31 de mayo: Día Nacional de la Cerveza ¿y la historia de esta bebida centenaria?

Sin duda, la inmigración alemana trajo consigo la cultura y los conocimientos técnicos sobre la elaboración de cerveza, del mismo modo en que los italianos y españoles impulsaron la modernización de la vitivinicultura. Esta nota intenta responder a la pregunta de por qué se eligió el 31 de mayo como fecha representativa ¿Es realmente representativa de la industria cervecera nacional?

Esta columna es una invitación a brindar y celebrar a la industria cervecera nacional, que tan noble producto ofrece, pero también para reflexionar sobre la importancia de conocer la historia de los procesos sociales y económicos que nos han constituido a nivel nacional y local.

La celebración del Día Nacional de la Cerveza en Argentina surge como una réplica del Día Internacional de la Cerveza, que se conmemora el primer viernes de agosto. Se enmarca en una tendencia de celebración de las bebidas nacionales, en el país y en la región.

En concreto, la festividad de la cerveza comenzó en 2007 en Santa Cruz (California), cuando un grupo de amigos decidió crear un día para honrar su bebida favorita. La iniciativa, difundida a través de redes sociales, terminó por instalar el ritual en diversas partes del mundo. Argentina no fue la excepción.

Según la Cámara de Cerveceros Argentinos, el consumo per cápita ronda los 43 litros anuales, lo que explica la importancia de organizar una “fiesta nacional”, con un cronograma de actividades en bares y restaurantes cada 31 de mayo.

Pero, como historiadora y estudiosa de la producción cervecera en Mendoza, me pregunté: ¿por qué se eligió el 31 de mayo como fecha representativa? ¿Es realmente representativa de la industria cervecera nacional?

La mayoría de las publicaciones afirman que se eligió en homenaje al surgimiento de una de las principales empresas cerveceras del país: Quilmes. En efecto, la Cervecería y Maltería Quilmes, fundada en 1888, se consolidó como la mayor y más importante cervecera en Argentina.

Sin embargo, en la historia institucional publicada por la propia firma se indica que el “...31 de octubre de 1890, se sirvió el primer chopp y desde allí comenzó a venderse la icónica cerveza bajo la marca Quilmes.” Entonces, ¿de dónde surgió el 31 de mayo?

Decidida a resolver el enigma, realicé una búsqueda en línea. En un conocido sitio de consulta —sí, el que empieza con "W"— se afirma que “Quilmes fue fundada por Otto Bemberg en la ciudad homónima en 1888 y el 31 de mayo de 1890 se lanzó al público”. Un dato sin asidero documental ni rigor histórico que, repetido una y otra vez, terminó convirtiéndose en una efeméride popular.

Con esto no le resto valor a la celebración, que considero positiva como estrategia de promoción empresarial, comercial, turística y cultural. Incluso, es una conmemoración significativa para Mendoza, provincia donde la cerveza se produce y se consume desde hace más de un siglo. Recordemos que en Godoy Cruz funcionó desde 1923 la segunda Maltería del país, “Maltería y Cervecería de los Andes S.A.”. Y también, que en ese departamento desde hace varios años se organiza, anualmente, la concurrida “Fiesta Provincial de la Cerveza” que año a año adquiere relevancia internacional.

Sin embargo, en estos tiempos de inmediatez y difusión viral, es importante detenerse en los aportes del conocimiento historiográfico, que puede —y debe— contribuir a construir prácticas culturales sólidas y rigurosamente fundamentadas.

No se trata solo de brindar por una bebida en particular, como lo hacemos en las celebraciones ya instaladas en los días internacionales del Malbec (17 de abril) y del Whisky (tercer sábado de mayo), o versiones nacionales como el día del Vino argentino (24 de noviembre), o del pisco peruano (cuarto domingo de julio se celebra el día), o el reciente día del Gin tonic (19 de octubre).

Detrás de estas efemérides hay un reconocimiento y una puesta en valor del esfuerzo de trabajadores, empresarios y de los partícipes de la economía y la cultura e identidad nacionales.

Tradición germana en las pampas y andes argentinos

La cerveza ya circulaba en el Río de la Plata antes de la Independencia; era una de las bebidas que llegaban a través de barcos ingleses, franceses y alemanes. En el siglo XVIII se instalaron, en Buenos Aires, las primeras fábricas de cerveza, aunque todavía con técnicas muy elementales y destinadas al consumo familiar o de pequeña escala. Pertenecieron a inmigrantes de origen inglés, alemán y algunos franceses.

Otro polo productivo importante fue Santa Fe, donde se destacaron hacia la segunda mitad del siglo XIX la Cervecería Schlau del alemán Carlos Schaul y el suizo Federico Strasser, quien finalizó este vínculo comercial y adquirió una fábrica para fundar la Cervecería Santa Rosa, ambas en la ciudad de Rosario.

La gran revolución cervecera se dio hacia fines del siglo XIX, con los aportes técnicos del alemán Emilio Bickert —que comenzó a operar hacia 1860— y luego Quilmes, propiedad de Otto Bemberg, que con el tiempo se transformó en la fábrica de malta y cerveza más grande del país. Desde 1890, esta empresa desarrolló una fuerte estrategia de expansión territorial de la marca, a partir de la integración con la fase agrícola y la compra de empresas competidoras para su cierre o absorción; también para autoabastecerse de la materia prima necesaria. Así, impulsaron los cultivos de cebada cervecera y lúpulo en distintos puntos de Argentina.

Un caso distintivo fue el de Mendoza, donde primero se cultivó cebada cervecera para abastecer las fábricas del resto del país; y desde 1923 se procesó malta para la elaboración de cerveza en la recordada Maltería y Cervecería de Los Andes. Esta fábrica, ubicada en el Carril Cervantes continúa operativa actualmente como Quilmes regional Mendoza.

Estas modernas empresas introdujeron numerosas innovaciones, como el uso de gas carbónico en la elaboración de cerveza y comenzaron a fabricar hielo para trabajar a baja temperatura una vez completada la fermentación, un procedimiento difundido como el método alemán.

Sin duda, la inmigración alemana trajo consigo la cultura y los conocimientos técnicos sobre la elaboración de cerveza, del mismo modo en que los italianos y españoles impulsaron la modernización de la vitivinicultura.

Desde aquellos tiempos hasta el presente, el gusto por la cerveza ha ido creciendo, y tanto las marcas industriales como las artesanales se han multiplicado, ofreciendo una amplia variedad dentro de la gama de las rubias, rojas y negras. Así, la producción cervecera se ha convertido en una actividad económica destacada en nuestro país y en la provincia, fuente de trabajo y de cultura.

La invitación entonces es a tomar como punto de partida de esta celebración, los orígenes centenarios de esta actividad en Argentina, tal como ocurre con otras bebidas popularizadas en el país y el resto del mundo.

¡Brindemos por la cerveza argentina! Tomemos con cultura.

* La autora es profesora de historia de la FFyL-UNCuyo y becaria del INCIHUSA-CONICET.

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