La obra propone un viaje íntimo por la vida de un hombre que hizo de la escritura su manera de estar en el mundo. Desde un pasillo olvidado de un teatro, el protagonista reconstruye su historia mientras escucha, a la distancia, una obra que él mismo escribió y que vuelve a representarse. El monólogo atraviesa la memoria, los vínculos familiares, el paso del tiempo y, sobre todo, el poder ambiguo de las palabras: aquello que se escribe puede herir y separar, pero también acompañar, consolar y hasta salvar.
La elección de Grandinetti no es casual. El actor mantiene una relación artística de larga data con Daulte. Ambos ya habían trabajado juntos en televisión, en Fiscales, la miniserie escrita por Daulte y Alejandro Tantanian que Grandinetti protagonizó en 1998, y luego volvieron a encontrarse en teatro. Daulte dirigió Baraka, con Grandinetti, Juan Leyrado, Jorge Marrale y Hugo Arana, y en 2014 volvió a dirigirlo en Novecento, el célebre monólogo de Alessandro Baricco. Más recientemente trabajaron en Personitas.
Daulte, nacido en 1963, es uno de los dramaturgos y directores fundamentales del teatro argentino contemporáneo. Autor de obras como Criminal, Martha Stutz, ¿Estás ahí?, La felicidad, Baraka, Un Dios salvaje, Filosofía de vida y Nuestras mujeres, entre muchas otras, recibió, entre otras distinciones, el Premio Konex de Platino en 2011. También desarrolló una importante actividad como director y docente y fue director artístico del teatro La Villarroel de Barcelona.
De la obra, de su amistad creativa con Daulte, del rol del artista y de varios otros temas habló esta semana con Estilo Darío Grandineti.
—¿Qué tiene esta obra de Javier Daulte que te atrajo como para interpretarla?
—Lo que tiene la obra de Javier es siempre algo muy bueno y muy gratificante para el actor. Yo ya he trabajado varias veces con él.
En realidad, esto fue un pedido mío. Le pedí que escribiera algo y, obviamente, ya sabía que me iba a gustar. Así que fue muy fácil decidir hacer la obra, porque es un proyecto que armamos juntos: que él escribiera algo que yo pudiera sacar a recorrer el país.
—¿Y qué tiene El escritor de todas las cosas para atrapar y conmover al público?
—Yo creo que lo que tiene para la gente es que es una historia muy fácil de comprender. Habla de algo con lo que la gente se puede identificar muy fácilmente, que es el valor de la palabra, qué es lo que pasa con lo que escribe alguien. Uno lo puede trasladar a determinados trabajos en los que ofrecemos algo a alguien y tenemos que tomar en cuenta cómo lo recibe, qué le pasa. Creo que la gente se identifica con todo eso. Además, la obra está contada de una forma muy coloquial, muy divertida. El personaje no se autocompadece. Javier tiene un gran sentido del humor y eso aparece en todo lo que se dice.
—La obra habla justamente de palabras que parecen insignificantes, como las que aparecen en una etiqueta o en un sobre de azúcar, pero también de una escritura que puede cambiar una vida. ¿Dónde está para vos esa diferencia?
—El personaje no es un escritor célebre ni consagrado. Como ha hecho de la escritura su forma de vida, se gana la vida escribiendo esas cosas que todos leemos y que no sabemos, ni siquiera nos preguntamos, quién las escribe. Los sobres de azúcar, las etiquetas de vino, los carteles de la vía pública. Mientras tanto, él ha intentado escribir, con un poco más de pretensión, algo que le ocurrió y lo ha escrito en forma de cuento, en forma de obra de teatro. Es algo que lo atravesó en su vida. A raíz de algo que escribió, se modificó de una manera muy grande su familia y su entorno. Pasó algo. Y entonces las reflexiones también tienen que ver con eso: ¿qué pasa con lo que escribimos?, ¿qué le pasa al otro con lo que yo hago?
—Ahí aparece una pregunta que también puede trasladarse al trabajo del actor.
—Sí. Yo trazo un paralelo con mi trabajo, con el del actor. Yo también le ofrezco mi trabajo a la gente que va y se sienta en una butaca. Tengo que pensar que eso tiene que ser útil. Tengo que tener alguna responsabilidad respecto de qué voy a escribir o qué voy a contar. ¿Alcanza con que me sea útil a mí que lo hago? Son todas preguntas que se hace él y que se hace su entorno.
Alguien decía, un escritor bastante célebre, no recuerdo ahora quién, que cuando en una familia hay un escritor, esa familia está en peligro. Y bueno, la obra desarrolla toda una especie de reflexión sobre eso y le hace pensar al personaje una serie de cosas de las que no se había dado cuenta.
