30 de octubre de 2026 - 18:35

Murió Francisco Fredes, el hombre que trasformó con el yoga a la Zona Este

El referente del yoga en la zona Este murió a los 92 años. Fue uno de los fundadores de la Federación Mendocina de Yoga y creador de la Asociación de Yoga del Este. Formó a varias generaciones de profesores y convirtió una actividad que había comenzado después de su jubilación bancaria en el centro de su vida.

Francisco Eloy Fredes tenía una idea que repetía cuando hablaba de su vida y de su trabajo: cada persona debía hacer su aporte para mejorar el entorno que tenía a su alcance. No hablaba de grandes transformaciones ni de cambiar el mundo desde un lugar de privilegio. Se refería a algo más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil: ocuparse de lo que uno tiene cerca.

Él eligió hacerlo a través del yoga. Y durante décadas consiguió que esa práctica encontrara un lugar propio en la zona Este de Mendoza.

Francisco murió a los 92 años. Cuando lo entrevisté, tenía 78 y llevaba casi dos décadas jubilado del Banco Nación. Sin embargo, estaba lejos de imaginar una vida de descanso. Su agenda incluía clases de yoga, sesiones de Reiki, tareas en la Mutual de Empleados del Banco Nación, de la que era presidente, y una actividad cotidiana que parecía contradecir su edad.

Había nacido en Las Catitas, el 4 de octubre de 1934. Fue uno de diez hermanos y pasó buena parte de su juventud en Rivadavia. De chico trabajó con su padre, Carlos, en un secadero de frutas, mientras estudiaba. Después fue ayudante de gabinete y secretario en la Escuela de Comercio de San Martín, donde había cursado el secundario y hasta había publicado un pequeño libro de poesía.

Más tarde ingresó al Banco Nación. Allí desarrolló una extensa carrera que lo llevó a recorrer distintas regiones del país y a ocupar cargos jerárquicos, entre ellos los de subgerente departamental y auditor regional.

Pero aquella trayectoria, que para muchos habría sido suficiente para dar por cumplida una vida laboral, para Francisco era apenas una etapa. El yoga apareció en 1990 y terminó modificando sus prioridades. Cuando se jubiló, lejos de retirarse de la actividad, se dedicó de lleno a enseñar.

Fue uno de los fundadores de la Federación Mendocina de Yoga y creó la Asociación de Yoga del Este. Desde su casa, en la calle Remedios de Escalada, en San Martín, organizó un espacio de enseñanza que llegó a convertirse en uno de los centros más importantes de la provincia.

Allí funcionaba Samjal, un instituto cuyo nombre reunía las iniciales de su esposa, Mirta, sus hijas Silvia y Alejandra, y sus nietos. La familia también terminó involucrada en esa actividad: sus dos hijas y una nieta se formaron como profesoras y participaron de las clases.

La influencia de Francisco fue más allá de las paredes de su casa. De ese espacio surgieron personas que después comenzaron a enseñar yoga en distintos puntos del Este y de Mendoza. Así, una práctica que él había comenzado a desarrollar personalmente terminó extendiéndose a través de sus alumnos.

También buscó cambiar algunas formas de entender la disciplina. En aquella entrevista recordaba que, antes de su llegada, el yoga tenía ciertas exigencias que podían convertirse en una barrera para quienes querían acercarse. Había que vestirse de blanco y llegar antes del comienzo de la clase. Él propuso otra cosa: hacer que fuera más accesible e inclusivo.

"Yo hice que el yoga fuera más inclusivo y fuera más fácil llegar a él", explicaba.

Su trabajo también tuvo una dimensión institucional. Cuando la Ley del Deporte incluyó al yoga entre las disciplinas deportivas, participó de la organización de la Federación Mendocina de Yoga, con la intención de darle un marco propio a la actividad. Años después, los títulos de profesor de yoga consiguieron reconocimiento de la Secretaría de Deportes.

Francisco también enseñaba Reiki y meditación. No le gustaba demasiado que lo llamaran maestro. Prefería que le dijeran Francisco. En sus explicaciones aparecía con frecuencia la importancia de vivir el presente, sin quedar atrapado en las preocupaciones por aquello que todavía no había ocurrido ni en las cosas que ya no podían modificarse.

Incluso encontraba una explicación para su segundo nombre. Se llamaba Eloy y decía que le venía bien porque podía separarlo en dos palabras: "El hoy". Para él, el presente era el único tiempo que realmente podía vivirse.

Había atravesado también problemas de salud. De chico, según le contaba su familia, había sido un niño muy frágil. A los 33 años decidió abandonar los tratamientos y los medicamentos que tomaba desde hacía mucho tiempo. Más adelante, a los 70, debió someterse a una operación a corazón abierto. Después de la intervención, retomó sus prácticas y sus clases. En la entrevista recordaba que, apenas tres meses más tarde, ya estaba haciendo el Saludo al Sol.

Pero acaso lo más interesante de Francisco no estaba en su propia historia, sino en la cantidad de personas que había incorporado a ella.

Su hija Alejandra recordaba que el yoga había sido para ella una forma de reconstruirse después de una crisis personal. Lo definía como una nueva perspectiva para mirar la vida y destacaba el acompañamiento de su padre. Silvia también se convirtió en profesora, al igual que una de sus nietas.

Francisco había logrado que una actividad individual se transformara en una experiencia familiar y, después, en una comunidad.

En aquella conversación, cuando le pregunté por el sentido de todo lo que hacía, volvió a una idea que atravesaba buena parte de su pensamiento: "Yo tengo que aportar a mi entorno, porque es lo que tengo a mi alcance, es lo que puedo mejorar. Yo trabajo en este entorno y cada uno debería hacerlo en el suyo".

Tenía 78 años entonces. Había pasado por un secadero de frutas, una escuela y el Banco Nación. Había criado una familia, recorrido buena parte del país y encontrado, ya en la madurez, una actividad a la que terminó dedicándole el resto de su vida.

Ahora, a los 92 años, Francisco Fredes deja algo más que el recuerdo de sus clases y sus enseñanzas. Deja una institución, una familia que continuó su camino y varias generaciones de personas que aprendieron con él y llevaron el yoga a otros lugares.

Él prefería que lo llamaran Francisco. Y decía que su tarea consistía en mejorar aquello que tenía cerca. En la zona Este, ese entorno fue mucho más grande de lo que imaginaba.

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