La Laguna del Viborón, un paisaje a la espera de su adecuada gestión a partir de la dinámica naturaleza-cultura

La laguna del Viborón prácticamente seca, con los campos agrícolas cultivados en su proximidad y la presencia del Club Cristóbal Colón, bajo la sombra de los árboles plantados por los primeros socios. Fuente: Los Andes
La laguna del Viborón prácticamente seca, con los campos agrícolas cultivados en su proximidad y la presencia del Club Cristóbal Colón, bajo la sombra de los árboles plantados por los primeros socios. Fuente: Los Andes

La Laguna del Viborón, uno de los pocos humedales que mantienen sus funciones en la planicie del norte de Mendoza, atraviesa una situación crítica.

Desde hace meses está prácticamente seca y se han encendido varias alarmas para tratar de salvarla. No obstante, es necesario revisar la forma en la cual se ha considerado proteger a este espejo de agua para entablar algunas posibles estrategias para su gestión.

Es de gran conocimiento el rol que los humedales poseen para la supervivencia del planeta (¡sí, del planeta, y con ello de la especie humana!) y por esta razón, instituciones científicas y organizaciones ambientales han determinado sus múltiples beneficios y dan cuenta de la fragilidad de su composición, por lo que demandan monitoreos permanentes para evitar que ciertas actividades humanas no le impacten de forma irreversible.

Si bien algunas lagunas encadenadas por el arroyo Leyes-Tulumaya han sido reconocidas por las administraciones públicas como reserva natural o figuras jurídicas similares para motivar su protección, la realidad es que no solo se trata de lugares naturales de singular belleza. Son paisajes que históricamente han tenido relación con actividades humanas y, por lo tanto, hay que considerar la articulación entre naturaleza y cultura para su correcta gestión. Es decir, no solo poner el foco en las lagunas como objeto, sino que también en quienes interactúan con estos paisajes de forma cotidiana.

La Laguna del Viborón se encuentra en el departamento de Maipú, a 30km de la ciudad Capital, dentro del Cinturón Verde de Mendoza, territorio orientado en mayor medida a la producción hortícola. Desde la década del 70 los distritos rurales de Guaymallén y Maipú orientaron en gran parte su economía hacia estos cultivos, luego de la crisis del sector vitivinícola. Se trata de un sitio que ha estado históricamente vinculado con la actividad productiva del oasis norte y por ello, se hace indispensable indagar en el contexto cultural en el cual se emplaza.

Sobre la margen oeste se encuentra el Club de Pesca Cristóbal Colón, fundado en la década de 1930, cuando un grupo de pobladores enamorados del lugar se congregaron para el disfrute del sitio y velar por su protección. En el año 1956 adquiere la personería jurídica y, desde entonces, son quienes se han encargado del mantenimiento y cuidado del sitio.

Según relatan los antiguos socios, se trataba de un territorio que valía la pena preservar y gestionar en cuanto a la forman en que las actividades humanas se realizaban en el sitio. El Club reunía a los pobladores próximos a la laguna, así como a gente que residía en los distritos de La Primavera, Corralitos y Villa Nueva, en Guaymallén, y de Rodeo del Medio en Maipú. Era uno de los puntos de encuentro social de la época.

Hoy, quien está a cargo del Club es la nieta de uno de los fundadores, Cristina De Huin, mostrando el arraigo de la comunidad hacia el lugar. Son justamente el Club y sus socios quienes primeramente encienden las alarmas cuando detectan alguna irregularidad. Ellos reconocen los valores naturales que posee la laguna y tratan de dialogar con la naturaleza mediante actividades de poco impacto, cediendo protagonismo a la flora y la fauna del lugar.

