23 de octubre de 2026 - 10:06

Alejandrina Alaria: "El jardín es más que un lugar lindo para pasear: es un aula a cielo abierto"

Con más de 300 especies, el jardín botánico de Ciencias Agrarias de la UNCuyo, combina conservación e investigación. Su responsable alerta por la flora nativa.

El espacio, fundado en 1963 en la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNCuyo, en octubre abre sus puertas al público para celebrar el Mes de los Jardines Botánicos y acercar la biodiversidad a la comunidad. "Es un jardín adulto; los ejemplares arbóreos de la colección están en su máxima expresión".

El lugar posee más de 300 especies vegetales y constituye un espacio de conservación, educación y recreación que recibe cada año a cientos de estudiantes y visitantes. "Formamos parte de la Red Argentina de Jardines Botánicos (que nació en Mendoza en 1996) y de Botanic Gardens Conservation International. Eso nos conecta con jardines de todo el mundo que comparten los mismos desafíos".

"Creo que su mayor aporte es educativo. Uno cuida lo que conoce. Cada estudiante o cada vecino que recorre los senderos y descubre que un chañar o una jarilla tienen su propia historia, sale mirando el paisaje con otros ojos. Y eso, a la larga, también es conservación y cuidado", sostiene.

—¿Qué lo distingue de un espacio verde convencional?

—La diferencia está en que cada planta está ahí por una razón. Un jardín botánico es, por definición, una colección de plantas ordenada y documentada con criterio científico. Cada ejemplar está identificado y registrado; en una plaza, por ejemplo, las plantas decoran; en nuestro caso, educan...

En nuestro Jardín las plantas están ubicadas según su historia evolutiva: recorrerlo es como hacer un viaje en el tiempo. El paseo empieza en las cicas y los ginkgos, especies consideradas "fósiles vivientes", ya que son un remanente de un grupo muy antiguo con otras especies extintas.

El recorrido continúa en sentido evolutivo según un sistema de clasificación que tiene en cuenta las características morfológicas; por eso nos invita a observar. El Cordón del Plata es el telón de fondo en nuestro Jardín.

—¿Y las especies que permiten comprender mejor nuestros ecosistemas?

—Las plantas nativas son las grandes maestras del Jardín, porque cuentan cómo se vive en el desierto. Mendoza recibe en promedio apenas de 220 a 240 mm de lluvia al año, y ellas, a lo largo de su historia evolutiva, han desarrollado estrategias admirables para arreglárselas con tan poca agua.

El algarrobo, por ejemplo, tiene raíces que pueden llegar a mucha profundidad en busca de agua subterránea. Durante siglos dio sombra, alimento con sus vainas y madera a los pueblos de la región. La jarilla tiene hojitas pequeñas cubiertas de resina que le permiten perder muy poca agua, y ese aroma tan característico después de una lluvia en el piedemonte viene de ella. El chañar se reconoce enseguida por su corteza verde que se descascara. Los cactus guardan agua en sus tallos y han transformado sus hojas en espinas.

Mis preferidos para sorprender a los visitantes son los claveles del aire. No tienen raíces: son plantas epífitas que viven apoyadas en otras plantas, y toman el agua y los nutrientes directamente del aire, del rocío.

—¿Cuáles son las amenazas para la flora nativa?

—La principal amenaza es la pérdida de hábitat. El avance urbano sobre el piedemonte, la expansión de la frontera agrícola, los incendios forestales y el sobrepastoreo van achicando los ambientes naturales.

Desde mi punto de vista, las especies que requieren mayor atención son las endémicas, porque viven únicamente en un territorio determinado y en ningún otro lugar del mundo. Tienen una historia evolutiva única, construida durante miles de años en ese lugar. Por lo general comparten algunas características: distribución restringida; poblaciones pequeñas y aisladas, con pocos individuos; y alta especialización, ya que están adaptadas a condiciones muy precisas de suelo, clima o altitud, y por eso resulta muy complicado su cultivo ex situ. Mendoza es muy rica en endemismos, sobre todo en La Payunia y en la zona andina.

—¿Cómo se trabaja para reproducir especies, estudiarlas y preservar su genética?

—No se puede proteger lo que no se conoce. Conocemos mucho sobre algunas especies, pero de otras todavía sabemos muy poco, como en el caso de las endémicas. No sabemos con precisión cuántos individuos quedan, dónde están, quién las poliniza ni cómo germinan sus semillas. Investigar es la primera herramienta de conservación. Con esos datos se puede definir si una especie está amenazada, justificar su protección legal, decidir qué poblaciones hay que cuidar primero y planificar un área protegida. Sin investigación, una planta puede desaparecer sin que nadie lo note.

El trabajo es paciente y combina campo, laboratorio y vivero (domesticación). Todo empieza por conocer bien la especie: dónde crece, cuándo florece y fructifica, y cómo se reproduce. Ahí el rol de los herbarios locales, como es el caso del Herbario MEN en la FCA y el Herbario MERL en el Iadiza, es clave. Cada planta es un registro con fecha y lugar, y en conjunto muestran, a modo de ejemplo, dónde estuvo una especie hace 50 años y dónde hoy.

Con la información que aportan los herbarios y los datos obtenidos en relevamientos a campo, llega la etapa de recolección de semillas. Un punto importante es juntarlas de muchas plantas distintas y de diferentes poblaciones, no de un solo ejemplar; así conservamos la diversidad genética, que es lo que les da a las especies la capacidad de adaptarse a cambios, plagas o sequías.

En las endémicas, que suelen tener pocas poblaciones, esto es todavía más importante. Y debe realizarse con mucha responsabilidad, ya que no podemos dejar sin semillas a los ejemplares en su sitio. El paso siguiente es estudiar los requerimientos de cada especie para germinar y mantener en cultivo. Parece un detalle de laboratorio, pero es la llave para multiplicar una especie.

El jardín secreto

Incorporar plantas nativas al jardín requiere conocer sus necesidades y elegir las especies adecuadas para cada espacio. Una de las primeras recomendaciones es comprar en viveros que produzcan sus ejemplares a partir de semillas o esquejes, y evitar aquellos extraídos directamente del ambiente natural. Esta precaución es especialmente importante en el caso de los cactus, cuya extracción puede afectar las poblaciones silvestres.

Antes de plantar, conviene evaluar las condiciones del lugar: la cantidad de horas de sol, el espacio disponible y el tamaño que alcanzará cada especie cuando llegue a la adultez. Esta planificación permite evitar problemas de crecimiento y facilita el mantenimiento.

El riego es otro aspecto central. A diferencia de lo que ocurre con el césped, muchas plantas nativas necesitan poca agua una vez establecidas. El exceso de humedad puede perjudicar las raíces, por lo que es importante contar con suelos sueltos y con buen drenaje. Durante los primeros meses, sin embargo, es necesario acompañar el crecimiento con riegos que ayuden a las plantas a afirmarse.

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