Franz Kafka: 100 años sin el autor que planteó el absurdo que acecha en la vida cotidiana

El 3 de junio se cumple un siglo de la muerte de este escritor checo en lengua alemana. La presencia del autor de Praga en la Argentina ha sido más intensa y permanente que en otros ámbitos de lengua castellana. Aquí, una semblanza de su vida y de su obra.

Franz Kafka: 100 años sin el autor que planteó el absurdo que acecha en la vida cotidiana

Frente al nacimiento en Praga de Franz Kafka en 1883, los estudiantes de Literatura Alemana de nuestra Facultad de Filosofía y Letras preguntan desorientados: “¿no era acaso entonces un autor checo?”. Para explicarlo, surgía así la ocasión de recordar que Praga en esos años pertenecía al vasto Imperio Austro-Húngaro que desde los Alpes llegaba hasta los confines rusos; su capital era Viena y el Imperio, una especie de inmenso estado multicultural que incluía a más de 50 millones de personas y a trece países europeos actuales, entre ellos la República Checa, Eslovenia, Eslovaquia, Bosnia, Croacia, y partes de Polonia, Rumania, Ucrania, Serbia, Montenegro.

El alemán era la lengua oficial del Imperio y, más allá de las instancias burocráticas, convivía y compartía con la lengua del lugar, en este caso el checo, la calle, las actividades culturales, los periódicos, las instituciones educativas. No obstante ello, el alemán era considerado una herramienta para el ascenso social, puesto que, por ejemplo, los futuros funcionarios debían valerse de él, así como las empresas y organizaciones estatales.

En ese marco explicamos a Franz Kafka como autor alemán, nacido en Praga, con el trasfondo de una pareja de progenitores judíos de desigual origen social, quienes, sin embargo –según testimonia el último álbum de fotos familiares publicado en este año conmemorativo– denotan en las imágenes fotográficas un logrado ascenso a la burguesía praguense de los primeros años del siglo XX.

Hermann Kafka, el vilipendiado protagonista de la Carta al padre, provenía de una zona y familia rural pobres, y logró transformarse en un comerciante capitalino exitoso. Por su parte, la madre Julie Loewy pertenecía a una familia culta y acomodada; su hermano médico, Siegfried, hablaba alemán y checo para poder atender a toda la clientela de un pequeño pueblo del interior. El sobrino Franz lo visitaría años más tarde por su interesante biblioteca y por el atractivo entorno campestre de vacaciones. Como único hijo varón, luego de haber perdido a dos hermanos en la infancia, Franz fue enviado desde la escuela primaria hasta los estudios universitarios de Derecho a instituciones con planes y lengua alemanes. Siendo un flamante abogado obtuvo un cargo en Azzicurazioni Generali, una empresa semi-estatal dedicada a los accidentes causados por más de 200 fábricas del entorno, a la que luego, en 1908, dejó por el Instituto de Seguros de Accidentes Obreros del Reino de Bohemia. Allí, a lo largo de más de diez años, el abogado Kafka daba por finalizada la jornada laboral a las 15, salvo en el caso que debiera emprender un viaje de inspección. Hasta su retiro en 1922, por graves razones de salud, el escritor estuvo ligado laboralmente a la misma compañía, quien siempre lo fue promoviendo y valoró sus impecables informes técnicos, redactados en un alemán escueto, claro y preciso.

En toda la obra literaria de Franz Kafka, Jordi Llovet detecta las mismas características de un lenguaje escueto, una sintaxis calculada, vocabulario sucinto y descripciones elementales; se basa para estas comprobaciones en su ciclópea tarea de traductor y editor al castellano de los 12 volúmenes que conforman en alemán las obras completas definitivas del escritor de Praga. El traductor y editor sostiene que nuestro autor, como si se tratara para él de una lengua extranjera, es extremadamente cauteloso en el uso del alemán, porque está utilizando una lengua estudiada en la escuela, hablada en su casa y usada en la oficina, mientras que el 80% de la sociedad que lo rodea es checo-parlante. De allí que a nuestros estudiantes que comienzan a aprender alemán les sea posible un encuentro iniciático con Franz Kafka y su literatura al traducir sin dificultad la primera línea de La Metamorfosis, su texto más conocido: “Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregor Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto”.

