Enseñanza de cristal. Santiago García Tirado es un profesor de secundaria en Lengua y Literatura desde hace 25 años. Es español, pero podría ser mendocino, catamarqueño o cordobés. Su crítica visión de la docencia y el aprendizaje -al borde de la decepción absoluta- amerita parar la oreja, sobre todo porque su diagnóstico no difiere casi nada con el que podría hacer por estos pagos un colega suyo. En una entrevista del diario La Vanguardia, se le consulta por qué en la actualidad los alumnos españoles son los peores en Lengua y Matemática en el marco europeo. Su explicación es que desde hace tiempo se les viene pidiendo a los docentes no exigirles tanto a los estudiantes (oh bendita "generación de cristal); es más, sugieren ayudarlos con mejores notas para "estimularlos". El resultado, concluye amargamente, es que no aprenden y son infelices. Y la frustración termina siendo compartida. Con este sistema claramente todos pierden. “Los profesores hemos pasado de educar a divertir a los alumnos. Cedimos a la presión de ser livianos, de facilitar la vida. Hace tiempo que deberíamos habernos plantado y decir 'nosotros somos los expertos'. Hemos cedido mucho por seguir las órdenes, aunque a veces sean absurdas", confiesa con indudable desilusión. En un repaso de fuerte autocrítica, el profe Santiago reconoce que les piden menos presión, entretenerlos más, ser más livianos, pero también se planta -quizás tardíamente- para decir (y decirse) que también hay que enseñar, exigir, evaluar. En síntesis, no seguir sólo lo que marcan los supuestos gurúes de la educación y la pedagogía modernas sino aplicar el sentido común, la empatía bien entendida. La IA llegó para quedarse y ya está impactando con fuerza en el ámbito educativo, pero de nada servirá si no se entiende que tanto estudiantes como docentes necesitan contexto "humano" donde aplicar lo aportado por esa maravillosa herramienta. Puede que la IA termine siendo la maestra y el profesor de los niños futuros, ¿quién podría asegurar que no será así? Mientras tanto, en tierra firme, no la tienen nada fácil los docentes. Y los chicos, paradójicamente, mucho menos.

