2 de diciembre de 2015 - 00:00

Ante la escasez de productos, a “bachaquear”

La bachaca es una hormiga vigorosa de culo grande y color negro azabache que es muy común en el campo venezolano pero se ha extendido por todo el país. Como el insecto puede llevar enormes cargas sobre el lomo, a alguien avispado se le ocurrió que el nombre del bicho daba para mucho más y ahora es un verbo y un sustantivo que resumen las calamidades de la economía de este país insólito. En el diccionario de la sobrevivencia que deja la crisis venezolana el bachaqueo refiere a una forma de especulación que consiste en conseguir los productos de primera necesidad en los mercados y venderlos a tres veces su valor a quienes no tienen otro remedio que comprarlos.

Es un negocio de pobres contra pobres.

“Hay mini bachaqueo, bachaca medio y gran bachaqueo”, cuenta un experto en estos ingenios y que vende leche en polvo y pañales en un puesto muy precario en la entrada del gran mercado de Petare. Junto a el, Maikel, de 32 años con una hija y carpintero mecánico de tanto en tanto cuando consigue una changa, acaba de hacer su cola semanal en varios supermercados para traer esas latas de leche que comercia su amigo que prefiere no dar su nombre. Estos son mini bachaqueros, los más grandes tienen otras vías de aprovisionamiento.

Mucha gente ha dejado el empleo formal como ellos para dedicarse a ese trasiego desesperado que deja mucho más que el sueldo básico de apenas 8.000 bolívares.

La lata de leche Maikel la pagó cerca de mil bolívares y la vende a 1.600. La ganancia es igual de miserable. “Comiendo en la calle, eso es apenas un plato y pequeño... Se va todo tan rápido. La gente ya no hace más que una cena y se va a dormir para intentar suerte al día siguiente”.

El papel higiénico es uno de los productos más buscados y más difíciles de hallar. En el mercado hay pero a un precio 400% por encima de lo que debería costar normalmente. Es importado, llega de Brasil.

El mercado de los bachaqueros que corona ese espacio es un territorio de pasillos que forman un laberinto plagado de comercios improvisados de comida, ropa y lo que pueda imaginarse. Acompañamos en la recorrida a una venezolana con su carrito de compras que intentó sin suerte conseguir “harina pan”, la harina de maíz con la que se elaboran las arepas, el alimento tradicional de los venezolanos.

“Eso es oro, mamita” le dicen en los puestos. Tampoco hay huevos pero alguna gente pasa con cajas que han conseguido en el otro extremo del dédalo de corredores que arden bajo el sol del mediodía. El gobierno solo permite ir al supermercado una vez por semana. La demora en esas hileras que suelen dar vuelta a la manzana muchas veces no tienen premio. Esa fila, al menos los de adelante que la forman desde muchos antes del amanecer, podrá llevar algo a sus casas a un precio controlado. Al resto les queda la bachaca.

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