Histórico. No existe otra palabra en el diccionario capaz de abrazar lo que está sucediendo. El presente de Independiente Rivadavia trasciende, con absoluta entereza, el resultado de esta noche por los octavos de final de la Copa Libertadores.
Independiente Rivadavia vació el alma en el césped del Malvinas Argentinas. Llevó al poderoso Fluminense hasta la agónica definición por penales.
Histórico. No existe otra palabra en el diccionario capaz de abrazar lo que está sucediendo. El presente de Independiente Rivadavia trasciende, con absoluta entereza, el resultado de esta noche por los octavos de final de la Copa Libertadores.
Todo comenzó a gestarse bajo el cielo del Estadio Kempes, aquel inolvidable 29 de octubre de 2023. Esa tarde de ascenso a la Liga Profesional fue apenas el prólogo; desde entonces, la Lepra escribe su destino día a día con tinta de oro. Este grupo de jugadores, comandado por la mística de Alfredo Berti, no solo ganó partidos: tatuó su nombre en el alma de generaciones enteras y partió en dos la historia del deporte mendocino. Hay un indiscutible antes y después.
Fueron los pioneros, los primeros en bordar una estrella de la máxima categoría en el pecho de la provincia. Es una huella imborrable. Única. Un privilegio que acaricia la eternidad. Y anoche, como si la épica ya fuera una sana costumbre, volvieron a plantarse de igual a igual ante un coloso de Brasil y de América como el Fluminense. Plantar bandera dos veces en el mítico Maracaná en apenas tres meses, saliendo invictos con un triunfo heroico y un empate, es una proeza que deja al idioma sin palabras.
Hoy, Independiente Rivadavia no es solo un club; Independiente es Mendoza. Es el grito vivo de la lucha, la pasión desbordante, la entrega innegociable y el orgullo de ser campeón. Y aunque el boleto a la siguiente fase de la Copa Libertadores deba esperar en esta oportunidad, la gloria de este equipo ya es inmortal.