Fabio Alberti pasó de interpretar algunos de los personajes más recordados del humor argentino a recibir desconocidos en su propia casa para cocinarles. El proyecto se llama Choto y funciona en una zona rural próxima a Pueblo Edén, en el departamento uruguayo de Maldonado.
No es un restaurante convencional. No tiene una sala permanentemente abierta ni una rutina diaria de servicio. Los clientes deben comunicarse con anticipación y reservar, y Alberti organiza cada encuentro prácticamente como si estuviera invitando gente a comer a su casa.
De una antigua tapera a su lugar en el mundo
La historia comenzó mucho antes de que apareciera el restaurante. Alberti había comprado un terreno de varias hectáreas en una zona de campo y poco a poco reconstruyó una antigua vivienda que estaba muy deteriorada.
Allí fue plantando árboles y desarrollando una vida cada vez más ligada al entorno rural. Con los años aparecieron los animales, la huerta y una rutina que incluyó aprender tareas que estaban completamente alejadas de su vida anterior.
Ya instalado de manera permanente, contó que aprendió a trabajar una huerta, ordeñar, hacer queso y ocuparse de tareas rurales.
Parte de lo que cultiva termina integrado en su propia cocina. El restaurante nació casi como una extensión de esa forma de vivir.
Choto: reservar para ir a comer a la casa de Fabio Alberti
El nombre también responde al humor del actor. En Uruguay, choto es una preparación realizada con intestino de cordero, aunque para los argentinos la palabra tenga un significado completamente diferente.
La modalidad es todavía más particular. Alberti recibe grupos relativamente pequeños y se ocupa personalmente de comprar los ingredientes, cocinar y actuar como anfitrión. En algunas etapas llegó a trabajar con mesas para unas 20 personas.
El menú no necesariamente se conoce con mucha anticipación. Su cocina se apoya en productos disponibles en la zona y en platos de espíritu rural: carnes, preparaciones al fuego, vegetales, panes caseros y productos que puede elaborar él mismo.
Su idea no es replicar una experiencia gastronómica formal. Busca que la comida se parezca más a visitar a alguien que disfruta cocinar, con tiempo para permanecer en la mesa y compartir una sobremesa.
Un restaurante que abre cuando él quiere
Ese detalle es central para entender el proyecto. Alberti explicó que no pretende convertirlo en un negocio que lo obligue a abrir todos los días. Si tiene ganas de cocinar, toma reservas; si necesita descansar o dedicarse a otra actividad, simplemente no abre.