La generación que hoy ronda los 40 vivió una transformación tecnológica vertiginosa que también cambió la forma de vincularnos. A comienzos de los 2000, cuando los celulares con cámara parecían cosa del futuro, el SMS ya empezaba a modificar el amor: evitaba llamadas incómodas, pero no reemplazaba el valor de animarse a hablar. Luego llegó el Messenger, con horas de espera frente a una pantalla, y casi sin notarlo comenzamos a poner tecnología entre nosotros y los demás.
Con Fotolog, Facebook e Instagram, el amor dejó de ser íntimo: ahora podía observarse, medirse y validarse socialmente. Las relaciones empezaron a tener valor no solo en lo que se sentía, sino en lo que se mostraba. Hoy, con aplicaciones de citas y redes omnipresentes, los vínculos conviven con la lógica del consumo rápido y la exposición constante. En reuniones, muchas veces se reemplaza la conversación por pantallas, y pasamos de vivir nuestras experiencias a mirar las de otros.
Fuimos los pioneros de esta transición, pero la pregunta ahora es por quienes crecen dentro de ella. ¿Cómo aprenderán a amar? ¿Podrán poner límites a la mirada social permanente y recuperar la profundidad de los vínculos?
Tal vez el problema no sea que existan las redes… sino que un día nos acostumbremos tanto a mirar la vida de los demás, que olvidemos cómo se siente vivir la nuestra. Y cuando eso pase, no es que no vamos a poder amar sin redes… es que ya no vamos a saber amar.
Pensando en ella y en su generación, tal vez el desafío que les toque no sea aprender a usar la tecnología… sino animarse a apagarla para poder sentir.
* Guillermo Glerean. DNI: 29.914.880.