—¿Cuánta vigencia tiene la figura del escritor en una sociedad que parece manejarse cada vez más por las pulsiones inmediatistas de las redes sociales y la virtualidad?
—Sigue teniendo mucha vigencia. Y no solo la figura del escritor, sino, como decía antes, la de cualquiera que tiene un trabajo para los demás. La de ustedes también, la de los comunicadores. Yo creo que es muy importante valorar eso, sobre todo en momentos en los que la discusión o el debate se plantean a partir de agresiones y de violencia verbal.
—Después de tantos años de trayectoria, ¿qué buscás hoy cuando elegís una obra de teatro?
—Elegir no es muy fácil. Entonces, para poder hacer algo que yo eligiera, lo que tuve que hacer fue autogestionarme, es decir, armar yo el proyecto. Nadie me iba a llamar para hacer esto. Así que lo trabajamos con Javier, lo hablamos mucho. Es autogestión, y por eso es más fácil elegir hacer lo que uno quiere de esta manera. Normalmente no te llaman para hacer lo que querés. A nadie se le hubiera ocurrido llamarme para producirme esto.
—Tu carrera incluye personajes muy diferentes. ¿Existe todavía algún tipo de personaje o territorio actoral que sientas que no exploraste y que te gustaría abordar?
—Este es un fracasado, ¿no? Eso fue algo que pensamos con Javier respecto de los personajes que me gustaría, que nos gustaría hacer a los dos. Como hemos trabajado juntos muchas veces, él lo primero que planteó fue: a ver qué tipo de personaje habíamos hecho ya, para plantearse escribir uno distinto. Entonces apareció este personaje, un perdedor, como decimos. El título de la obra tiene que ver con que este tipo no es un escritor célebre ni consagrado. Pero como ha hecho de la escritura su forma de vida, se gana la vida escribiendo esas cosas que todos leemos y que no sabemos, ni siquiera nos preguntamos, quién las escribe.
—¿Sentís que el teatro también funciona como una forma de resistencia porque todavía necesita del encuentro físico entre los artistas y el público?
—Sí. El teatro tiene eso. Hay algo que ocurre ahí y que no se puede reemplazar completamente. Uno puede ver una película en su casa, puede ver una serie, puede acceder a muchísimas cosas. Pero el teatro implica estar ahí, con otros, en el mismo momento. Y eso sigue teniendo un valor enorme. Por eso también creo que las salas son importantes. No solamente para los actores, los directores o los autores, sino para el público. Ahí se construye una relación que no es solamente la de alguien que produce y alguien que consume.
—¿Y qué responsabilidad tiene hoy un actor frente a ese público?
—La misma que tiene el escritor del que habla la obra. Hay que preguntarse qué es lo que uno está ofreciendo. No alcanza con que me sea útil a mí. Tengo que pensar qué le pasa al otro. Eso no significa que uno tenga que saber exactamente qué va a provocar. Muchas veces uno no sabe. Pero sí tiene que existir una responsabilidad sobre aquello que uno pone en circulación. Una palabra puede ayudar y también puede lastimar. Y una obra puede producir algo en alguien que uno no había imaginado.
—¿Cómo definirías, entonces, este momento del teatro y, en general, de la cultura argentina?
—El teatro siempre fue una resistencia. Hoy mucho más. Es el espacio en el que nos resguardamos, en el que podemos contar alguna historia que sentimos que vale la pena y, sobre todo, tener trabajo. Y eso se nos está limitando de una manera como nunca vista antes.
50 años haciendo teatro
—Este regreso al teatro coincide con tus 50 años de trayectoria. ¿Qué significa para vos ese momento?
—Es algo que fui descubriendo de a poco. No es que me haya sentado a decir: “Ahora que cumplo 50 años voy a hacer esto”. Pero en algún momento me di cuenta de que coincidía. Empecé a hacer teatro en Rosario hace 50 años y ahora vuelvo con una obra que además está pensada para recorrer el país. Entonces tiene un sentido especial. También es cierto que llevaba bastante tiempo sin hacer teatro en la Argentina. Novecento fue en 2014. Después tuve otros compromisos laborales y me resultaba difícil comprometerme durante muchos meses con una obra. En este caso encontramos una forma distinta de hacerlo.
—¿Qué lugar ocupa hoy el teatro en tu carrera, después de tantos años entre el cine, la televisión y las plataformas?
—Para mí sigue siendo fundamental. El teatro siempre fue una resistencia. Hoy mucho más. Mucho más debido a la falta de trabajo en otros medios, al ataque a la cultura en general. Entonces es el espacio en el que nos resguardamos, en el que podemos contar alguna historia que sentimos que vale la pena y, sobre todo, tener trabajo. Y eso se nos está limitando de una manera como nunca vista antes.