Hoy, sin embargo, atraviesa un momento difícil. Hace unos seis meses que no puede subirse a su bicicleta debido a una hernia. Planea operarse para poder recuperarse y volver a su venta ambulante sobre dos ruedas.
También tiene otro sueño: construir una habitación más digna en un lote de Guaymallén que comparte con cinco de sus hijos.
Martín vendedor ambulante conocido como "Jesús del Parque" "Tincho" o "Maní".
Marcelo Rolland / Los Andes
De Martín a Jesús
Martín empezó a trabajar cuando tenía apenas 12 años. La vida, cuenta, lo obligó a “madurar rápido”. Fue padre a los 18 y, antes de cumplir los 17, logró terminar la escuela primaria.
“Mis padres se separaron y decidieron vender nuestra casa. Mi papá se fue a Estados Unidos y mi mamá se fue a vivir al barrio San Martín. Yo me quedé en la casa de mis abuelos paternos, en la Sexta Sección”, recuerda Tincho.
Fue allí, junto a su abuelo, donde encontró su primer oficio: electricista. “Mi abuelo tenía un comercio, Arco Luz, en calle Lavalle, de Ciudad. A la mañana trabajaba con él, ahí aprendí electricidad, y a la tarde iba a la escuela”, cuenta con una mirada nostálgica.
Cuando cumplió 15 años, su padre regresó de Estados Unidos, aunque había formado otra familia. “Yo tengo tres hermanas de madre y padre y dos hermanos más de la segunda familia de mi padre”, explica.
A los 17 años, Martín sintió la necesidad de volver a unir a su familia. “Con mis hermanos fuimos a buscar a mi mamá y decidimos alquilar una casa entre todos”, recuerda.
Para ese momento había dejado la escuela y se dedicaba de lleno a la electricidad, realizando trabajos particulares. Sin embargo, tomó una decisión que marcaría su vida: se inscribió en una escuela nocturna para terminar la primaria. No sabía que, además de obtener su diploma, allí encontraría a su primer gran amor.
“Terminé la primaria en la escuela Tambor de Tacuarí. Era un grupo hermoso. Salí mejor compañero y me recibí ‘con honores’”, cuenta con orgullo. Y enseguida agrega: “Ahí conocí a Estela”.
Martín y Estela se casaron apenas terminaron sus estudios primarios. Ambos tenían 18 años. Ese mismo año fueron padres y protagonizaron una historia de amor que duró seis años y dejó cuatro hijas. “Todas mujeres”, dice con orgullo.
A lo largo de su vida, Martín tuvo 11 hijos con tres parejas diferentes. “La más grande hoy tiene 53 años y el más chico, 27”, resume.
Los Benavente crecieron muy rápido. Antes de cumplir los 30, Martín ya tenía seis hijos. Esa situación lo llevó a dejar de lado cualquier posibilidad de continuar con sus estudios secundarios y concentrarse en el trabajo.
“Había que subsistir”, sintetiza. Y para subsistir hizo de todo.
Fue mucamo en los hoteles de Penitentes y Puente del Inca, una experiencia que recuerda con especial cariño.
“Conocí mucha gente. Era la época dorada de Alta Montaña. No solo aprendí a interpretar el tiempo, allí los temporales son salvajes, sino que adquirí nuevas habilidades en un trabajo formal. Además de limpiar y preparar las habitaciones, recibía a los turistas. El trato con la gente siempre fue mi fuerte. Ganaba más con las propinas que con el sueldo”, cuenta entre risas.
Su espíritu “buscavidas” lo llevó incluso durante cuatro años a Buenos Aires. “Estuve cuatro años en Morón. Ahí era ‘mantero’. Compraba ropa y la vendía en la calle. En esos años empezaron a salir las imitaciones de las grandes marcas y con eso pude vivir bien”, recuerda.
Martín vendedor ambulante conocido como "Jesús del Parque" "Tincho" o "Maní".
Marcelo Rolland / Los Andes
La llegada al Parque San Martín
Después de su aventura en Buenos Aires, Martín regresó a Mendoza junto a su segunda pareja y sus hijos. Se instalaron en la casa de una hermana, en Las Heras.
“Tenía 32 años, agarré la bici y salí a vender helados”, cuenta. Recuerda especialmente las tardes de verano. “Los calores de la siesta eran tremendos. Hasta me iba a Blanco Encalada en bicicleta para vender. Son locuras que hacía para sobrevivir. Ahora no lo puedo hacer más”, dice entre risas.
Esos calores sofocantes de Mendoza y la creciente competencia en las calles le hicieron pensar en una nueva estrategia comercial.
“¿Y si vendo de noche?”, se preguntó. La idea funcionó.
“De noche no solo me evitaba el calor, sino que vendía más porque prácticamente no tenía competencia. Ahí me enfoqué exclusivamente en el Parque San Martín y, a la vuelta, pasaba por el Parque Central”, reconstruye.
Fue en esa época cuando comenzó a gestarse el personaje que los mendocinos terminarían haciendo propio: “El Jesús del Parque” o “El Paolo”.
