22 de diciembre de 2016 - 00:00

Costa de Marfil: un refugio que atiende a los niños “malditos”

Los bebés de la etnia taghana, cuando su madre muere en el parto o nacen con una minusvalía son considerados una maldición y ahogados. Un abad alemán los rescata y lucha por la supervivencia de estos niños.

Gérard, un niño de 8 años con el pelo rapado, come tranquilamente en la cantina de una casa colectiva en Costa de Marfil. Que esté vivo es un milagro; en su etnia cuando las madres mueren en el parto, a los bebés los ahogan.

Es el destino reservado a los bebés de la etnia taghana, en el norte del país, que se encuentran en su situación.

El centro fue creado por el abad Germain Coulibaly Kalari, de 54 años, y se financia gracias a los donativos. En él viven 17 niños de entre 3 y 14 años, de los cuales dos son seropositivos. Una iniciativa única en el país africano.

“Al niño cuya madre muere dando a luz o al que nace con una minusvalía (normalmente) lo eliminan. Como se le considera responsable, lo eliminan físicamente”, explica este sacerdote marfileño que, desde hace 8 años, lucha por la supervivencia de estos críos.

Creen que son “una maldición” para la familia y para toda la comunidad, de ahí la necesidad de deshacerse de ellos, recalca.

Este tipo de creencias existen en otros países africanos, como por ejemplo en algunas regiones de Madagascar cuando nacen gemelos. Señal “de mal augurio”, piensan. Antaño los mataban y ahora suelen abandonarlos.

'Ahogado en el baño'

“Vi muchos casos. Esto me empujó a actuar para salvar a estos niños de la muerte”, cuenta el padre Kalari, sentado en la terraza que hace las veces de comedor y de zona de estudio para los niños.

Gérard, de mirada alegre, fue el primero que el padre Kalari salvó. Se libró por poco. Le debe la vida a las comadronas que se lo dieron a la familia del cura.

En cuanto a los minusválidos, “cuando se dan cuenta de que el niño tiene una minusvalía y que no se curará, lo ahogan en el agua del baño”, abunda el sacerdote marfileño. “Se me hiela la sangre con sólo pensarlo”, añade, con voz baja.

En ocasiones los niños viven algunos años sin que nadie se dé cuenta de la minusvalía, y si resulta que no pueden hablar o caminar les espera una muerte certera. En esos casos a veces usan productos tóxicos.

En cualquier caso no se usa nunca la palabra matar. La fórmula empleada es “hemos acompañado al niño a sus verdaderos padres, los genios, es decir seres sobrenaturales”, afirma Céline, de unos 40 años, una vendedora en el mercado de Katiola.

Antes de pasar a la acción, los que ejecutan esta misión (a menudo personas de edad o curanderos) hacen creer a los familiares que un espíritu maligno intervino durante la concepción del niño, por lo que este no es humano y hay que “acompañarlo”.

Las autoridades prohíben estas prácticas y las sancionan, pero en realidad se llevan a cabo discretamente con la complicidad de parientes y sin que sean llevados a juicio.

“No encontrará a nadie minusválido en nuestra región”, asegura el abad Kalari, que aprovecha los sermones en misa para pedir el fin de estas costumbres.

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