6 de septiembre de 2019 - 00:00

Criticar, el nuevo deporte nacional - Por Maxi Salgado

Los argentinos nos hemos acostumbrado a pensar que todos nuestros problemas tienen un responsable externo.

Los argentinos tenemos la habilidad de nunca ser responsables de nada. Siempre nuestros errores o frustraciones están fuera de nuestra persona y tienen como responsable a un tercero.

Nos pasa en cada ámbito. Echamos la culpa de nuestros problemas a los malos gobiernos, sin hacernos cargo de que somos nosotros mismos los que elegimos a quienes nos gobiernan. “Yo no lo voté” es la frase recurrente que se pronuncia con facilidad y como si fuera una excusa válida para cambiar una realidad.

Criticamos a la Justicia según el lado de dónde nos paramos. Somos adeptos al gatillo fácil cuando nos afecta una situación, pero atacamos a la policía cuando reprime a quienes defienden alguna causa a la que adherimos.

Somos bipolares por excelencia. Y eso nos está pasando y mucho en el ámbito deportivo. Hemos llegado a un nivel de intolerancia alarmante

Criticamos por criticar. Por costumbre, sin importar el daño que se hace y lo peor, sin fundamentos para justificar nuestra postura. El tema es que nos alineamos en la movida y convertimos la afirmación en verdad.

Vivimos con ganas de buscar los errores de los demás, con afán de destruir lo que otros construyen, negando la capacidad de mejora y abrazando la más absoluta intolerancia, en vez de disfrutar lo que nos brindan.

Los líderes políticos suelen ser los primeros en dar ese ejemplo. Nadie se hace cargo de sus errores y siempre miran el error en el de enfrente.

Los psicólogos hablan de la proyección, que es atribuir al otro algún sentimiento, pensamiento o rasgo que nos pertenece a nosotros. El que proyecta rechaza algunos aspectos de sí mismo. Lo que una persona critica de otra siempre tiene que ver con el que juzga.

Nos sentimos con derecho a hacerlo, aunque no tengamos los argumentos suficientes, da igual, nos lanzamos sin moderación a la crítica desmesurada y feroz sacando de nuestro interior a la fiera adormecida para desahogarnos.

Hoy, en épocas de redes sociales, la crítica llega en forma cuasi anónima, nunca cara a cara, que muchas veces es saludable, porque da al otro la posibilidad de poder argumentar sus decisiones y todo termina en una charla esclarecedora. Porque la crítica no es mala, cuando va acompañada de argumentos y propuestas de cambios.

Y así hay criticadores seriales que no saben de sexo o amistades y que se sienten dueños de una verdad, cuando todos sabemos que la verdad absoluta no existe. Porque todo es relativo.

Cobijándonos en la pasión que suele generar el deporte, los criticadores seriales por estas horas tienen a los dirigentes y los árbitros en el ojo de la tormenta.

El mal momento de los jueces deportivos en el fútbol profesional, ha llevado a que la gente traslade ese enojo a todas las otras disciplinas deportivas, al extremo que he leído y escuchado críticas hacia los árbitros previo a un partido, es decir todavía sin conocer el trabajo que estos realizarán en el encuentro.

Y entonces creamos un clima en el que los “jueces” y dirigentes suelen ser los villanos de nuestro destino.

No se hace un análisis concienzudo del juego. Y hay una verdad relativa pero taxativa: el jugador puede equivocarse, los técnicos pueden cometer errores, pero los responsables siempre serán los dirigentes y los árbitros.

Total ellos no tienen una hinchada que los defienda. Nunca escuché a nadie diciendo, el árbitro nos benefició o la Federación tomó una gran medida. En ese caso, solo miramos para otro lado, hasta que la situación vuelva cambiada.

Es verdad que los árbitros suelen equivocarse, porque muchos no lo entienden pero son humanos, no máquinas. Y ni las máquinas (léase, VAR) terminando siendo “infalibles”. Criticar se ha convertido en un deporte y acá si, los argentinos somos campeones del mundo.

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