Conocí a Carlos Alonso en 1969. Había traído el cuadro “La autopsia del Che”. Fue durante la entrevista que le hice junto a Fernando Lorenzo, Marcelo Santángelo y Beatriz Curia. Luego, le pondría la queja a Pampa Mercado, directora de la galería “Spilimbergo”, porque hasta le habíamos hecho preguntas íntimas. En ese momento, regresaba de Cuba y acá se chismorreaba que una amante en Brasil se suicidó por él y que la pintora mendocina Irene Pepa se enclaustró de por vida a causa de no ser correspondida.
En 1978, lo entrevisté en Madrid. La nota apareció en Los Andes en enero de 1979 y más tarde, cuando trajo la muestra de paisajes a Mendoza, expuesta el Kilka.
El 7 de octubre de 2005, expuso en el ECA “Hay que comer”. Anteriormente, su homenaje a Van Gogh y siempre, regresando a su Mendoza natal, con ese trato cordial y humilde que, si no fuera por su notoria intelectualidad, se diría que estamos hablando con un buen vecino.
Quiero recordar, para mostrar, junto a su vocación artística, su faz social y política, cuando le pregunté por el trabajo sobre el Che Guevara. Dijo: “Por primera vez en Latinoamérica tenemos un tema fundamental para hacer un relato, una pintura, una obra de arte. En ese hecho participan, de alguna manera, las fuerzas que van a jugar el destino futuro de Latinoamérica. Por un lado, todas las fuerzas del imperialismo; por el otro, las fuerzas que cooperan dentro de nuestros países y que se preocupan por la liberación. Ese hecho significa, también, lo que en un momento fue el Guernica para España, una obra clara, fundamental. Yo lo sentí íntimamente pero no lo podía realizar, porque me parecía que no necesitaba pintarse, que era completo en sí mismo. Hasta que encontré la apoyatura de Rembrandt, una especie de solidez y referencia clásica.
"Con el tema me di cuenta de que era el mismo proceso, es decir, un personaje que había puesto el cuerpo a las circunstancias, una actitud suprema y la misma escena. Sólo que en 'La lección de anatomía del profesor Tulp' se estaba analizando, investigando un problema científico y en el otro se trataba de una investigación política”.
El lugar destacado que ocupa Carlos Alonso dentro de las artes plásticas, en nuestro país y en el mundo, es innegable, va y seguirá creciendo. Estrella de primera magnitud, nos prestigia y enorgullece. Su figuración poderosa, de fuerza arrolladora, es una feliz unión de plasticidad y testimonio. Como toda pintura expresionista, está signada por el sentimiento trágico de la existencia. El objeto de sus desvelos es el hombre de carne y hueso, el individuo concreto en su contingencia, su grandeza y su miseria, localizado en la Argentina contemporánea. Por eso, su obra nos enfrenta a un hecho artístico decididamente político y social, comprometido con nuestra realidad y profundamente ético.
Artista de respiración profunda, supo ocuparse de los grandes escritores y de los grandes pintores de la humanidad, a la vez que abrevó en los nuestros y fue capaz de llevar a un nivel de calidad insospechada el tema que propuso en “Hay que comer”, representándonos como argentinos ante el mundo, con el más alto perfil cultural.
Aun ahora, cuando nuestra sociedad parece entender que no se puede mirar adelante sin asumir el pasado y sin clausurar la impunidad, y cuando la democracia ha cicatrizado algunas heridas, la obra de Alonso sigue siendo estremecedora.