Cuando el mundo se despertó con la noticia fue demasiado tarde. El Flautista de New York ya le había puesto música a una partitura que parecía olvidada, que divide y mete miedo, pero que varios estadounidenses vienen escribiendo desde hace varios años.
Nunca antes, y muchos menos en estos ocho años de administración demócrata, habían encontrado un interprete que los sedujera. Pero apareció Donald John Trump en la arena política y al toque se animó a “tocar” esos temas que parecían enterrados o superados. No los voy a aburrir con la lista de barbaridades, frases aberrantes y agravios que supo transformar en consignas, y que ahora confirmamos que es el playlist favorito de muchos en este país.
Nadie lo vio venir, nadie lo pudo predecir, ni los más expertos analistas, ni los cráneos políticos y ni siquiera las grandes cadenas. De hecho, al principio le daban “aire” porque era una nota de color dentro de la aburrida y clásica interna partidaria. Pensaban que era una caricatura que quedaría encapsulada por las líneas más moderadas del Partido Republicano. Sin embargo, cada vez que aparecía y “tocaba” uno de sus temas, el rating se disparaba. Así lo fueron retroalimentando, y así fue consiguiendo más y más fanáticos. Los que le ayudaron a devorarse a otros 13 precandidatos.
Y es que muchos habitantes de ese Estados Unidos profundo que no sale en las películas, o sólo como paisaje, también piensan que los inmigrantes son un problema. Ellos, nativos de raza blanca, con una educación básica y sin habilidades para los trabajos del mundo actual, ven en estos recién llegados una competencia desleal, que además de trabajar ilegalmente, tiene, en muchos casos, más preparación. Antes, estos estadounidenses vivían de un solo trabajo en una fábrica o en una pyme de economía regional, las que desaparecieron arrastradas por la crisis del 2008 o la globalización, que hizo que fuera más conveniente fabricar en China o México. Eran la clase media que corporizaba el american way of life.
En esos núcleos, repartidos en el centro y medio-oeste, y en la periferia de las grandes ciudades, Trump empezó a convertirse en el presidente número 45 de EE.UU. Un sueño que pareció esfumarse cuando sólo le quedó competir contra Hillary Clinton, animal político y con una foja de 30 años en el servicio público como primera dama, senadora y primera secretaria de Estado de Barack Obama. Realmente la tenía fea porque, a simple vista, no le daba el piné para enfrentar a una rival tan experimentada como la candidata del Partido Demócrata, tal como quedó demostrado en los tres debates.
Sin embargo, otra vez apeló a una vieja partitura, una que ya había utilizado el propio Ronald Reagan, quien recibió críticas porque “¿cómo un actor de Hollywood va a ser nuestro comandante en jefe?”.
Entonces, el cowboy, cómo le decían sus detractores para minimizar a uno de los presidentes más queridos por este pueblo, les dijo: “Yo voy a drenar el pantano (I’m gonna drain the swamp)”, una expresión idiomática que se utiliza casi exclusivamente en política y que hace referencia a terminar con la corrupción y los gastos indebidos en Washington, sede del gobierno federal. La misma frase usó Trump para calzarse el traje de outsider contra el establishment. Y rápidamente se convirtió en un hit para la gente que está cansada de los arreglos y los negocios políticos. Una versión yanqui de nuestro “que se vayan todos”.
Sin nada, pero absolutamente nada que perder, este economista que nació hace 70 años en Queens, acentuó su búsqueda de viejas partituras que fueron éxito en otros tiempos. Cómo cuando llegó al corazón de la Pequeña Habana en Miami, capital del exilio cubano en el mundo, y prometió desandar la política de deshielo que Obama impulsó con la isla gobernada por los Castro. En ese mismo momento, Trump, que también significa o remite a triunfo en inglés, perforó el voto latino, que resentido por sus ataques a los inmigrantes, se creía que iba a volcarse masivamente a votar por Hillary.
Seis días antes de la votación, The Donald se estaba asegurando la Florida, clave por sus 29 votos electorales. Es que su propuesta le permitió “echarse” al bolsillo a los cubano-americanos, quienes lo eligieron sin dudar. La diferencia en el Estado del Sol fue sólo de 119.170 sufragios y les puedo asegurar que la mayoría salieron de los más de 1,2 millones de cubanos que viven allí. Ellos, que descorcharon champagne en el café Versailles en la madrugada del miércoles, han sido claves en esta victoria. Se que les resultará difícil entender que puedan elegir a alguien que ha sido tan despectivo con las comunidades latinas que ellos integran.
Pero, históricamente los cubanos residentes en este país han tenido mayor simpatía por los republicanos y debido a que consideran que la invasión a Bahía de Cochinos, para derrocar a Fidel, fracasó por la falta de apoyo del presidente demócrata John F. Kennedy.
Por ejemplo, a Obama lo consideran un “comunista” que en su acuerdo con los Castro los volvió a traicionar. En esta línea de pensamiento, es lógico apoyar a quien ofrece endurecer el embargo o por lo menos, no seguir la política de deshielo con la isla. Allí ya tomaron nota de lo que se viene y luego de tres años, el régimen volvió a realizar ejercicios militares, una clara señal de que esperan una administración más hostil con ellos.
Aquí sólo nos detuvimos en el análisis de Florida. Pero podríamos buscar numerosos casos más en los que Trump se preocupó por estar en sintonía con la gente, en ponerle música a la letra que le daba su público. Lo que inquieta es que lejos de interpretar melodías que endulcen los oídos, el magnate neoyorquino siempre prefirió tonos polémicos, y cargados de frases populistas y hasta básicas. Pero saben algo, el público que lo sigue agradece que les hable así de fácil y sin retórica política.
Esperemos que siga siendo el Flautista de New York y que toque para todo el mundo, no sólo para sus fanáticos. Si se muda a Hamelin, podemos terminar ahogados en el río.