El pasado martes murió Emile Maxim St. Patrick Higgins, el empresario conocido como Max Higgins y había prometido construir un “Disney argentino”, quien fue hallado sin vida en las calles del partido bonaerense de Merlo.
Con su muerte a los 55 años, se apaga la extravagante y oscura historia del jamaiquino que encandiló a la farándula y terminó sus días en la indigencia.
El pasado martes murió Emile Maxim St. Patrick Higgins, el empresario conocido como Max Higgins y había prometido construir un “Disney argentino”, quien fue hallado sin vida en las calles del partido bonaerense de Merlo.
El hombre de 55 años y de nacionalidad jamaiquina, fue hallado en plena vía pública en posición fetal y fue un empleado de una empresa cercana quien dio aviso a las autoridades tras reconocer al hombre que desde hacía unas tres semanas habitaba la intemperie de esa cuadra.
La policía científica y una ambulancia que acudió al lugar confirmaron que el deceso se produjo por causas naturales, sin indicios de violencia física ni participación de terceros.
No obstante, la Unidad Funcional de Instrucción N° 3 de Morón abrió una causa bajo la carátula de “averiguación de causales de muerte” y ordenó la realización de la autopsia para esclarecer las circunstancias del fallecimiento de quien alguna vez se autoproclamó el “Rey del Entretenimiento”.
Nacido en Kingston, Jamaica, hijo de un exjefe policial y una esteticista, Higgins llegó a la Argentina en 2005. Sus primeros pasos en el país estuvieron rodeados de un aura extraña: en 2006 denunció el robo de 30.000 dólares en su habitación de hotel, una versión desmentida por los conserjes, quienes alegaron que el extranjero en realidad les adeudaba miles de pesos.
A pesar de las deudas iniciales, Higgins comenzó un vertiginoso ascenso social. Tras contraer matrimonio a principios de 2007 con Sandra Noemí Zapata, pasó rápidamente de compartir cocina y baño en una humilde pensión de San Telmo a alquilar un costoso departamento en Puerto Madero por 2.300 dólares mensuales, con oficina propia y custodia personal.
Fue la época dorada de su gran fantasía: el anuncio de un megaparque de diversiones del estilo de Walt Disney en San Pedro, provincia de Buenos Aires, bajo una supuesta inversión de mil millones de dólares.
Al mismo tiempo, registró localmente la firma Higgins Warner Corporation y lanzó un sitio web prometiendo insólitos retornos del 20 por ciento a quienes invirtieran bajo su tutela.
Higgins personificó la ostentación. Descendía de aviones privados con trajes italianos y valijas Louis Vuitton, y recorría las calles al mando de un imponente Lamborghini Diablo modelo 1989 que, según se supo mucho después, era prestado.
Su gran apuesta mediática fue el reality show "World Football Idol", un formato con el que pretendía descubrir nuevas promesas del fútbol. Aunque su primer evento en el estadio mundialista de Mar del Plata fue un rotundo fiasco con apenas 28 participantes, el jamaiquino redobló la apuesta y organizó una megamontaje en el estadio de All Boys.
Esa noche logró abrazarse a la gloria y a los flashes locales, contratando a Diego Maradona como estrella invitada, a Sergio Goycochea en la conducción, y presentando shows en vivo de Gloria Gaynor, Soledad Pastorutti y Los Nocheros.
El desmoronamiento del estilo de vida de Higgins fue tan maratónico como su ascenso. Su esposa, Sandra Zapata, con quien tuvo una hija a la que Higgins nunca conoció debido a una orden perimetral, lo denunció por violencia de género.
En los tribunales, Zapata presentó pruebas que revelaban que la fortuna de Higgins era una completa farsa y expuso antecedentes penales por estafas con cheques sin fondo en Estados Unidos e Inglaterra.
El supuesto magnate, que afirmaba tener dos billones de dólares embargados por conspiraciones internacionales, quedó expuesto como un estafador profesional. Pronto, el círculo de empresarios, famosos y asistentes que disfrutaban de sus lujos desapareció por completo.
Los últimos años de Max Higgins transcurrieron en el más doloroso abandono. Quien supo codearse con Maradona terminó durmiendo sobre un colchón de asfalto en una esquina de Retiro, usando un maletín como almohada y pidiendo limosna para poder comer.
Aquel hombre extravagante murió en la soledad absoluta de la calle. La autopsia determinará los detalles biológicos de su muerte, pero la crónica urbana ya ha dictado sentencia sobre su trágico destino: el hombre que prometió un reino de fantasía en San Pedro terminó encontrando la realidad más cruda en una vereda de Merlo.