30 de septiembre de 2026 - 21:18

Cuando Estado, universidad y empresas construyen el futuro

SILVICULTURA. El Centro Tecnológico de la Madera y la Finca San Martín muestran cómo la articulación puede convertirse en una estrategia para recuperar la producción forestal y reducir la huella de carbono.

Ingeniero agrónomo

Frente a la Facultad de Ciencias Agrarias, en Luján de Cuyo, hay una planta industrial con capacidad para procesar hasta 25 m³ de madera por turno de ocho horas. Puede ingresar álamo mendocino en rollizo y salir madera para tablas, material de construcción o energía.

Es el Centro Tecnológico de la Madera (CTM). Fue construido hace años y, sin embargo, la mayoría de los mendocinos no sabe que existe. Tiene 2.395 metros cuadrados de planta industrial, líneas de aserrado, afilado y secado, además de aulas donde se capacitan operarios y técnicos del sector y se dictan cursos de la Facultad.

Tampoco es conocido que Mendoza tiene una cadena foresto-industrial activa y cada vez menos madera propia para alimentarla. El Inventario Nacional de Plantaciones Forestales registró en 2015 unas 6.197 hectáreas de macizos de álamo y 3.634 kilómetros de cortinas forestales. Una referencia pública posterior, difundida en 2023 con datos de la Dirección Nacional de Desarrollo Foresto Industrial, ubicó la superficie de explotación forestal en 7.269 hectáreas y señaló una caída cercana al 40% en una década. No son mediciones idénticas, pero muestran una misma tendencia: menos superficie forestal y una industria que debe traer cada vez más materia prima de otras provincias. Una industria que aprendió a agregar valor sin tener el recurso al lado. Esa es la paradoja mendocina.

El CTM nació para intervenir sobre ese problema desde un lugar poco frecuente en Argentina: una mesa compartida. Su objetivo original fue contribuir al manejo sustentable y a la competitividad de las plantaciones y de las industrias de la madera; mejorar la calidad de los productos desde la producción primaria hasta su transformación; diversificar la base productiva y acercar tecnología, capacitación y mercados a las MiPyMEs. Lo impulsaron el Estado nacional, a través del Programa de Sustentabilidad y Competitividad Forestal con financiamiento del BID, la UNCuyo y su Facultad de Ciencias Agrarias, con participación de actores del sector. No nació solo para aserrar madera, sino para articular una cadena y ayudarla a incorporar tecnología y valor.

Hoy esa mesa compartida empieza a convertirse en un modelo de funcionamiento. La Universidad aporta el Centro, el conocimiento, la investigación y la formación de estudiantes; el sector privado suma experiencia, inversión, capacidad de gestión y conocimiento del mercado; y el Estado ayuda a vincular ese trabajo con las necesidades del territorio.

El lugar del CTM está allí donde la cadena necesita dar un paso más: diseñar, ensayar y desarrollar productos y procesos, como componentes para la construcción con madera, soluciones de diseño o aprovechamientos de la biomasa y los residuos.

No se busca repetir lo que ya hacen los aserraderos y las industrias de Mendoza, sino desarrollar alternativas que luego puedan ser aprovechadas por las empresas. Así, lo público y lo privado se complementan: el Centro genera conocimiento y tecnología, mientras las empresas aportan la capacidad productiva y comercial necesaria para llevarlos al mercado. Es una forma de poner una infraestructura pública al servicio de la cadena foresto-industrial.

Llevo más de veinte años formulando y evaluando proyectos de inversión con financiamiento de organismos multilaterales, en Mendoza y en buena parte del país. Vi durante mi carrera proyectos que funcionaron mientras duró el crédito y se apagaron el día que se firmó el último desembolso. El CTM enfrentó ese mismo riesgo: obra terminada, equipamiento instalado y un modelo de funcionamiento por resolver.

Creo que la diferencia está en la gobernanza. No en que todos hagan de todo, sino en que cada uno cumpla un papel claro y rinda cuentas por él: la Universidad conduce y controla; el privado opera, invierte y asume el riesgo; el Estado y el sector productivo ayudan a orientar políticas, demandas y estándares. Con objetivos, indicadores, informes y controles, ninguno puede irse sin que los otros lo noten.

