31 de julio de 2013 - 23:56

No todos ven con buenos ojos la "revolución”

La revolución de Francisco está en marcha y no todo el mundo está contento con ella.

En los cuatro meses de su papado, Francisco exhortó a los jóvenes católicos a que salgan de las trincheras espirituales y sacudan una iglesia doctrinaria, anquilosada, que pierde fieles y relevancia.

Pidió un papel más prominente para las mujeres, aunque no como curas, en una iglesia que reconoce que María es más importante que cualquiera de los apóstoles. Y causó conmoción, dejando posiblemente sin aire a los sectores más homofóbicos, al pronunciar la palabra “homosexuales” y acotar: “¿Y qué?”.

El pontífice argentino se ha metido en el bolsillo a millones de fieles e incluso a la prensa, oficiando la segunda misa papal más concurrida de la historia en Río de Janeiro, donde asistió a las Jornadas Mundiales de la Juventud.

Eso le da ciertos reaseguros a medida que hace lo que se le encomendó: reformar no sólo una burocracia vaticana que no funciona sino la Iglesia misma, usando su propia persona y su historia personal como modelos.

“Le está devolviendo la credibilidad al catolicismo”, afirmó el historiador de la iglesia Alberto Melloni.

Ese entusiasmo, no obstante, no es compartido por todos.

El predecesor de Francisco, Benedicto XVI, había dado fuerza a los sectores más tradicionalistas de la Iglesia, que quieren misas en latín y se oponen a las reformas del Concilio Vaticano II. A ese grupo le preocupó un poco la elección de Francisco y ahora sus peores premoniciones se están haciendo realidad.

Francisco ha hablado públicamente y en privado acerca de los “grupos restauracionistas”, a los que acusa de ser retrógrados que han perdido el sentido de la misión evangelizadora de la Iglesia en el siglo XXI.

Su reciente decisión de prohibir a los sacerdotes de una orden religiosa celebrar la misa en latín sin la autorización de la cúpula de la Iglesia, pareció dar marcha atrás con una de las grandes iniciativas del papado de Benedicto XVI.

El Vaticano negó que hubiera contradicción alguna entre las posturas de ambos, pero los católicos tradicionalistas ven en las palabras y los hechos de Francisco una amenaza y están en retirada, por ahora.

“Sean inteligentes. Habrá tiempo en el futuro para que la gente analice el significado del  Concilio Vaticano II”, expresó el reverendo John Zuhlsdorf en su blog dirigido a lectores tradicionalistas. “Pero escuchen lo que les digo: si cuestionan el Concilio Vaticano II en este momento, en el ambiente actual, podrían perder lo que han conseguido”.

Tampoco los conservadores moderados están muy contentos con Francisco.

En una reciente entrevista con el National Catholic Reporter, el arzobispo de Filadelfia, Estados Unidos, Charles Chaput, dijo que los católicos de derecha “no están contentos” con Francisco.

Una cosa está clara: Francisco no ha cambiado nada acerca de las enseñanzas de la Iglesia. No se ha dicho ni se ha hecho nada que vaya en contra de la doctrina.

El tono y las prioridades, no obstante, pueden constituir un cambio, especialmente cuando se toma en cuenta los temas en los que no se ha hecho énfasis, como la doctrina de la Iglesia sobre el aborto, el casamiento homosexual y otros asuntos a los que Benedicto XVI y Juan Pablo II aludían con frecuencia.

El diario del Vaticano, L'Osservatore Romano, empleó la palabra “gay” en su edición del miércoles en un artículo expresando admiración ante los cambios impulsados por Francisco. Fue quizás la primera vez, en sus 150 años de vida, que usó esa palabra.

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