15 de agosto de 2014 - 00:00

Una travesía por las verdes aguas

Es mediodía y el calor no tiene piedad. Un surco de aguas verdes y calmas, entre la exuberante vegetación, encamina a descubrir una de las obras de ingeniería más sorprendentes del mundo: el Canal de Panamá.

La odisea comienza a bordo del Tuira II con 300 turistas ansiosos. Hace un siglo, el 15 de agosto de 1914, el vapor Ancón pasó por allí inaugurando la ruta que, construida por Estados Unidos, unió los océanos Atlántico y Pacífico, y transformó el comercio marítimo mundial.

La embarcación, abastecida con agua, refrescos y cervezas, parte rumbo al Pacífico desde Gamboa, en la cuenca del Atlántico, en la curva de un río que alimenta al Lago Gatún, al noroeste de la capital.

Las cámaras disparan cuando el guía señala, al pie de una colina, un edificio de una planta cercado de alambres, vigilado desde tres garitas. Es la cárcel El Renacer, donde están el anciano ex dictador Manuel Noriega y otros presos de “cuello blanco”.

La nave se adentra por el Corte Culebra, el tramo más angosto del Canal y el más difícil de construir. Unos 22.000 obreros murieron por enfermedades tropicales durante el fracasado proyecto francés (1881-1904) y 5.000 en los siguientes diez años de construcción estadounidense.
"Todo esto lo abrieron a pico y pala. Fue muy duro. Miles murieron para construir esta maravilla y yo hoy, 100 años después, estoy aquí", dice Cecilia López, una jubilada colombiana de 64 años, que pese al bochorno viste un poncho típico de su natal Medellín.

El trayecto continúa y todos sacan fotos al cruzarse con buques cargados de mercancías.

Desde que lo hizo el Ancón, más de un millón de barcos han atravesado los 80 km del Canal. Para hacerlo, deben bajar y subir por dos juegos de esclusas, Gatún en el Atlántico y Pedro Miguel y Miraflores en el Pacífico, porque el Lago Gatún está 26 metros sobre el nivel del mar.

“No es cierto que un océano sea más alto que el otro”, aclara el guía en la esclusa Pedro Miguel. Suena una corneta y el momento culminante llega: 100.000 metros cúbicos se drenan por enormes válvulas inferiores y el Tuira II desciende diez metros en ocho minutos.

Cecilia no para de tomar fotos. Todos, apiñados en la cubierta, sonríen para inmortalizar el momento en que abren lentamente las pesadas compuertas metálicas de 25 m de alto, verdosas por las algas. Muchos aplauden cual si fuera un acto de magia.

A un kilómetro está Miraflores con dos esclusas, una baja ocho metros y la otra los ocho restantes. Pelícanos, garzas y albatros revolotean al otro lado de la última compuerta. Buscan atrapar a los peces que, cuando ésta abra, no podrán nadar en agua salada.

Poco a poco va dejando al descubierto el manto al que hace 500 años el conquistador español Vasco Núñez de Balboa llamó el Mar del Sur. Por el altoparlante, el guía dice exultante: “Bienvenidos al Océano Pacífico”.

A la derecha se aprecia la zona por donde irá el tercer carril de esclusas que se construye para buques gigantescos, con el triple de carga de los que actualmente cruzan el Canal.

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