Herramienta mendocina que ayuda a diseñar barrios frescos
Un equipo del Conicet Mendoza desarrolló una plataforma web gratuita que permite estimar cómo la forma urbana influye en la temperatura del aire exterior. El recurso busca ayudar a planificar barrios más frescos.
Recreación. Área peatonal con espacios de esparcimiento, juegos y acceso a agua para beneficiar a la población y al ambiente.
El calor extremo ya no es un fenómeno excepcional. En muchas ciudades del mundo, especialmente en aquellas ubicadas en zonas áridas, los veranos son cada vez más largos, intensos y difíciles de soportar. Las olas de calor se repiten con mayor frecuencia y afectan directamente la vida cotidiana de las personas: desde la salud y el descanso hasta el uso del espacio público y el consumo de energía. Frente a este escenario, una pregunta se vuelve central: ¿cómo diseñar ciudades donde sea posible vivir mejor a pesar del calor?
Las ciudades suelen ser más calientes que su entorno natural. Esto ocurre porque el suelo natural es reemplazado por asfalto, hormigón y techos que absorben y retienen el calor, y porque la forma en que se disponen calles y edificios dificulta la circulación del aire. Este fenómeno se conoce como “isla de calor urbana” y provoca que la temperatura dentro de la ciudad sea varios grados más alta que en áreas rurales cercanas. Durante una ola de calor, esta diferencia puede marcar el límite entre una situación incómoda y una peligrosa para la salud.
Personas vulnerables
En regiones secas y calurosas, como muchas ciudades del oeste argentino, este problema se vuelve aún más grave. Allí, las altas temperaturas diurnas, la fuerte radiación solar y la escasez de humedad generan condiciones extremas que afectan especialmente a los sectores más vulnerables: personas mayores, infancias, trabajadores al aire libre y quienes no cuentan con sistemas de refrigeración adecuados en sus viviendas.
Herramienta mendocina que ayuda a diseñar barrios frescos
Sombra y líquido. Imagen de calle sombreada con acceso a agua potable para hidratarse. Completa una fuente que contribuye a refrescar el ambiente.
imagen generada por IA
Frente a este panorama, el urbanismo —es decir, la forma en que se planifican y construyen las ciudades— tiene un papel clave. No se trata solo de dónde se ubican las casas o las calles, sino de cómo esas decisiones influyen en la temperatura, la sombra, el viento y el confort del espacio público. En otras palabras, la forma de la ciudad puede ayudar a reducir el calor o empeorarlo.
Una ciudad resiliente es aquella que puede adaptarse a condiciones climáticas adversas y seguir funcionando sin poner en riesgo la vida de sus habitantes. Para lograrlo, es fundamental pensar el diseño urbano como una herramienta de adaptación al cambio climático. Esto implica anticiparse a los problemas y tomar decisiones que reduzcan el impacto del calor antes de que sea demasiado tarde.
Integrar estrategias
Numerosos estudios muestran que no existe una solución única para enfrentar el calor urbano. Plantar árboles, usar materiales más claros en calles y techos, o cambiar la orientación de las calles son medidas efectivas, pero su impacto depende de cómo se combinen entre sí y del contexto en el que se aplican. La clave está en integrar estas estrategias dentro de una visión más amplia de la forma urbana.
Las ciudades suelen ser más calientes que su entorno natural. Esto ocurre porque el suelo natural es reemplazado por asfalto, hormigón y techos que absorben y retienen el calor, y porque la forma en que se disponen calles y edificios dificulta la circulación del aire. Este fenómeno se conoce como “isla de calor urbana”.
Proporcionar sombra en el espacio exterior contribuye a refrescar el aire y reducir la temperatura de calles y veredas. Sin embargo, no alcanza con plantar árboles de manera aislada. Su ubicación, su tamaño y su relación con la forma urbana influyen directamente en cuánto pueden ayudar a bajar el calor. Algo similar ocurre con los materiales. Superficies oscuras absorben el calor durante el día y lo liberan por la noche, haciendo que la ciudad no se enfríe adecuadamente. En cambio, techos claros o pavimentos reflectantes, ayudan a reducir la acumulación de calor. Estas soluciones son especialmente útiles en barrios ya construidos, donde no es posible modificar la estructura urbana, pero sí mejorar sus superficies expuestas a la acumulación de calor.
Más allá de estas estrategias puntuales, lo que realmente marca la diferencia es la forma del barrio en su conjunto. El ancho de las calles, la altura de las viviendas, la cantidad de espacios abiertos y la orientación del trazado influyen directamente en cómo se comporta el calor. Algunas configuraciones permiten que el aire circule mejor y que las noches sean más frescas, algo fundamental en climas secos. Otras, en cambio, atrapan el calor y dificultan el descanso nocturno. Orientaciones de calles en sentido norte-sur favorecen el refrescamiento del espacio exterior y del interior de las viviendas.
El valor del diseño
Por eso, la escala del barrio resulta clave. Es lo suficientemente grande como para generar cambios significativos en el clima urbano, pero también lo bastante cercana como para que sus efectos se perciban en la vida diaria de las personas. Diseñar bien un barrio invita a permanecer en el espacio exterior durante el verano.
En los últimos años, se han desarrollado herramientas que permiten evaluar cómo distintas decisiones urbanas afectan la temperatura del espacio exterior. Estas herramientas traducen información científica compleja en datos simples que pueden ser usados por planificadores, funcionarios y técnicos, sin necesidad de grandes recursos ni conocimientos especializados, como es el caso del desarrollo de la plataforma libre y gratuita FORMA3T. Gracias a ellas, es posible comparar distintas alternativas de diseño y elegir aquellas que mejor se adaptan al clima local.
Herramienta mendocina que ayuda a diseñar barrios frescos
Protección. Calle de barrio sombreada, con elementos e infraestructura que hacen fresco el ambiente exterior e interior.
imagen generada por IA
Las experiencias en ciudades áridas muestran resultados alentadores. Algunos tipos de trazado urbano, combinados con árboles y materiales adecuados, pueden reducir varios grados la temperatura máxima del aire. Esto no solo mejora el confort térmico, sino que también reduce la necesidad de usar aire acondicionado, disminuyendo el consumo energético y los costos asociados.
Habitar el calor no significa resignarse a vivir incómodos. Significa aceptar que el clima está cambiando y que las ciudades deben transformarse para acompañar ese cambio. El urbanismo tiene la capacidad de convertir el calor en un nuevo criterio de diseño, tan importante como el tránsito, la vivienda o los servicios. Pensar la ciudad desde el clima es, hoy, una condición indispensable para construir espacios más justos, saludables y habitables. En un mundo cada vez más caliente, la forma de nuestras ciudades puede marcar la diferencia entre resistir el calor o vivir mejor a pesar de él.
(*) La arquitecta Sosa pertenece al Instituto de Ambiente, Hábitat y Energía-Conicet. Además, es directora de la Maestría en Ciudad, Urbanismo y Hábitat Sostenible de la Universidad de Congreso.
(**) Esta nota fue realizada en coautoría con la doctora Erica Correa, investigadora del Conicet y Stella Maris Donato y Darío Jaime, personal de apoyo del Conicet.