Franz Kafka, retratado por el artista mendocino Luis Scafati.
Franz Kafka, retratado por el artista mendocino Luis Scafati.

Más de un escritor célebre ha expresado su fascinación por el inicio del relato kafkiano, ya que con total naturalidad se materializa en una frase la irrupción del horror en la plena cotidianeidad; se trata del despertar –otro día más– en la vida de un joven viajante que convive y que mantiene por medio de un trabajo esclavizante a su padre, madre y hermana. Sabemos del surgimiento de La metamorfosis porque por aquellos días de noviembre de 1912, Franz Kafka ha comenzado una apasionada relación epistolar con Felice Bauer, con quien más adelante se comprometerá y luego fracasará en ello dos veces. Un tema central de las numerosísimas cartas, hasta tres por día, es su tarea como escritor nocturno, reñida siempre con las horas diurnas que debe dedicar a la oficina de seguros. De allí que conozcamos día a día, como lo hace Felice Bauer al recibir en Berlín las misivas, la triste evolución del insecto monstruoso y con ella, la de los avances del cuento. En la carta de la noche del 6 al 7 de diciembre le cuenta a Felice el fin del relato: “Llora, mi amor, llora. ¡Ha llegado el momento de llorar! El héroe de mi cuento ha muerto hace un rato. Si ello te consuela, te diré que ha muerto bastante apaciblemente y reconciliado con todos. La historia propiamente dicha todavía no está terminada, la verdad es que no me quedan ganas de seguir con ella y dejo el final para mañana. Además, es muy tarde, …”.

En la misma forma, las cartas de Franz Kafka irán mencionando el surgimiento, la escritura, la corrección y la publicación de sus textos, los que surgen no pocas veces al calor de sus relaciones amorosas, unas veces en su cálido comienzo, otras en los tiempos de los rompimientos. Junto al epistolario con Felice Bauer, encontramos entre 1921 y 1922 el destinado a Milena Jesenská, traductora al checo de sus obras. A ella hará depositaria del texto Carta al padre, nunca enviado a su destinatario, Hermann Kafka, y considerado el máximo testimonio literario del conflicto personal y epocal entre padre e hijo.

Desde la primera colección de relatos, Contemplación, luego la historia La condena –dedicada a la propia Felice Bauer–, La metamorfosis ya citada, el volumen de cuentos Un médico rural, la horripilante parábola En la colonia penitenciaria –cuya sola lectura hacía desvanecer a damas sensibles–, y hasta el tomo de 14 cuentos titulado Un artista del hambre, todas estas obras formaron parte de los temas de interés y comentario que Franz Kafka compartía epistolarmente con sus amantes: los escritos aparecerán reunidos como Narraciones publicadas en vida en sus obras completas definitivas.

Para formar parte de los Escritos póstumos se destinaron las novelas inconclusas El desaparecido (o América), El proceso y El castillo; como sabemos, ellas fueron salvadas por el amigo de toda la vida Max Brod de la expresa orden del autor de destruirlas sin que nunca antes hubieran sido publicadas. Precisamente a ellas alude el diccionario cuando explica “lo kafkiano” como una situación inquietante por lo absurdo y carente de lógica, propia de la atmósfera opresiva de sus novelas. Un hombre, Joseph K., es arrestado por una razón que desconoce y –como en una pesadilla– se dedica a defenderse de algo que nunca se sabe qué es, tal como sucede en la novela El proceso; el agrimensor K. lucha en forma interminable y sin éxito por acceder a las misteriosas autoridades que gobiernan el pueblo donde él ha llegado a trabajar, gobierno que emana desde El castillo que da título a otra de las novelas inéditas en vida del autor. Junto a la frustración, la alienación y la inexpugnable burocracia, Franz Kafka en sus cuentos da cuerpo a las más penosas preocupaciones existenciales a través de parábolas o relatos simbólicos, que carecen de una moraleja o interpretación. La empresa imposible, la difusa frontera entre lo humano y lo animal, la postergación indefinida, la frustrada relación entre padres e hijos, la arbitrariedad como injusticia, la indiferencia que posibilita los sistemas totalitarios, el aniquilamiento del individuo frente al poder son algunos de los temas que han hecho de Franz Kafka un autor de imprescindible lectura e inspiración para otros escritores de nuestro tiempo. Mencionarlos sería casi interminable, tanto como recorrer los tesoros que albergan en el último siglo las literaturas del mundo. Para la Argentina sigue siendo válida la afirmación de un gran conocedor y traductor del autor cuyos cien años de desaparición hoy recordamos.

