El desierto palacio real en Trípoli, oculto tras verjas cerradas y un jardín crecido, yace como monumento al violento rechazo del coronel Muamar Kadafi hacia la monarquía de Libia.
El desierto palacio real en Trípoli, oculto tras verjas cerradas y un jardín crecido, yace como monumento al violento rechazo del coronel Muamar Kadafi hacia la monarquía de Libia.
Kadafi derrocó al rey Idris, el líder fundador del país, en un golpe de Estado en 1969, pero eso no fue todo. Él también abolió la monarquía; eliminó la bandera real; desterró o encarceló a los parientes del rey; y convirtió el palacio de domo dorado en espacio para oficinas, una biblioteca y, después de 2009, en un magnífico museo privado para antigüedades clásicas.
Sin embargo, la memoria popular del rey Idris, quien murió en El Cairo en 1983, ha perdurado discretamente en Libia. Y ahora, tras la propia caída de Kadafi y los años de violenta agitación que han seguido, los realistas de clóset del país han surgido como una sugerencia radical: el restablecimiento de una forma de monarquía, cuando menos temporalmente, para dejar que los libios se formen detrás de una respetada figura paterna y empiecen a reconstruir su fragmentada nación.
Los disidentes son abruptos, con milicias rivales luchando continuamente por el predominio. En feroz combate hace una semana en la ciudad oriental de Bengasi, varios barrios cruciales cambiaron de manos. En el oeste, combatientes de Estado Islámico decapitaron a 12 oficiales en el poblado de Sabratha, donde aviones de combate de Estados Unidos bombardearon un campo extremista la semana pasada.
“La monarquía ofrece la salida más viable del caos actual, y es correcta para el pueblo libio”, dijo Fathi Abdalá Sikta del Movimiento Regreso a la Legitimidad Constitucional. “El rey es un símbolo de unidad para el pueblo”.
Muchos libios ridiculizan esa idea por considerarla una fantasía impulsada por la nostalgia fuera de lugar hacia la breve era de Libia como un reino independiente, de 1951 a 1969. Estados Unidos y sus aliados han lanzado su peso detrás de un titubeante proceso de paz encabezado por Naciones Unidas, con base en Túnez, como la mejor apuesta para estabilizar al país.
“No podemos regresar 60 años”, dijo Abderramán Swehli, influyente político de Misrata, refiriéndose al movimiento realista. “La gente que habla sobre estas cosas vive en una nube de locos”.
El único aspecto en el que todas las partes coinciden es en que los pesares de Libia están empeorando rápidamente.
En términos políticos, Libia está desgarrada entre dos parlamentos rivales: uno en Trípoli, en el oeste; el otro en Tobruk, en el este.
Militarmente, una diversidad calidoscópica de milicias que son leales de manera diversa a poblados, tribus o ideologías religiosas buscan el control. En Bengasi, donde arde la guerra abierta, el conflicto está impulsado por un obstinado comandante de milicia, general Jalifa Hifter; en el resto de los lugares, es grave la crisis humanitaria, al tiempo que el dinero del petróleo, la fuente tradicional de riqueza de Libia, se está agotando rápidamente.
Después está el Estado Islámico, que en apenas poco más de un año ha capturado 240 kilómetros de litoral libio, donde tienen su base hasta 6.500 combatientes. Esa agresiva expansión ha atraído reclutas nuevos de todo el norte de África. Alarmados países de Occidente, encabezados por Estados Unidos, están sopesando una campaña de ataques aéreos en contra de Estado Islámico, posiblemente en los próximos meses.
Quienes dicen que un rey puede rescatar al país apuntan a un príncipe heredero poco conocido, Mohammed el-Senussi, uno de los sobrinos nietos del rey Idris. El príncipe trabajó en otra época para el ministerio de Agricultura del gobierno de Kadafi, pero huyó después al exilio a finales de los 80. Fue una presencia prominente en los medios noticiosos cuando el régimen se tambaleó a comienzos de 2011, ofreciendo sus servicios para reconstruir el país, pero en años recientes se ha vuelto una figura más distante. Ocasionalmente se dirige a los libios mediante videos publicados en internet, pero su sitio en la web se concentra en sus pasatiempos y amor a los deportes, ofreciendo escasa información sobre su ocupación o fuentes de ingresos.
Un subalterno del príncipe en Estados Unidos, Alaa el-Senussi, dijo que su jefe “estaba listo para regresar a Libia si el pueblo lo demandaba”.
Cuántos libios quieren eso, realmente es una pregunta sin respuesta. Sin embargo, el hecho de que la idea encuentre al menos apoyo nominal de una amplia gama, a veces improbable, de libios, es una señal, dicen muchos, del grado de desesperación que albergan por un líder que pueda encontrar una forma de salir de las crecientes dificultades del país.
“Si este combate continúa, muchos libios verán un regreso a la monarquía como una solución viable”, dijo Abdulrauf Kara, comandante de una milicia islamista que se ha convertido en una presencia dominante en Trípoli. “Después de cinco años, la gente está harta de los políticos, porque son mentirosos. Ha habido mucha corrupción y despilfarro”.
Para Occidente y para la mayoría de los libios, el proceso político encabezado por Naciones Unidas contiene la mayor promesa, aunque también la más problemática.
Desde diciembre, el enviado de Naciones Unidas, Martin Kobler, ha estado volando por la región en su pequeño avión en un esfuerzo por forjar un gobierno de unidad. Sin embargo, el esfuerzo se ha estancado estrepitosamente. Han estallado acaloradas disputas en torno a quién debería formar parte del gabinete del nuevo gobierno, y Kobler ha encontrado empecinada oposición de la díscola administración en Trípoli, que en últimas fechas se ha negado a permitir siquiera que Kobler aterrice en la capital.
Sin embargo, el mayor punto de contención pudiera ser Hifter, en otra época activo de la CIA que regresó a Libia en 2011.
En un país lleno de comandantes de milicia, el general es una figura de excepcional prominencia y división. Él se pinta como un guerrero valiente en contra del extremismo islámico, y en el oriente de Libia mucha gente lo saluda como héroe.
Sus enemigos lo denuncian como un déspota hambriento de poder en ciernes. “Él es un criminal cuyo sueño es ser dictador”, dijo Jamal Naji Zubia, el director de la oficina de medios extranjeros en Trípoli.
En comentarios en El Cairo la semana pasada, Kobler reconoció que el trato de paz de la ONU había sido armado apresuradamente bajo la presión de Occidente, y que adolecía de un “problema de legitimidad” porque se firmó sin el acuerdo de todas las partes. Sin embargo, insistió, los libios no tuvieron más opción que moverse rápidamente, particularmente dada la marcha incesante de Estado Islámico.
“No podíamos darnos el lujo de negociar durante seis meses más, particularmente con la expansión del EI”, destacó Kobler, apuntando a un mapa del territorio controlado por Estado Islámico a lo largo de Libia. “Esta es una situación en la que tienes que actuar. Sencillamente no hay tiempo”.