Entre escándalos de corrupción, gases lacrimógenos en las calles y disturbios en el Congreso, las cosas pintan feas para el presidente brasileño Michel Temer en su intento por dar vuelta a la economía más grande de América Latina.
Entre escándalos de corrupción, gases lacrimógenos en las calles y disturbios en el Congreso, las cosas pintan feas para el presidente brasileño Michel Temer en su intento por dar vuelta a la economía más grande de América Latina.
Su gobierno aplaudió el martes que el Senado aprobara el congelamiento del gasto público durante 20 años, una medida sin precedentes y la primera de su paquete de austeridad.
“Esta fue una medida histórica”, dijo el ministro de Finanzas Henrique Meirelles, elegido por Temer para sacar a Brasil de su peor recesión en décadas.
Pero el mandatario, que tomó el poder este agosto después de la destitución de la presidenta de izquierda Dilma Rousseff, tiene pocos motivos para celebrar.
La segunda parte de su paquete de austeridad, que prevé aumentar la edad mínima de jubilación, enfrenta una acogida bastante más hostil en el Congreso, mientras las protestas callejeras se vuelven cada vez más acaloradas.
Sobre el gobierno entero de Temer, incluyendo el mismo presidente, pesa además el espectro de una corrupción en constante expansión centrada en la petrolera Petrobras, que provoca el pánico de la élite brasileña.
A Temer le falta la legitimidad política que da ganar unas elecciones y rápidamente se volvió casi tan impopular como Rousseff, con sólo 10% de la población diciendo que su gobierno hace un buen trabajo.
A diferencia de Rousseff, Temer goza de un fuerte apoyo del Congreso, aunque ello ya están apareciendo fisuras.
Por si fuera poco, la Corte Electoral Suprema está revisando si la elección de Rousseff en 2014, con Temer como vicepresidente, debería ser anulada por fondos de campaña mal recibidos. En ese caso, el mandatario debería renunciar para celebrar elecciones anticipadas.