Las repetidas amenazas de Barack Obama por la crisis en Ucrania no lograron impresionar a su homólogo ruso, Vladimir Putin, y ahora el presidente estadounidense debe definir si las sanciones que pretende imponer a Moscú serán suficientes para lograr su objetivo.
Luego de que Crimea fuera incorporada a Rusia, el propósito de Washington pasó a ser el incremento del aislamiento de Moscú, pero Estados Unidos no puede permitirse tomar medidas muy extremas.
En medio de la peor crisis entre Estados Unidos y Rusia desde el fin de la Guerra Fría, la Casa Blanca debe también hacer una autocrítica y ver cómo dejó que las cosas llegaran tan lejos. Una vez más deberá examinar su manera de relacionarse con Vladimir Putin.
Barack Obama llegará a Europa la semana entrante en un viaje que repentinamente se ha vuelto en el más importante realizado al exterior por un presidente estadounidense en los últimos años.
El mandatario convocó a los líderes del G7 en La Haya para concertar medidas de aislamiento frente a Moscú.
“Podemos calibrar nuestra respuesta dependiendo de si Rusia decide aumentar o bajar la presión de la situación”, dijo Obama el lunes.
Washington ya impuso sanciones contra algunos dirigentes rusos, pero su influencia económica sobre Moscú es limitada. Los europeos, con sus acuerdos comerciales y energéticos con Rusia, tienen más argumentos a su favor.
“Los europeos se encuentran mejor situados para hacer daño a la economía rusa”, indicó Anton Fedyashin, experto en Rusia en la American University.
Pero “tengo serias dudas de que la mayoría de los países europeos digan ‘sí, estamos preparados a apoyar este plan’”, dijo Fedyashin.
Hasta el momento, Estados Unidos ha concentrado sus sanciones en individuos, sin tocar la economía rusa en su conjunto.
Debe ahora estudiar la posibilidad de imponer sanciones bancarias similares a las que debilitaron a Irán. Tales medidas, o el solo hecho de una amenaza de aplicarlas, podría tumbar la confianza en la economía rusa y suponer un problema real para Vladimir Putin.