domingo 20 de junio de2021

Un viaje al pasado en nuestra ciudad: las fachadas de las casas “chorizo”.
Arquitectura

Un viaje al pasado en nuestra ciudad: las fachadas de las casas “chorizo”.

En un viaje a numerosas ciudades del mundo y nuestro país podemos visitar los cascos históricos, mejor conocidos como “Ciudad Vieja”. En ellos, el turista puede casi trasladarse en el tiempo, deleitándose con bienes arquitectónicos como casas, iglesias y antiguos comercios. Todo un regalo para los sentidos.

  • viernes, 11 de junio de 2021
Un viaje al pasado en nuestra ciudad: las fachadas de las casas “chorizo”.

Estos reductos de nuestro pasado son protegidos por diversas legislaciones patrimoniales -que varían según los distintos países y ciudades- las cuales evalúan su estado de conservación y determinan, en caso que sea necesario, qué partes del edificio deben conservarse.

Los mendocinos pensamos que no contamos con tal suerte. El terremoto de 1861 borró drásticamente la Ciudad colonial de Mendoza, agrupada en torno al Área Fundacional (actual plaza Pedro del Castillo) y sus calles aledañas. Las Ruinas Jesuíticas atraen a ciudadanos y turistas, algunas de sus estructuras aún visibles nos dan pistas de lo que fue el enclave de nuestra antigua capital provincial.

Imagen del antiguo “Barrio de las Ruinas” donde puede observarse la construcción de las nuevas viviendas aledañas a aquellas destruidas por el sismo de 1861. (Fuente: Archivo Histórico de la Provincia de Mendoza, circa 1880).Gentileza

Sin embargo, en la reconstrucción de la Ciudad de Mendoza, no solo al Suroeste de la Antigua Ciudad, sino también entre los escombros del que pasó a conocerse como “Barrio de las Ruinas” surgieron, una tras otra, viviendas que caracterizaron la arquitectura de finales del siglo XIX: las casas chorizo. Conocidas en nuestro país por ese pintoresco nombre, éste hace referencia a la disposición alargada de las viviendas (resultantes del aprovechamiento de los terrenos urbanos de igual forma) y la sucesión de las habitaciones, una comunicada con la otra y todas con acceso a un patio interior. Desde ciudades de numerosa población urbana como Buenos Aires, Rosario, Córdoba o Mendoza hasta en los pequeños pueblos del país, podemos encontrar aún estas viviendas, aunque su número baja día a día, ya que se considera el valor del terreno sacándolas prácticamente fuera de la ecuación en el negocio inmobiliario.

En su visita a Buenos Aires en 1929, para el afamado arquitecto, urbanista y teórico suizo Le Corbusier, estas viviendas no pasaron desapercibidas a su atenta mirada. En una de sus conferencias en el país afirmó: “Dibujo las casas de Buenos Aires. Hay así cincuenta mil. Han sido hechas- son hechas cada día- por los contratistas italianos. Son una muy lógica expresión de la vida de Buenos Aires. Sus dimensiones son justas, sus formas armoniosas, sus respectivas ubicaciones se han encontrado con habilidad. Es vuestro folclore; desde hace 50 años y todavía. Ustedes me dicen “¡no tenemos nada!”. Yo les respondo: tienen esto, un plan (plano) estándar y el juego de formas hechas bajo la luz argentina, un juego de muy bellas, muy puras formas.¡Observen!”.

Mendoza no escapa a esa realidad. Aún hoy, inaccesibles a su interior, la mayoría nos ofrece, tras vallas de publicidad o intervenidas por graffitis, fachadas de gran atractivo arquitectónico y artístico. Aquel juego de formas puras a las que se refería Le Corbusier, no son más que las fachadas de las casas chorizo: aprovechando al máximo la disposición angosta del terreno, la mayoría ofrecen la simétrica disposición de una puerta de ingreso y dos ventanas a cada lado. Las más recientes, rompen esta simetría y poseen una entrada vehicular o cochera en uno de sus extremos.

Característica “casa chorizo” ubicada en una calle céntrica de la Ciudad de Mendoza. (Fotos de la autora).Gentileza

Si pudiéramos viajar en el tiempo a Mendoza de 1920, por ejemplo, veríamos cuadras enteras de casas chorizo. La alternancia de puertas y ventanas, la altura uniforme, los elementos arquitectónicos como arquitrabes, frisos y columnas o pilares adosados, sumados a las anchas veredas y las acequias con frondosa arboleda, brindarían a nuestros ojos un paisaje urbano único, uniforme y ordenado, donde cada casa, mediante sus ornamentaciones arquitectónicas y la elección del color, se diferenciaría de la de su vecino. Acostumbrados al caos urbano actual, ésta debería ser una vista realmente pacificadora de nuestros sentidos.

