28 de diciembre de 2014 - 00:00

¿Y la vitivinicultura?

El autor asegura que hay que sacar el sobrestock de vino blanco antes de la cosecha. Cree necesario seguir buscando diálogos y consensos en el sector.

Hace un año escribí una columna en la que el título era “Del círculo virtuoso al círculo pernicioso”.

¿Qué ha pasado en este 2014 que está terminando? La dura realidad se hizo presente.

Comenzamos enero con una devaluación que nos entusiasmó con la creencia de que podríamos recuperar mercados de exportación en franjas de precios, las más bajas pero también las de mayor volumen, en las que habíamos dejado de operar, no por falta de demanda sino porque nuestros precios no eran competitivos con los de otros países productores.

El inmediato incremento de los insumos secos, de los fletes y de los servicios, hizo que rápidamente esa competitividad fuera desapareciendo, y el no ajuste posterior durante el año del tipo de cambio con respecto a la inflación, hizo desaparecer esa posibilidad.

Se estimó una cosecha 2014 bastante inferior a la que realmente resultó, fijándose en base a los pronósticos un porcentaje de elaboración de mosto sustancialmente menor a 2013, lo que originó un aumento importante en la elaboración de vinos, sobre todo los blancos que, en lugar de ir a mosto, se hicieron vinos.

El mercado externo continuó su caída básicamente en vinos a granel por la pérdida de competitividad, y si bien los volúmenes se mantuvieron similares en las exportaciones de mosto concentrado, los ingresos de divisas se redujeron sustancialmente, ya que los precios internacionales cayeron a la mitad del valor FOB al que se exportaba hace un año, como consecuencia de grandes producciones en España y Estados Unidos, entre otros.

Esta caída era previsible ya que los precios actuales están alrededor de los históricos de este producto. Lo único que se ha mantenido es la exportación de vino embotellado, soportado por las exportaciones de más de U$S 30 FOB, por caja de 9 litros.

El mercado interno, con el paso de los meses, se fue deteriorando y llevamos una caída acumulada que no se veía desde hace muchos años. Esta baja impacta fuertemente en los embotellados masivos. Son los vinos que la gente toma en botella diariamente los que están sufriendo, no sólo por un menor consumo como consecuencia de la falta de poder adquisitivo de la gente, sino también por los menores inventarios de productos terminados en todos los canales debido a lo que cuesta hoy la tasa de interés (cercana al 30%) y que en definitiva hacen crecer los stocks en graneles en bodegas, ya de por sí elevados.

En resumen tanto en el mercado externo como en el interno, ha habido una caída en ventas. Esta caída afecta toda la cadena vitivinícola y es muy preocupante. Ahora estamos en un escenario de menor volumen y nada de rentabilidad.

Hemos escuchado reclamos de todos los sectores, tanto de los productores, de los intermediarios, de los comercializadores y no dudamos que todos han sido afectados. Hay problemas en la cadena de pagos, desde distribuidores de vino en problemas hasta bodegas pequeñas y medianas.

Por otro lado, a la ya planteada situación del mercado del mosto concentrado, debemos agregar que en el mundo hay una sobre oferta de vinos que no permite mejora de los precios.

Hemos, durante todo el año, mantenido contacto y trabajado en conjunto con los gobiernos provinciales y a la par planteado los temas en el máximo nivel del gobierno nacional sin tener, hasta ahora, propuestas que nos permitan mejorar este panorama.

Éste depende de políticas macroeconómicas que no afectan sólo a la vitivinicultura, sino también a la mayoría de las economías regionales.

Es realmente difícil explicar por qué un producto terminado con valor agregado como es el vino embotellado, de los pocos productos argentinos que llegan con marca al consumidor del exterior, que ayuda a la identificación de nuestro país en más de 120 países, tenga que pagar derechos de exportación.

La falta de acuerdos internacionales con nuestros principales países de destino de nuestras exportaciones, también nos deja en desventaja con otros países productores. Ni qué hablar con nuestros vecinos del otro lado de la cordillera que tienen ventajas en los derechos de importación que pagan sus vinos cuando llegan a países con los que tienen ventajosos acuerdos.

Las altas tasas de interés, para una industria de capital intensivo como la vitivinícola, contribuyen a que cada día caigan más las inversiones y que sea extremadamente costoso financiarse en la operación diaria.

Las demoras en la cobranza de reembolsos, y la devolución de IVA de los productos exportados, no hacen más que complicar las operaciones diarias de nuestras empresas con el consecuente ahogo financiero.

Los controles de precios continúan en el mercado interno y a esto se suma la incipiente recesión que ocasiona la inflación, afectando los niveles de consumo, no sólo de los vinos.

Esperamos que proyectos que han aparecido sobre tolerancia cero al alcohol no lleguen a convertirse en ley, porque esto crearía una psicosis que afectaría no solamente el consumo -cosa que ya está pasando en los sitios donde se puso en vigencia- sino también al turismo enológico, fuente importante de ingresos, sobre todo para las pequeñas bodegas. Estamos convencidos de que es mucho más efectivo extremar los controles y las sanciones a los infractores de las actuales tolerancias.

En 2014, según lo que observamos hasta ahora, no hemos tenido inclemencias climáticas severas, por lo que se espera una buena cosecha en volumen y calidad para 2015.

Por lo descripto, la situación es complicada y a veces estamos tentados a buscar soluciones mágicas que a la larga no cumplen con los objetivos buscados. Hoy sobra vino blanco y debemos darle salida. Como vimos, buscar la solución en el mercado interno es en vano por falta de demanda.

El mercado externo tiene posibilidades pero a precios internacionales competitivos. Es mejor estudiar esta última alternativa aunque haya que hacer un esfuerzo más de pérdida de rentabilidad, o incluso de costos, que quedarnos con los vinos en stock. Los vinos que sobran no mejoran con el tiempo.

Escuchamos y escucharemos propuestas paliativas como atrasar la fecha de liberación de los vinos y otras por el estilo. Eso es sólo esconder el problema debajo de la alfombra. La solución para mejorar la situación futura es bajar stocks. La alternativa de destilación es costosa y hasta ahora los gobiernos provinciales y el nacional, no están dispuestos a subsidiarla.

Los esquemas de producción y comercialización no han tenido variaciones significativas en los últimos años, en los que la vitivinicultura se desempeñó en forma creciente, con una buena distribución de la renta para todos los actores. Hoy las condiciones macroeconómicas han cambiado y lo peor que podemos hacer es echarnos culpas entre los distintos actores de la cadena vitivinícola.

La industria ha logrado una trabajosa pero fructífera unión que la llevó a diagramar un Plan Estratégico de la Vitivinicultura hasta 2020, consensuado por todos los sectores, que muchas veces fue puesto de ejemplo a nivel nacional.

Debemos todos juntos revisar este Plan, dialogar y buscar los consensos necesarios que nos permitan transitar este difícil momento en busca de las mejores soluciones.

El tema planteado en el Foro Internacional de Bodegas de Argentina de este año, referido a los desafíos de la productividad, estamos convencidos que fue un aporte en este sentido, un primer paso. Dialogando entre todos debemos consensuar las acciones que permitan a la vitivinicultura seguir siendo una de las industrias que potencian a las provincias vitivinícolas, no sólo en la Argentina sino también en el mundo.

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