16 de marzo de 2013 - 01:20

En las villas, lavaba los pies a los chicos adictos

Dos “curas villeros” relatan que el cardenal Bergoglio visitó los barrios 21 y Zabaleta “miles de veces”.

Una villa donde Jorge Bergoglio daba misa a gente en situación de extrema pobreza o lavaba pies de niños adictos sigue conmocionada por la elección de Bergoglio como Papa.

La excitación reina entre esos hombres y mujeres que entran y salen de la parroquia de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé, en las villas 21 y Zabaleta, con casi 50.000 almas en el barrio de Barracas, en la empobrecida zona sur de Buenos Aires.

“¡Son incontables las veces que estuvo aquí Bergoglio cuando era cardenal; fueron miles!”, trata de ilustrar el padre Juan Isasmendi, un sacerdote de 32 años, corpulento, de profusa barba negra y voz estentórea.

El padre Juan ingresa a paso firme a la pequeña nave de la parroquia dedicada a la Virgen de piel morena, patrona de la vecina Paraguay, y muestra los murales con motivos de pueblos originarios, labores indígenas y religiosidad popular.

“Francisco fue el iniciador de nuestro centro de adicciones con la ceremonia de lavar los pies a 12 chicos, de los cuales a 10 los hemos recuperado”, narra la historia este joven “cura villero”, como se lo conoce en Buenos Aires.

Nacido en Salta, el padre Juan fue ordenado por Bergoglio, cuya entronización “es algo muy fuerte para nosotros y hasta suena raro verlo Papa”.

“¡Qué decisión de no ponerse zapatos rojos y andar con sus zapatos negros! Así es como lo conocemos. Tomando mate con los abuelos del hogar de ancianos”, recuerda.

De pronto el cura se entusiasma cuando atraviesa el portal del modesto edificio, de paredes blancas, una mujer de pequeña estatura, piel morena y arrugada, vestida con una vieja campera, falda cosida a mano y sandalias.

“¡Eva, aquí estás! ... ¡Por favor andá a buscar tu foto con Bergoglio y traela al periodista!”, le ordena en tono cariñoso pero imperativo.

Eva Camilo (67 años), una brasileña de Río Grande, emigrada a Argentina hace 48 años, vuelve enseguida con una foto en colores de Bergoglio en la parroquia impartiendo la comunión a Rubén David, el nieto de la mujer, junto a Julio, su padre.

“Soy misionera aquí, ¿sabe? Fue Francisco quien me entregó la cruz que me hace misionera. Yo hago pan en el horno de mi casa, ¿sabe? para los que son más pobres que yo y visito enfermos”, habla de su vida y sus empeños Eva.

Sin más demora, Eva se encamina hacia un patio antes de la sacristía y pasa debajo de un gran mural con escenas de indígenas y gauchos a caballo, pintado por los fieles en las blancas paredes gastadas.

Se asoma al patio y se suma a la actividad febril de una feria que está a punto de comenzar con fines benéficos, en una de cuyas mesas trabaja Mónica Aveiro, quien se ríe cuando el cronista le pregunta la edad.

“¡A las mujeres no se les pregunta eso!”, se queja pero confiesa 48 años y 3 hijos (de 24, 22 y 13). Mónica cuenta que cumple labores comunitarias y es devota del hombre que ahora es Sumo Pontífice y que aquí dejó una huella profunda.

Mónica es una más de la inmensa mayoría de originarios paraguayos que habitan la villa, que tuvo que emigrar por falta de trabajo en su país.

La trabajadora confiesa que no son raras las fotos con Bergoglio y que son tantas que en cada casa hay una, de manera que planean hacer un gigantesco mural con ellas.

“Yo trabajo para los pobres y 'mangueo plata, soy jodida para eso” bromea. De Bergoglio te cuento que siempre lo veíamos cuando venía caminando con su pequeño maletín, sin que nadie lo acompañara”.

Bergoglio, el cardenal, aparecía por una calle que desemboca en la parroquia, entre casas construidas a pulmón por habitantes albañiles, con ladrillos expuestos pero no como moda de arquitectos sino porque aquí no hay plata para el revoque.

“La Semana Santa venía y lavaba los pies a los pobres, sin preguntar si eran peruanos, bolivianos o paraguayos. No hacía diferencias para dar bautismos o confirmaciones”, evoca.

Pero si hay algo que le ha impactado a Mónica es cuando mantuvo este diálogo con Bergoglio: “Y vos ¿de dónde sos? Soy paraguaya, le contesté. Y me dijo: “Ah, entonces sos una heroína...”.

“¿Por qué?, le pregunté -prosigue--. Porque en la guerra (de la Triple Alianza, 1864-1870) ya no había hombres y peleaban las mujeres”, dice Mónica sobre el conflicto en el que Brasil, Argentina y Uruguay invadieron la nación guaraní.

Afuera se nubló y sigue fresco el fin del verano pero hay un alegre nerviosismo, como el de otro “cura villero”, el padre Toto (Lorenzo de Vedia), que a los 46 años recuerda con cariño el inicio del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo de los años 70.

“De Bergoglio aprendimos su religiosidad popular”, afirma el padre Toto parado delante del modesto altar, flanqueado por una estatua de la Virgen de Caacupé y debajo de una gran foto del legendario Padre Carlos Mugica.

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