La máquinaria del reloj de la torre de la Municipalidad de San Martín. (Gentileza)
Primero tuvo que limpiar la máquina. Hacía años que nadie subía hasta ese lugar y el mecanismo estaba cubierto de suciedad y excremento de palomas. “Empecé a lavarlo, a limpiarlo y empecé a estudiar relojería”, cuenta.
Tenía la ayuda de un amigo, el relojero Jorge Salomón, pero buena parte del aprendizaje fue por ensayo, observación y paciencia. Consiguió una llave para subir a la torre y empezó a ir los domingos. Hacía planos. Miraba cómo se movían las piezas. Trataba de entender para qué servía cada engranaje.
Así pasó casi un año. “Me despertaba a las dos. ‘¿A dónde te vas?’, me decía mi señora. Era la obsesión”, recuerda.
En la mesa de su comedor se acumulaban los papeles. No había un manual que indicara qué engranaje debía conectarse con cuál otro. Había que mirar, probar, calcular y volver a empezar. “Llegó un momento que lo puse a funcionar”, dice.
La máquina, sin embargo, tenía otros problemas. De ella salen los ejes que transmiten el movimiento hacia las cuatro caras del reloj. Los vidrios estaban rotos y hubo que reemplazarlos. Las agujas, que son de chapa de cobre, tenían distintos pesos. Y ese peso importa porque arriba existe un sistema de contrapesos que permite que todo el conjunto se mueva como fue diseñado.
“No es cuestión de poner el reloj”, explica Bullares. “Hay que poner el peso, el péndulo, ponerlo... hacerlo andar bien”.
La primera recuperación permitió que funcionara durante un tiempo, pero después aparecieron nuevas fallas. Los bujes tenían demasiado juego y fue necesario bajar nuevamente la máquina. No es una pieza pequeña. Pesa alrededor de 60 kilos.
Bullares la llevó al taller de Defensa Civil, en Almirante Brown 75, donde trabaja habitualmente. Allí la lavaron con nafta, revisaron sus componentes y acoplaron engranajes.
Ahora el mecanismo está listo para volver a la torre. Falta el trabajo final: subirlo, colocarlo y ajustar nuevamente pesos, péndulo y conexiones para que las agujas de las caras del edificio vuelvan a moverse. Son 85 escalones hasta llegar al lugar donde está la máquina. Bullares los conoce bien.
Los planos y estudios que hizo Roberto Bullares para reparar la máquinaria del reloj de la torre de la Municipalidad de San Martín. (Gentileza)
El relojero que ya no podía subir
Mucho antes de que Bullares descubriera la máquina, otro hombre había hecho de ese reloj una parte de su oficio.
Antonio Américo Fortte ingresó a la Municipalidad de San Martín en 1980. El reloj estaba detenido desde hacía tiempo y a él le daba pena verlo así. Insistió hasta que le permitieron revisar la maquinaria.
Después terminó incorporándose a la planta permanente de la comuna.
Durante los siguientes 16 años se encargó de mantener el reloj en funcionamiento. Fortte había aprendido relojería por correspondencia, en la Escuela Suiza de Buenos Aires, y llegó a adaptar el mecanismo con un sistema de péndulos y pesas para conseguir que continuara funcionando.
También reparaba el reloj que marcaba el ingreso y egreso de los empleados municipales, además de ocuparse de instalaciones eléctricas y líneas telefónicas.
Los empleados más antiguos de la Municipalidad lo consideraban el hombre que mejor conocía aquella máquina, diseñada y armada por otro relojero mendocino en la década de 1940.
Cuando Fortte se jubiló, en 1996, el reloj perdió a su cuidador habitual.
Y con el tiempo apareció el problema que tienen muchas máquinas antiguas: cuando desaparece la persona que conoce sus secretos, también comienza a desaparecer el conocimiento necesario para mantenerlas funcionando.
En 2013, Fortte lo explicó de una manera sencilla: “El problema es que ya nadie se preocupa por conservar los objetos antiguos, aunque tengan mucho valor histórico”.
Por entonces también hablaba de otros relojes de la región que habían quedado detenidos. Mencionaba el de la iglesia de Rivadavia, cuyo carrillón había dejado de funcionar, y el de la iglesia de Rodeo del Medio, que había mantenido durante años.
Fortte conocía esos mecanismos porque su oficio lo había llevado por distintos lugares. Pero había algo que ya no podía hacer: subir.
La escalera de hierro de la torre es larga, angosta y totalmente vertical. En aquella entrevista, Fortte tenía 81 años y decía que ya estaba demasiado viejo para subir hasta la cúpula. Don Fortte falleció años después.
Hoy la historia tiene una especie de continuidad.
Municipalidad de General San Martín.
De reparar radios a estudiar relojería
Bullares tampoco llegó a la Municipalidad como relojero. Su oficio es la electrónica y las comunicaciones. Hace seis años trabaja para la comuna y armó un taller desde el cual mantiene equipos de comunicación y distintos elementos municipales.
Repara radios, carteles LED, estufas, ventiladores, soldadoras y alarmas en su taller de Sargento Cabral 181. El reloj apareció como algo inesperado. Y terminó ocupándole una parte importante de su tiempo. “Si yo no entendía nada, ahora sé lo que es un reloj”, dice.
La frase resume buena parte de la historia. No hubo una formación previa en relojería ni un especialista contratado para resolver el problema. Hubo una máquina antigua, un hombre que quiso saber cómo funcionaba y meses de trabajo hasta conseguir que volviera a moverse.
También hubo algo menos técnico: curiosidad. Bullares quería entender qué había dentro de aquella estructura metálica que llevaba años arriba de la Municipalidad. Por eso hizo planos, tomó notas, desarmó piezas y estudió sus movimientos. Algunas noches, según cuenta, ni siquiera podía dormir.
Mientras otros relojes digitales cambian de hora con una orden electrónica, este necesita que alguien comprenda cómo funcionan sus engranajes. Y necesita que alguien suba.
Cuatro horas distintas
Durante años, el reloj municipal tuvo además una particularidad que convirtió a San Martín en una ciudad extraña.
Sus cuatro caras no siempre mostraban la misma hora. En 2013, cuando Fortte todavía hablaba del reloj detenido, las agujas podían marcar las 3.15 para quien lo mirara desde el norte, las 3.34 desde el oeste, las 2.32 desde el sur y las 9.40 desde el este.
La anécdota dio lugar entonces a una nota con un título que hoy adquiere otra lectura: “La ciudad en donde el tiempo no avanza”.
Era una forma de contar el problema de un reloj parado. Pero también describía algo más profundo: una máquina pública que había quedado suspendida entre dos épocas.
La de Fortte, cuando todavía existía una persona que conocía sus mecanismos y podía subir a repararlos, y la de Bullares, cuando alguien dedicado a la electrónica tuvo que convertirse, por curiosidad y necesidad, en aprendiz de relojero.
Ahora la máquina está a punto de subir y comenzar a funcionar nuevamente.
Bullares sabe que todavía queda trabajo. No alcanza con instalarla. Habrá que colocar los pesos, ajustar el péndulo, conectar los ejes y comprobar que las agujas respondan como deben. Después habrá que esperar. Y mirar.
Porque cuando esas agujas vuelvan a moverse, no solo habrá regresado la hora a la torre municipal. También habrá vuelto a funcionar una máquina que lleva décadas dependiendo de personas capaces de entender algo que ya casi nadie aprende: cómo hacer que el tiempo avance con engranajes, pesos y paciencia.