En este reducido espacio, no mayor a los 9 metros de frente, se plasmó una ornamentación arquitectónica que hace honor a los oficios de la época. Para diferenciarlas y poder datarlas cronológicamente casi con precisión, podemos decir que las más antiguas tenían una decoración clásica de pilares o columnas adosadas con capiteles jónicos o corintios, arquitrabes y frisos corridos y en algunos casos, como en el remate de las ventanas, festones y rosetones. Avanzando en el tiempo, cuando en el primer decenio del siglo XX el Art Nouveau europeo ingresó en el país, esto se plasmó en las fachadas: bellos rostros de ninfas, molduras onduladas y herrería de orgánicas formas. En ciudades como Rosario o Buenos Aires podemos observar los más destacados ejemplos, aunque en las casas “chorizo” mendocinas este aporte se hizo de manera más tímida, supeditado a la disposición de los órdenes clásicos. Pero sí fue más evidente y usado con mucha mayor libertad compositiva en otras tipologías arquitectónicas, reservadas para familias más pudientes.

Por ese entonces, existía el oficio de frentista, quien era el que ordenaba la composición de las ornamentaciones de la fachada. Para sorpresa de muchos, y con un atractivo guiño al futuro, estas ornamentaciones venían prefabricadas. El frentista seleccionaba del catálogo las que necesitaba y las componía en infinitas combinaciones pero con un criterio que tenía siempre la armonía como principio. Así, se colocaban, enlucían las juntas y el resto de la fachada. Para las ventanas, los herreros elaboraban hermosas rejas o barandas agregándoles decoraciones clásicas como hojas de acanto con gran maestría. Y los carpinteros tallaban también decoraciones en las puertas de doble hoja. En un solo frente se reunía la pericia de varios oficios de la época.

Algunos de los elementos ornamentales arquitectónicos presentes en las cazas chorizo: guirnaldas, capitel compuesto y festón (fotos de la autora).Gentileza
Algunos de los elementos ornamentales arquitectónicos presentes en las cazas chorizo: guirnaldas, capitel compuesto y festón (fotos de la autora).Gentileza
Algunos de los elementos ornamentales arquitectónicos presentes en las cazas chorizo: guirnaldas, capitel compuesto y festón (fotos de la autora).Gentileza

Para los habitantes de la ciudad de Mendoza de aquel entonces, las casas chorizo debían ofrecerles también una idea de orden y progreso. En la mente de sus antiguos pobladores, las nuevas cuadras con sus flamantes casas los alejaban de aquella noche catastrófica del terremoto, de las ruinas y la desolación; y para los nuevos ciudadanos, los inmigrantes, aquellas casas debían ofrecer una esperanzadora visión del futuro pero con un guiño a su antiguo terruño europeo. Tuvieron su época de esplendor, pero la inevitabilidad del tiempo cayó sobre ellas. Muchas se deterioraron a causa de los sismos y otras resultaron incómodas y poco funcionales para las nuevas familias monoparentales, por lo que, con suerte se transformaron en oficinas, consultorios o casas fraccionadas o, menos afortunadas, sucumbieron al poder de las excavadoras.

Mascarón femenino con corona de flores en el frente de una vivienda céntrica (Foto de la autora).Gentileza

Este artículo comenzó mencionando los cascos históricos preservados de antiguas ciudades. Es cierto, en Mendoza no lo tenemos. Pero tenemos, confundidas y casi desapercibidas entre edificios, minimarkets, estacionamientos y comercios, las fachadas de estas sencillas pero dignas casas de principios del siglo. Están allí, disimuladas y mudas tras pintadas y vallas de publicidad, frente a la parada del micro, quizás frente a sus trabajos o en la vereda que recorren todos los días.

Finalizo este artículo con una invitación: la próxima vez que recorran la ciudad, deténganse un minuto frente a una casa chorizo. Observen sus fachadas. Dejen que sus ojos recorran las delicadas líneas, se deleiten con el juego de luces y sombras de las molduras. Estarán haciendo, aunque sea por un minuto, un viaje al pasado. Quizás hasta la luz juegue con la fachada y les regale una buena toma para una publicación en su red social favorita. Y me uno (humildemente) a Le Corbusier al decirles: ¡observen!.

* La autora es Lic. en Historia de las Artes Plásticas (UNCUYO)