Hoy la agenda del Centro puede ordenarse en tres frentes. El primero empieza antes del aserradero: en las plantaciones, la selección de clones, el manejo, la cosecha y el abastecimiento; y continúa en la transformación de esa materia prima, no para repetir lo que las industrias mendocinas ya producen, sino para diseñar, prototipar y validar nuevos productos, componentes y soluciones que amplíen la oferta local y luego puedan ser transferidos o escalados por las empresas.

El segundo pone el foco en el aprovechamiento de costaneros, chips, aserrín y otros residuos para desarrollar aplicaciones vinculadas con la biomasa, la energía y los materiales sustentables, mediante proyectos propios o alianzas con otros actores, dentro de una lógica de bioeconomía circular.

El tercero impulsa la construcción con madera: caracterizar y certificar el álamo mendocino para uso estructural, ampliar las combinaciones de clones y procedencias respaldadas técnicamente, y diseñar y validar componentes y sistemas constructivos acordes con el Reglamento CIRSOC 601.

A eso se suman ensayos, asistencia técnica, capacitación, certificación de competencias laborales e I+D+i. El CTM no viene a ocupar el lugar de las empresas, sino a ayudarlas a llegar donde todavía no han llegado. Del rollizo no se tira nada; y alrededor de el se genera conocimiento.

Y el modelo empieza a escalar del galpón al territorio.

La Facultad cuenta con la Finca San Martín, en el distrito El Sauce, Guaymallén, un predio de casi 120 hectáreas con antecedentes de ensayos forestales y ubicado en el cinturón productivo del Gran Mendoza. Allí estamos estudiando y evaluando, junto al sector privado, distintos modelos productivos con fines maderables, bioenergéticos y de captura de carbono.

La propuesta es transformar ese espacio en un campo piloto, de investigación y desarrollo a cielo abierto, donde puedan evaluarse sistemas productivos que luego cualquier productor mendocino tenga la posibilidad de adoptar.

Esos estudios tienen además una particularidad que me toca de cerca. Los están realizando nuestros estudiantes.

Este semestre, más de treinta futuros ingenieros agrónomos trabajan en la asignatura Formulación y Evaluación de Proyectos sobre casos reales de inversión forestal vinculados a la Finca San Martín y al CTM. Analizan alternativas productivas, calculan turnos de corta, proyectan flujos de fondos y rentabilidad.

Es una de las formas en que la universidad pública puede aportar: utilizar sus tierras, sus aulas, sus docentes y sus centros tecnológicos para pensar soluciones a los desafíos del territorio.

Mendoza necesita recuperar y ampliar su superficie forestal. Hoy la provincia importa más del 60% de la madera que consume. Si se toma como referencia la superficie difundida en 2023 y se mantienen, solo para un cálculo ilustrativo, la productividad y la demanda, el autoabastecimiento comenzaría a requerir del orden de 18.000 ha.

Al incorporar un margen por rotaciones, calidad y crecimiento futuro, un horizonte cercano a 20.000 ha resulta razonable como hipótesis de planificación.

No es una cifra censal ni una meta validada. Debe ser afinada mediante estudios de oferta, demanda, rendimientos y destinos industriales. Pero marca una dirección.

El Estado por sí solo no podrá hacerlo, las empresas tampoco y la Universidad mucho menos.

La experiencia del Centro Tecnológico de la Madera muestra que cuando los distintos actores se sientan en la misma mesa, comparten objetivos y asumen responsabilidades, los proyectos pueden convertirse en una política de desarrollo.

Si hoy un grupo de estudiantes calcula cuánto rinde forestar cien hectáreas en Guaymallén, la pregunta que debemos hacernos como provincia es otra: ¿seremos capaces de construir los acuerdos necesarios para plantar las miles de hectáreas que Mendoza necesita para su futuro?

*Decano de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Cuyo.

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