El 28 de febrero de 1914, Diario Los Andes publicó la última entrevista concedida por Jorge Newbery. El aviador acababa de regresar de la cordillera, donde había estudiado los vientos y las posibles rutas para intentar una hazaña que parecía reservada a los héroes de una novela: atravesar los Andes en avión y aterrizar en Santiago de Chile.
Al día siguiente murió en Los Tamarindos, en el departamento de Las Heras. Aquel diálogo conservado por Los Andes se transformó así en un documento excepcional: contiene las últimas palabras públicas del pilóto.
El hombre que representaba el futuro
Jorge Alejandro Newbery nació en Buenos Aires el 27 de mayo de 1875. No fue solamente un aventurero. Era ingeniero, funcionario, docente, deportista y hombre de ciencia. Practicó boxeo, esgrima, natación, remo y automovilismo. Parecía necesitar constantemente un nuevo desafío. Cuando superaba una marca, ya estaba pensando en la siguiente.
Su pasión por atravesar los cielos despertó en 1907, cuando junto a Aarón de Anchorena realizó una travesía en un globo aerostático bautizado El Pampero. Poco después ambos impulsaron la creación del Aero Club Argentino.
En aquellos años, los vuelos congregaban multitudes. Los diarios anunciaban las ascensiones y seguían cada movimiento de los pilotos. Para una sociedad acostumbrada a mirar el cielo desde abajo, contemplar a un hombre suspendido sobre la ciudad tenía algo milagroso.
Newbery se convirtió rápidamente en un ídolo popular.
El desafío de la cordillera y las últimas palabras públicas de Newbery
A comienzos de 1914 llegó a Mendoza para estudiar personalmente las condiciones de si próximo desafío: cruzar la cordillera de los Andes.
El 27 de febrero regresó de una expedición por la cordillera. Al día siguiente, Los Andes relató su llegada y la entrevista que dio al diario.
Desde un comienzo el aviador no intentó disimular los obstáculos del cruce:
“Empezamos por pedirle que nos diera su última impresión -señala la nota-, la que ha recibido durante su estadía en la cordillera, y nos la manifestó sin mayores rodeos.
Reconoce las dificultades de la empresa, los enormes obstáculos que se oponen al vuelo de un ave mecánica en aquellas alturas y latitudes, pero es sinceramente optimista.
Tiene grandes esperanzas en el éxito de la empresa, cuyos detalles ha estudiado con verdadero ahínco y hasta con cariño, si cabe el concepto. Sin embargo, por modestia, no quiere dar mayores detalles; conceptúa que pudieran interpretarse, saliendo de él mismo, como una reclame que desea eludir”.
El diálogo continuó:
“—¿Dónde se elevará? —le preguntamos.
—No tengo nada resuelto de manera definitiva al respecto —nos contestó—, pero si el sitio es apropiado, como podré constatarlo en una visita que haré mañana, posiblemente me elevaré en Los Tamarindos, desde donde me sería más fácil ir tomando paulatinamente altura mientras vuelo hacia el oeste hasta alcanzar los cinco mil metros a que necesito llegar para efectuar la travesía, elevación que calculo poder alcanzar en media hora de vuelo. En caso de que por circunstancias especiales no conviniese decolar en Los Tamarindos, empezaría la prueba en Uspallata, que se encuentra a 1.730 metros sobre el nivel del mar.
—¿Y dónde piensa efectuarse el ‘aterrizaje’?
—Mi propósito es hacerlo en Santiago mismo”.
Newbery proyectaba partir de Mendoza y descender directamente en la capital chilena. Debía alcanzar los cinco mil metros en aproximadamente media hora y mantener luego la altura suficiente para superar la muralla cordillerana.
Entonces el periodista hizo una pregunta fundamental: ¿Qué ocurriría si el motor fallaba? ¿encontraría en el camino lugar apropiado para ‘aterrizar’?
La respuesta de Newbery muestra que comprendía con exactitud aquello que estaba arriesgando:
“—Difícilmente. En el caso o los casos a que usted se refiere, la única probabilidad de salvación sería descender en algún cajón de las montañas y tratar, pocos metros antes de tocar el suelo y mediante una maniobra rápida, que el aparato no se precipite de frente, como en un aterrizaje vulgar, sino que toque el suelo con la parte trasera, empinado como para emprender de nuevo el vuelo. La probabilidad remotísima de poder efectuar con éxito esta maniobra es la única esperanza que me restaría de no perecer en caso de que se haga imprescindible un descenso”.
No había exageración en sus palabras. Tampoco falsa modestia. Si el avión sufría un desperfecto sobre la cordillera, la posibilidad de sobrevivir era “remotísima”. En buena parte del trayecto, las laderas, los precipicios y los cajones montañosos convertían cualquier descenso forzoso en una condena.
Newbery lo sabía.
Luego de dar algunas especificaciones sobre el avión y señalar el apoyo del gobierno provincial, llegó la última pregunta: “—¿Y los riesgos de la empresa, señor Newbery?”
La respuesta del aviador fue limitarse a sonreír y la entrevista llegó a su fin.
Avión con el que el aviador planeaba cruzar la cordillera de los Andes y que quedó en Buenos Aires.
Fotografía Archivo General de la Nación.
El destino trunco
El domingo 1 de marzo, un día después de la publicación, Newbery visitó Los Tamarindos. En medio de una demostración aérea realizada a pedido de unas jóvenes, subió a un Morane-Saulnier perteneciente a Teodoro Fels. Lo acompañó Benjamín Giménez Lastra.
Durante el vuelo perdió el dominio de la máquina. El avión cayó violentamente contra el suelo. Newbery murió en el acto, mientras su compañero sobrevivió milagrosamente.
Rescatar el cuerpo no fue sencillo. Una vez retirado, fue embalsamado, vestido con ropa de gala y velado en la sede del Jockey Club de Mendoza.
Traslado de los restos en la carroza funeraria, en la ciudad de Mendoza.
Fototeca del Archivo General de la Nación.
El lunes 2 de marzo, al mediodía, un tren especial partió rumbo a Buenos Aires con sus restos. La máquina debió detenerse en todas las estaciones porque multitudes se acercaban para rendirle homenaje. En algunas, la gente pidió que se abriera el féretro.
Jorge Newbery cayó antes de conquistar los Andes. En una Argentina que comenzaba a descubrir el vértigo del porvenir.