Lo dio todo. Y no me refiero al sentido de la expresión más usada en recitales, cuando el rocker de turno deja la garganta y salta desbolado de una punta a la otra del escenario. Ella también hizo todo esto, pero ese “darlo todo” aquí se quiere usar en un sentido más profundo.+
Bebe, además de cantante, es una histrión de esas que ya no hay tantas, y canta cada canción (¡cómo canta!) con el cuerpo también, poniéndose en la piel de la chica seductora que murmura, la dolida que llora y la eufórica que rompe garganta. Pero sus personajes no son unidimensionales, porque nadie lo es. Lo interesante es que, por ello, esta amante de los contrapuntos logra transmitir, con sus letras pero también con su actuación, las pasiones poderosas de las eufóricas que murmuran, las dolidas que gritan y las sensuales que lloran.
Flaquita, de botas altas, camisa ochentosa y calzas, a las 21.10 del domingo presentó su último disco “Cambio de piel” en uno de los salones del Arena. “Después de venir de gira en lugares muchos más grandes, esto fue como un regalo. Estar en este saloncito, chiquito, acogedor, es como volver a casa. Así que disfrutemos”, dice, en ese tono tan bajito, un tanto afónico, característico de Bebe. Casi como un susurro, suelta después: “es nuestra primera vez en Mendoza. Para mí y para ustedes. Perdamos la virginidad entonces”.
Las crónicas dirán que el show se extendió dos horas, y que tuvo sus momentos más altos en esos hits que se han convertido en la especialidad de Bebe: cantarle a la mujer, pero no como lo haría precisamente Arjona, sino como lo hace otra mujer que no necesita impostar, que suele vivir las mismas angustias que la que tiene enfrente. Y si no, al menos comprenderlas.
Así, fueron apareciendo “Malo” (“Malo, malo, eres, no se paga a quién se quiere”, no se puede decir más claro pero sí más alto, y ella se encarga en cada recital de eso) o éxitos de cierre, cuando ya se había puesto al público en el bolsillo (tres cuartas partes del auditorio eran mujeres) “Ella”, y “Pa mi casa”. Historias de chicas que, como pueden, como les sale, se rehacen, con la piel cargada de dolor y la voz llena de verdad.
El escenario, que terminó quedando demasiado acotado, albergó un gran sillón, que ella usó para cantar partes de sus canciones literalmente echada.
A los costados, sus músicos en plan set acústico, con bajo, guitarra criolla, batería. Apiñados, como familia en gira que son. Pero a pesar de las dimensiones, el del domingo fue a todas luces un show internacional, por la calidad del sonido, por el calibre de los artistas y por la concepción del espectáculo.
Lo dicho: poco más de 350 personas vieron a Bebe dejarlo todo. Dejar la piel. Y estos shows terminan así: todos de pie, rodeando el escenario y estirando los celulares hasta la casi la punta de la nariz misma de la cantante. Una fiesta, una fiesta para pocos, que casualmente suelen ser las más intensas.