funcionó muy bien en España, la hizo Ricardo Hornos, que ahora está dirigiendo aquí una obra de teatro sobre las invasiones inglesas con música de Charly García. Y me la dieron para leer, me gustó mucho, y a partir de ahí empezamos con Javier Daulte, con quien yo ya había trabajado en Los vecinos de arriba, hace cuatro años atrás.
—Tenés una relación de muchos años con Federico D’Elía. ¿Qué tal es la convivencia en la obra?
—Con Fede somos como amigotes. Igual compartir un escenario así después de tantos años afianza más esa amistad. Es un gran compañero, un gran actor, y estoy muy contento de compartir el escenario con él.
De Los simuladores a El jefe del Jefe, Peretti y D'Elía una amistad que trasciende escenarios.
—En el caso de Daulte también tenés una relación de mucho tiempo, ¿no?
—Sí, en el caso de Javier Daulte también nos conocemos del mundo sociocultural, hace mucho tiempo. Pero trabajamos en una obra de teatro, Los vecinos de arriba, de Cesc Gay que ahora creo, si no me equivoco, salió la película con Edward Norton (Peretti se refiere a La invitación, que dirige Olivia Wilde y protagonizan Seth Rogen, Edward Norton y Penélope Cruz). Es una obra de teatro fantástica y tuve una experiencia bárbara. Allí actuaban Florencia Peña, Julieta Gallina y Rafael Ferro. Y también tuvimos un éxito muy, muy grande. Y también fuimos a Mendoza, si no me equivoco.
— Estás en teatro, cine y plataformas, con mucho trabajo…
—Ahora justo se mezclan por una cuestión de coincidencia astral un estreno en los cines, La Casa, la película escrita y dirigida por Gustavo Triviño, y comparto ahí el protagonismo con César Troncoso, que es un actor uruguayo muy bueno, excelente actor. Y después en la plataforma se estrena a partir del 16 de este mes Lo Dejamos Acá, una película en la que estoy con Ricardo Darín y dirigida por Hernán Goldfrid, que también la vi el otro día y me parece una brillante película.
— ¿Y cómo hacés para coordinar toda esa actividad?
—Se me arma lío. Ahora me tengo que ir a hacer otra nota, porque entre las notas que tengo que hacer para promoción del teatro con las notas para la película que se estrena en cine y las que tengo que hacer para Lo dejamos acá, se me arma un quilombo tremendo. Pero bueno, alguna vez en mi vida se me armaron esos líos. Son películas que ya hice, La casa la hice hace casi un año y medio, y Lo dejamos acá, la película de Netflix. Pero bueno, se dan las coincidencias, que los estrenos se juntan en el almanaque y entonces se vuelve agotador. No tengo un tiempo fijo.
— Dentro de este panorama difícil en la cultura, el cine y el teatro sos afortunado de tener mucho trabajo, ¿no?
—Sí, sí, sí, sí. Igual te vuelvo a repetir, son películas que hice hace más de un año. Sí, actualmente estoy con la obra de teatro nada más. En lo audiovisual está un poquito bajo, aunque se están haciendo las plataformas, son como un bálsamo porque nos ofrecen a los actores la posibilidad de hacer películas o series. Pero la verdad es que la situación está muy difícil.
—¿Y que evaluación hacés de este momento que pasamos?
—No soy un político ni un sociólogo. En el arte y la cultura el bajón laboral es evidente. Cuando el Estado se retira de su función social y se pone el acento en las privatizaciones, hay sectores de la sociedad que quedan mucho más expuestos. Me parece que eso también obliga a pensar qué pasa con las ideas progresistas y con la posibilidad de construir alternativas. No podemos dejar de discutir las diferencias políticas. La democracia tiene que permitirnos convivir con quienes piensan distinto, sin convertir al otro en un enemigo al que hay que expulsar. Si compartís un espacio con alguien que tiene ideas opuestas a las tuyas, la solución no puede ser echarlo. Hay que encontrar una forma productiva de vivir juntos. Esa convivencia todavía nos cuesta mucho.
— ¿Y cómo ves a la Argentina en este contexto?
— Me parece que tenemos una dificultad enorme para acordar algunas cuestiones fundamentales que deberían sostenerse en el tiempo, más allá de quién gobierne. Necesitamos construir políticas de Estado sobre ciertos temas centrales, pero vivimos en una oscilación permanente, pasando de un extremo al otro. Pretendemos competir con los países desarrollados, aunque para eso primero tenemos que generar las condiciones que nos permitan desarrollarnos. También creo que nos falta una mirada estratégica, una inteligencia que piense el país a largo plazo. Tenemos gente talentosa y una capacidad enorme para producir figuras extraordinarias en distintos ámbitos, pero no hemos logrado construir una dirigencia política a la altura de ese potencial. No hay una inteligencia soberana en el país. Hay mucho pillaje y vivillos, pero inteligencia de soberanía no veo. En este país salen Maradona, Messi y Di Stéfano pero no nacen políticos buenos, brillantes. Hay una escuela que es rastrera, que se cree pícara y es muy rosquera. Buena parte de la política es así, pero el pecho patriota, argentino no está. Por eso muchas veces la política queda atrapada en las disputas internas, las maniobras y las pequeñas ventajas, en lugar de poner por delante un proyecto colectivo.
— ¿Y tenés esperanzas de que esto cambie?
—Creo que hay que seguir discutiendo y sostener la convivencia democrática. No vamos a resolver estas diferencias de un día para el otro. Desde chico me interesaron los problemas políticos. Lo hablaba con mi viejo y seguía cuestiones como la deuda externa, el Fondo Monetario Internacional y la inflación. Crecí viendo cómo se enfrentaban distintas ideas de país, entre quienes defendían determinados intereses nacionales y quienes parecían responder a intereses externos, cipayos versus patriotas.
Esa preocupación se hizo más fuerte cuando entré en la facultad, aunque probablemente ya venía de la secundaria, porque estudié en el Nacional Buenos Aires, un ámbito muy politizado incluso en tiempos de dictadura. Con los años, uno advierte que muchos problemas siguen presentes: la burocracia, las disputas de poder y las dificultades para transformar las estructuras. Por eso creo que hay que insistir, discutir y tratar de construir acuerdos, aunque los resultados no aparezcan de inmediato.
—¿Aparte de esta obra teatral tenés en vista otros proyectos?
—Después de esta gira volvemos a Buenos Aires, al Complejo La Plaza con la obra El Jefe de Jefe para hacer unas funciones de despedida. Y luego, seguramente a partir de mayo del año que viene, vamos a estrenar Ricardo III de Shakespeare, también con Daulte como director y producida por Pablo Kompel y Adrián Suar.
Las funciones de El jefe del jefe serán el viernes 23 de octubre, a las 21 h; sábado 24, a las19:30 y 21:30 h; domingo 25, a las 20 h, todas en el Teatro Plaza. El precio de las entradas: platea baja filas 1 a 18, $65.000; filas 19 a 25, $62.000; platea alta, $60.000. Venta en entradaweb.com.ar y en la boletería del teatro.