Comisión directiva del Club Cristóbal Colón, década de 1980. De izq a derecha, arriba: Manual Gibanto, Félix Aguirre, Robles, Raúl Nadal, Tati Aguirre, Miguel Maurino y Pedro Grimal. Abajo: Eugenio Mariani, Adrover, Alberto Montanari y Barbuza. Fotografía: Gentileza Alberto Montanari.
Comisión directiva del Club Cristóbal Colón, década de 1980. De izq a derecha, arriba: Manual Gibanto, Félix Aguirre, Robles, Raúl Nadal, Tati Aguirre, Miguel Maurino y Pedro Grimal. Abajo: Eugenio Mariani, Adrover, Alberto Montanari y Barbuza. Fotografía: Gentileza Alberto Montanari.

En proximidad de la laguna se encuentran campos cultivados que generan un mosaico de cultivos que va variando de matices de colores y texturas, donde se aprecia a la distancia árboles que dan cuenta de la presencia de algún canal de riego o de calles. Sin bien los productores son señalados como los principales responsables en cuanto a los problemas de contaminación, se hace necesario que las acciones tendientes a la protección de la laguna puedan ampliarse hacia estos actores, haciéndolos participes de la planificación del lugar.

Cuando los diferentes actores locales comprendan que la puesta en valor de este espejo de agua puede devenir en beneficios económicos y sociales, quizás se sientan más alentados a participar de su protección y gestión. Para ello, son fundamentales las acciones de planificación que consideren el desarrollo local, a partir de proponer actividades complementarias al agro, como podría ser el turismo rural sustentable asociado a lo hortícola, que hoy tiene escaso protagonismo en Mendoza, a pesar de ser la segunda provincia en importancia de producción nacional.

Se trata de un paisaje único que podría ser utilizado para potenciar el turismo interno, con actividades que tiendan a generar consciencia sobre el cuidado del agua como bien común cada vez más escaso, así como identificar la riqueza de flora y fauna del ecosistema. También el trazado de esta ruta podría ser útil para la valorización de la producción agrícola que se encuentra en proximidad, tan necesaria para alcanzar la soberanía alimentaria.

El paisaje del Cinturón Verde del norte de Mendoza, con matices de colores cambiantes en el año y visuales a la distancia.
El paisaje del Cinturón Verde del norte de Mendoza, con matices de colores cambiantes en el año y visuales a la distancia.

Se suele acusar al cambio climático por la actual falta de agua, que en parte es cierto, ya que muchos informes científicos nacionales e internaciones dan cuenta de los cambios que vivimos y de aquellos que se aproximan. Pero también resulta necesario revisar la forma en la cual se distribuye y utiliza el bien hídrico en la provincia, porque llama la atención que cada vez son más los barrios cerrados cuyos espacios comunes son decorados con lagunas y cuerpos de agua permanentes. }

Si bien en algunos casos justifican su construcción y uso como reservorios para el agua de lluvia, la realidad es que en Mendoza las precipitaciones no superan los 240mm, con lo cual, estos cuerpos de agua se alimentan con aquella que proviene del riego superficial o del subsuelo, cuando la prioridad debería ser mantener estos ecosistemas naturales, como la laguna del Viborón, cuyos beneficios son para todos, incluso para las futuras generaciones.

La UNESCO contempla diversos tipos de paisajes culturales que podrían ser considerados como patrimonio, es decir, un reconocimiento que indica que un determinado lugar posee valores estéticos, históricos, sociales, simbólicos, entre otros, que lo hacen único y por ende, valen la pena los esfuerzos por su conservación y manejo adecuado.

En el caso de la Laguna del Viborón se trata de un paisaje vivo, que aún presenta funciones y beneficios a todo el territorio mendocino y que da cuenta de la singularidad de ese territorio en particular en el norte de Mendoza. Ojalá se pueda revertir su angustiante situación para que no tengamos que continuar imaginando como eran los paisajes lagunares de Mendoza, tal como sucede actualmente con las Lagunas del Rosario.

*El autor pertenece al Grupo Historia y Conservación Patrimonial (INCIHUSA-CONICET)

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