Para los griegos, bárbaro significaba extranjero. Los eran todos los otros pueblos, incluido el romano. Alejandro Magno sentó las bases sobre las cuales se construyó el Imperio Romano, a partir de Augusto. Los bárbaros, de nuevo, fueron los otros.
Vandalismo. Pilas de ladrillos, montículos de escombros, excavaciones, túneles, huecos, pavimento roto. La expectativa consiste en apostar en qué momento un caminante desprevenido protagonizará una “experiencia inmersiva” en el canal.
Para los griegos, bárbaro significaba extranjero. Los eran todos los otros pueblos, incluido el romano. Alejandro Magno sentó las bases sobre las cuales se construyó el Imperio Romano, a partir de Augusto. Los bárbaros, de nuevo, fueron los otros.
La continua extensión del dominio romano supuso fronteras en movimiento. Se dice que la debilidad de los límites comenzó con las disensiones y disputas en el seno de las guarniciones, conformadas de más en más por bárbaros romanizados. En esta dinámica, Alarico I rey de los visigodos destruye Roma en 410.
La aparente facilidad con que se anarquizó una organización tan extraordinaria, quizás la más notable que el mundo haya conocido, se convirtió en el tema clásico de la Historiografía. La respuesta, igualmente ya clásica, fue que se trató de una implosión. En palabras de Alfred Weber: “Las migraciones, invasiones y correrías de los pueblos del Norte representaron tan solo la liquidación externa de esta decadencia del mundo occidental”. Las fronteras cedieron, porque el desorden estuvo antes en los tronos imperiales.
De tantos pueblos que comenzaron a moverse el que sigue es el de los Hunos. Su rey, Atila, dispuesto a arrasar la ciudad de Roma, es milagrosamente convencido de respetarla por el Papa León I, Magno. Este encuentro que tuvo lugar en Mantua,, es el motivo de la enorme pintura que se halla en el Palacio del Quirinale.
A poco, nueva tarea para León que enfrenta a Genserico, rey de los vándalos. Prototipo y sinónimo del bárbaro destructo r. Aceptó respetar a Roma, pero arrasó el sur e invadió el norte de África. En esta acción murió Agustín, obispo de Hipona, africano de Tagaste.
Invasores fueron los lombardos y germanos en general, aquí y allá luchando entre sí, o contra francos, hunos y pueblos orientales, hasta la creación del Sacro Imperio Romano Germánico, y a partir de ahí, contra los musulmanes invasores de Hispania.
El atinado comentario de Jorge López Anaya, en el diario La Nación titulado: “El arte internacional de los ochenta” sobre el libro de Klaus Honnef, Arte Contemporáneo (B. Taschen edición original 1988, edición en castellano 1991) es una síntesis excelente no sólo de los fenómenos artísticos a esa fecha sino como una expresión de la época que se conoció como Posmodernismo. Ya no se tiene fe en el progreso de ninguna clase y entonces todo da igual. “No existe fidelidad a ninguna convención, sea ésta de origen social o artística”, dice López Anaya, como síntesis de lo sucedido. Un rápido salto al año 1994 nos lleva a una impactante instalación artística que ya no surge como manifestación anti establishment o antisocial, sino que se construye en un sitio fuertemente institucional y prestigioso.
De nuevo la reseña de La Nación (1994) da cuenta de “una atrevida instalación de arena roja”, de 30 metros de altura, en medio de un claustro del siglo XVIII, sede del Museo MAK, de Viena. Esto es lo que se vive desde entonces.
El anti arte es la pauta institucional obligatoria. Cualquier cosa con tal de que no sea un cuadro (Kassel) o también lo contrario´, si así conviene. Hemos vuelto al arte oficial de la época de las Academias. Así, se ha llegado a castigar a quienes vandalizan los cotizados grafitis de Banksy, figura de culto en las elegantes subastas internacionales.
En definitiva, todo depende del contexto y, como decía aquel antiguo personajillo, las palabras significan esto o aquello “según quien manda”.
Lo ilustra el inefable Homero Simpson que ha olvidado por un instante el balde y el lampazo en una sala del museo. Al encontrarlos (objets trouvés) se desata la emoción de los especialistas que acertaron a pasar por allí y los “leen” como obras de arte.
Sobre esta sensibilidad snob se expresó con tanto acierto el Papa Francisco cuando habló de “espiritualidad de la bicicleta”.
Pilas de ladrillos, montículos de escombros, excavaciones, túneles, huecos, pavimento roto. Meses, hasta años de ese panorama llevan a pensar que quizá se trata de una instalación artística a cielo abierto. La expectativa consiste en apostar en qué momento un caminante desprevenido protagonizará una “experiencia inmersiva” en el canal.
No lejos de allí un artefacto (curioso: “arte” “facto”) sanitario, depositado en medio de bellos arbustos, reedita el famoso urinario de Marcel Duchamp.
En resumen: cuándo calificar de vándalo se ha puesto difícil.
* La autora es docente jubilada.