Oscar Caeiro, en el libro Kafka y sus consecuencias, asevera con sólidos argumentos que la presencia del autor de Praga en la Argentina ha sido más intensa y permanente que en otros ámbitos de lengua castellana. Baste un solo ejemplo para ello: la frecuentación multifacética y la cercanía constante entre Borges y Kafka.

Más allá de la profundidad y contemporaneidad de los problemas existenciales que con su magistral estilo Franz Kafka aborda, sigue despertando respeto y admiración su conciencia y definitiva elección de vida como escritor.

Una carta de Franz Kafka traducida por Mario Benedetti

Enero 14 a 15 de 1913.

Querida mía:

En cierta ocasión dijiste que te gustaría estar sentada a mi lado cuando escribo. Pero te aseguro que en ese caso no podría escribir; de todas maneras, no es mucho lo que escribo, pero así no podría hacerlo en absoluto. Escribir significa una extrema revelación frente a uno mismo, ese extremo de auto revelación y entrega en el que un ser humano, cuando se siente relacionado con otros, cree que se pierde a si mismo; extremo sin embargo que siempre habrá de evitar mientras esté en su sano juicio, ya que cada uno quiere vivir tanto como se sienta vivo, y aun ese grado de autorevelación y entrega no es suficiente para poder escribir. Una escritura que surja de la superficie de la existencia, cuando no existe otra vía y los más profundos manantiales se han agotado de nada sirve, y fracasa en el preciso instante en que una emoción verdadera sacude la superficie. Esta es la razón de que uno nunca esté lo bastante solo cuando escribe: la razón de que el silencio nunca sea suficiente cuando uno escriba; la razón de que aun la noche no sea bastante noche. He aquí porqué nunca hay bastante tiempo a nuestra disposición, ya que los caminos son largos y es fácil extraviarse; incluso hay veces en que uno se amedrenta, y – aun sin ninguna clase de duda o de tentación- desea retroceder (un deseo que luego será severamente penado), tanto más ¡si uno recibe de pronto un beso de los labios más amados!

A menudo he pensado que para mí el mejor estilo de vida sería sentarme en el espacio más recóndito de un amplio y clausurado sótano, con mis enseres de escritor y una lámpara. La comida debería ser traída y ubicada siempre lejos de mí, en la parte exterior de la puerta más externa del sótano. Mi único ejercicio sería entonces ir a buscar la comida, arrebujado en mi bata, transitando bajo las bóvedas del sótano. Luego regresaría a mi mesa, comería con lentitud y deliberación, y luego me pondría nuevamente a escribir. ¡Y cómo escribiría! ¡Desde qué profundidades extraería mis temas! Y sin esfuerzo, ya que la extrema concentración no requiere un esfuerzo extremo. El problema es que no soy capaz de mantenerla por mucho tiempo, y al primer fracaso (que aun en esas circunstancias sería difícil de evitar) estaría condenado a terminar en un grandioso acceso de locura. ¿Qué opinas de esto, querida mía? No seas reticente con tu habitante de sótano.

Franz

“Dos cartas de amor de Franz Kafka” (Cartas a Felice. Ed. Erich Heller y Jürgen Born). En: Ideas, artes, letras en la CRISIS, año 1, nr. 10, Feb . 1974, 38-39. Trad. Mario Benedetti.

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