El caso de los Enanitos Verdes, o la vía posible

El músico Erni Vidal, también conductor de programas sobre rock, analiza el recorrido y el aporte de la banda mendocina al rock nacional.

El caso de los Enanitos Verdes, o la vía posible

El caso de Los Enanitos Verdes (LEV) si se quiere, desde una perspectiva determinada, fue simple.

Mediados de los 70: Con una ebullición cerrada pero intensa, ambas características sublimadas por un gobierno de facto y su desparramo de miedo corrector hacia todo lo que no fuese encajando dentro de lo ‘honroso y normal’ (¿qué es la llamada “normalidad”?) según los cánones de una sociedad muy conservadora como la mendocina y sus cancerberos, algunos pioneros en esto de empuñar una guitarra o un micrófono y alzar la voz (Zaguri dixit) reclamando su espacio de libertades y expresiones pero sin hacer daño a nadie, se animaron -quizá sin saber que era un acto de valentía el solo hecho de animarse- a asomar la nariz a la superficie, ya dejando de lado los ecos de una cultura tal vez importada (motivo de una discusión aparte) y, en vez de hacer temas de otros en inglés, componer y cantar sus propios temas en español.

Así, surgieron verdaderos juglares locales como Jorge Benegas o Sergio Bonelli, por citar sólo un par de ejemplos muy notorios.

La historia corría en paralelo, pero con el desfasaje típico de la diferencia entre lo que explotaba en Buenos Aires y lo que como un espejo con delay se reflejaba “en el interior”, pero también con identidad propia.

El llamado movimiento del rock argentino a nivel federal (o sea, grupos y solistas surgidos en Buenos Aires y muchos lugares del Gran Baires, sobre todo el Oeste, y también de la ciudad de La Plata) estaba ya maduro.

Con otras realidades, en provincias punteras como Tucumán, Santa Fe, Córdoba y parte del Oeste del país, casos Mendoza y San Juan, las cosas costaban mucho más por obvias razones de la centralidad porteña y los recursos en cuanto a difusión. Pero el movimiento también se revolvía con tapada virulencia en el under.

En 1976 se produce un hito en el rock del desierto: Mario Mátar, junto a otros valientes, funda aquí en Mendoza Altablanca. Primera banda que ya se sale del molde beatle y el formato del rock cuadrado, tradicional. Con un concepto de música más elaborada orientada hacia el rock sinfónico y la nueva estampa del músico talentoso, de mayor performance y calidad, el rock en Mendoza se había calzado los pantalones largos.

La fórmula felizmente se contagió fuerte y rápido, y sobrevino una siguiente camada de músicos muy jóvenes influenciados por esta corriente ascendente de fijar las metas hacia el profesionalismo. Ahora ya son finales de los ‘70s.

Y entre todo el desfile ya citado de bandas nuevas con sesgo de “buenas intenciones” en cuanto a lo que significa llegar, aparecieron nuestros protagonistas de estas humildes líneas, Los Enanitos Verdes (de Puente del Inca; la historia ya se sabe). Un trío con la formación clásica básica del rock and roll: guitarra, bajo y batería (y generalmente uno de sus integrantes actuando además como cantante). Horacio ‘Marciano’ Cantero, Felipe Staiti y Daniel Píccolo. Y por supuesto, sus primeras armas fueron cobijadas por la estela del puntero Altablanca: Rock con bordes progresivos, experimentando y buscando su propio camino. Las primeras grabaciones llegaron en el año 1981 en el estudio de Luis Vidal en calle San Martín al 500 de Ciudad. Hasta aquí, todo OK. Y ahora sí, la cuestión.

¿Se puede vivir (entiéndase, ganarse la vida y progresar interna y en términos económicos) como artista, de una propuesta “muy procesada”, o “difícil”, sobre todo en una provincia? Respuesta inmediata: No.

Ante el mainstream imperante que proporciona –e impone– los productos de easy listening, predigeridos, rápidos porque la sociedad no tiene tiempo y corre y la vida se va y un largo etc, para poder más que subsistir y no morir en el intento, solo quedan dos alternativas: O componer, grabar y editar un producto más ‘digerible’ para el público y los medios de difusión, o sea “comercial”, o autoemigrar e ir al exilio a una capital grande, en el país (obvio, Baires), o mejor aún, donde la industria está mucho más aceitada (el exterior, sobre todo capitales/ciudades de Europa o USA).

Y eso precisamente es lo que vieron, como punteros en la época, LEV. Juntar fuerzas, animarse, respirar hondo, y... Partir. Tarea difícil para un provinciano, pero así son las cosas. Primero a Buenos Aires, en donde después de aguantar innumerables complicaciones y necesidades, lograron grabar su disco debut de 1984 y hasta “con una ayudita de mis amigos”, porque consiguen llamar la atención de David Lebon nada menos, para cantar en uno de sus primeros himnos.

La racha y el esfuerzo siguieron y con eso lograron grabar un buen puñado de discos más, y ya al principio de los ‘90s su empuje y el éxito los llevó a dar un nuevo salto, y cada vez más grande: Esta vez, giras por Hispanoamérica y USA.

El resto de la historia ya es muy conocida. Llegar a lo más alto, discos de oro y platino, premios, regalías por derechos de autor y demás.

El resumen a manera de epílogo entonces surge solo: Los Enanitos Verdes se trató (y trata aún, aunque ya mucha agua ha pasado bajo el puente y es muy otra la actualidad) de un caso de ejemplaridad de prepotencia de trabajo, no conformarse con el “es lo que hay”, y definitivamente no quedarse con seguir hibernando -entiéndase, sobreviviendo apenas- en una provincia como tantas otras, lejos de las luces de las grandes ciudades y al lento ritmo de su siesta.

En una palabra y con un sentido práctico envidiable, fueron punteros en ver la situación, analizarla, observar la vía al futuro posible, y verla.

Son cuarenta y cinco años ya de su historia, de los cuales en rigor de verdad LEV estuvieron (trabajaron, vivieron) unos cuarenta, año más, año menos, fuera de su terruño original.

Entiendo que más allá de la famosa rispidez que en algunos sectores provoca el tema-debate de “si es o no una banda del ambiente (propio) del rock mendocino”, por eso de triunfar fuera de su país y mucho más lejos aún de su provincia, y que no permanecieron acá y etc etc etc... Bien, lo realmente importante y que les otorga su valor ganado de manera genuina y merecida, es el hecho de, partiendo de un lugar común en que de manera seminal todos estábamos en un punto de este espacio y tiempo, ellos se impusieron a sus propias limitaciones (de la índole que sea), y llegaron a mostrar que de la siesta provinciana y su ‘comfortably numb’ al éxito de tomar las riendas de tu propia vida y carrera, se puede llegar.

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