“El apodo que más me repetían era ‘Paolo del Parque’, pero Jesús o ‘Maní, maní’, por mi grito para vender, también son válidos”, se ríe.
El invierno lo obligó a ampliar su oferta. Martín comenzó a fabricar en su casa praliné, maní y pororó. Con el tiempo, esos productos reemplazaron definitivamente a los helados.
Y cualquiera que haya comprado alguna vez algo a Martín seguramente descubrió que la venta ambulante era apenas una parte de la historia. Era una necesidad, sí, pero también una excusa para conocer gente y transmitirles su particular filosofía de vida a quienes se cruzaban con él.
Muchos de esos clientes ocasionales terminaron convirtiéndose, con los años, en parte de su "enorme familia". “Yo creo mucho en las energías, sea cual sea la creencia de cada uno. Yo sé que todos estamos acá por una misión en particular y tengo el don de ver en los ojos de las personas su verdadera esencia. Creo mucho en la gente. Hay más buenos que malos”, sostiene.
Durante casi cuatro décadas de recorridas nocturnas por el parque vio pasar generaciones enteras. “Siempre me trataron con respeto. Y si bien los tiempos cambian, yo creo que las juventudes no. La esencia, la alegría y las ganas de los adolescentes no cambiaron con los años”, reflexiona.
Y agrega: “Ahora veo a esos adolescentes a los que algún día les vendía algo cuando tenían 18, 19 o 20 años. Hoy están casados, tienen hijos y se siguen acordando de mí. Eso es una gran alegría”.
Las “papas del amor”
Martín también asegura haber creado un producto que terminó convirtiéndose en parte de las historias de amor de muchos jóvenes mendocinos. “Mis papas son famosas”, dice entre risas.
Y enseguida explica: “Yo me acercaba a las parejitas, tal vez en su primera cita, y les vendía papas fritas. Les decía que eran ‘las papas del amor’”.
Según cuenta, todavía hoy se encuentra con algunas de aquellas parejas. “Hasta el día de hoy me cruzan matrimonios que nacieron en esos años”, dice, convencido de que aquellas noches dejaron algo más que ventas.
El “milagro de Jesús” en el Parque
Entre las innumerables historias que Martín acumuló durante sus recorridas hay una que recuerda especialmente. Una noche, su bicicleta y su instinto lo llevaron a detenerse frente a un auto.
“Iba con mi bici vendiendo y, al pasar por un auto, vi a un joven en una situación extraña. Se lo veía consternado y noté que tenía un arma en sus manos”, recuerda, mientras su habitual tono alegre cambia por completo.
En lugar de alejarse, decidió acercarse. “Empecé a charlar con él. Lógicamente, estaba a punto de cometer una locura. Estaba aturdido por sus adicciones, pero afortunadamente no lo hizo”, relata.
Con el paso de los años volvió a cruzarse varias veces con aquel joven. “Ya es un hombre. Está casado, tiene un hijo y es feliz. Cada vez que me ve me abraza y me dice: ‘Vos me salvaste la vida’”.
Para Martín, aquella noche quedó grabada como una de las más importantes de su vida. Una de tantas historias que ocurrieron en el parque y que explican por qué su figura trascendió ampliamente la venta callejera.
La bicicleta quedó en pausa, pero el sueño sigue
Martín es, sin dudas, uno de los personajes populares de Mendoza. A pesar de sus 71 años, nunca había dejado su bicicleta ni sus recorridas por el parque. Hasta que, hace unos seis meses, una hernia lo obligó a detenerse.
“Mi cuerpo me dijo: ‘Frená’. La verdad es que no podía más. Pero pienso en recuperarme y volver. Me tengo que operar”, dice.
Hoy vive en una precaria habitación dentro de un lote que comparte con cinco de sus hijos. Su deseo es mejorar sus condiciones de vida. “Quiero construir algo mejor”, anhela.
Su situación se conoció recientemente a partir de un video que se viralizó en las redes sociales. A partir de allí comenzaron a llegar las primeras donaciones y la solidaridad de quienes durante años lo vieron recorrer las noches mendocinas.
“Mi hijo armó en la puerta de casa un puesto con cosas que me donaron. Él va a empezar a vender choripanes y hamburguesas y yo voy a sumar mis productos: praliné, pochoclos...”, cuenta ilusionado.
Quizás por primera vez en cuatro décadas, Martín no será quien recorra las calles con su bicicleta buscando a sus clientes. Ahora son ellos quienes comenzaron a buscarlo a él.
Y mientras espera una operación que le permita volver a pedalear, el hombre que durante tantos años repartió maní, pochoclos, papas fritas y, sobre todo, palabras de aliento, sigue aferrado a la misma filosofía que repitió durante décadas en las noches del Parque San Martín: “Yo creo en la gente. Hay más buenos que malos”.
Quienes quieran colaborar con Martín pueden acercarse hasta su casa en calle Pellegrini al 805 de San José o directamente llamarlo para coordinar (2616183250). "Lo que más necesito son materiales de construcción", asegura.