Nuevamente la Iglesia argentina expresó en los últimos días preocupación por la situación social en la Argentina. El punto de partida de la advertencia fue la celebración anual de San Cayetano, considerado por los creyentes católicos como protector del trabajo.
El arzobispo de la ciudad de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, señaló, entre otras consideraciones, que periódicamente aumenta la cantidad de personas que busca en los receptáculos de basura algo para comer o para vender para obtener una recompensa que ayude a subsistir.
Días después, el titular de la Conferencia Episcopal Argentina, Marcelo Colombo, a la vez arzobispo de Mendoza, encabezó en Mar del Plata un encuentro de la Pastoral Social católica, emitiendo un mensaje que incluyó una mirada crítica de la situación social en el país, aunque, prudentemente, sin hacer alusión a las autoridades nacionales.
“La política no debe someterse a la economía, ni ésta a la tecnocracia. El mercado por sí solo no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social”, señaló en uno de sus pasajes más relevantes el texto emitido.
En otra parte del documento se indicó: “Nuestra patria se encuentra afectada por profundas polarizaciones que nos separan y por la priorización de intereses sectoriales sobre el bien común, lo que ha generado una sociedad herida y dividida”, para remarcar más adelante que “no podemos ser indiferentes ante la realidad de muchos hermanos en situación de pobreza y exclusión”.
Los números reflejan el panorama con claridad. En el primer trimestre de este año, según los datos del Indec, la pobreza en el país bajó al 31,7%. Esto significó una caída de 23,1% con respecto al mismo período de 2024, en el que llegó a 54,8%. El dato es alentador, sin ninguna duda, pero no deja nada para festejar. El objetivo de las políticas públicas debe ser el de hacerlo descender a cifras mínimas y razonables para un país que pretende estabilizar su economía y con ello avanzar en el contexto internacional.
Desde este espacio de opinión hemos repetido muchas veces que la voz de la Iglesia católica siempre debe ser tenida en cuenta por las autoridades de turno, sin distinción de signo partidario o ideología política. No debe olvidarse que, por su organización, la tarea eclesiástica está presente a lo largo y a lo ancho del país. Es por ello que su opinión sobre la ayuda que puede necesitar una parte de la comunidad debe ser valorada por todos los niveles del Estado, desde el plano nacional hasta el ámbito municipal de cada rincón de la Argentina.
Además, la misión principal del catolicismo, como de otras religiones, pasa por guiar a la gente por el sendero de la prosperidad espiritual, para lo cual muchísimo contribuye un desarrollo material y social que promueva al individuo en su crecimiento personal.
Por ello la atención a los más humildes por parte de los gobiernos debería constituir una obligación, sin importar tanto las estadísticas que marcan subas o bajas periódicas en los índices de pobreza según cómo marcha la política económica de turno.